LA SOLEDAD

LA SOLEDAD

Por Jacobo Ramirez Mayz

«Cuando desperté, la soledad aún estaba ahí». Seguramente los grandes lectores dirán que así es el cuento corto de Augusto Monterroso, que incluso su estructura es la misma y que yo solo he cambiado las palabras. Tienen razón, pero recuérdense que cardenales, cantantes, candidatos para la presidencia de nuestro país, escritores y muchas personas más están con esta moda. ¿Por qué no puedo hacer yo lo mismo?

Partiendo de ello, otros dirán que soy un caradura, un sinvergüenza, un plagiador; que no tengo cerebro para escribir. Que no tengo ni un pelo de tonto y que debería ser candidato para el Congreso en las próximas elecciones.

Razón no les falta, pero creo que no tengo cualidades para ser candidato, ya que ellos hablan bonito, saben cómo sacar dinero sin que los otros se den cuenta. Muchos han tenido cargos importantes en instituciones donde se han hecho querer sirviendo desmedidamente, etc.

Pero déjenme terminar mi idea. Lo que les quiero decir, es verdad usando la estructura del cuento de Monterroso, es que cuando abrí mis ojos no había nada ni nadie a mi lado. Solo la Soledad, que, vestida de blanco, hermosa como ninguna, estaba recostada leyendo El silencio de la soledad, me miró y me sonrió mientras mis ojos comenzaron a acostumbrarse, una vez más, a esta realidad.

Cuando desperté del todo, la miré con atención. Ella se dio cuenta de que la contemplaba. Dejó de leer, cerró el libro y lo puso sobre el velador. Su mirada dirigida a mi cuerpo desgastado demostraba nostalgia. Al darse cuenta de que quería decirle algo, puso su dedo índice en mi boca, y, con su voz angelical que solo podemos oír quienes alguna vez estuvimos o estamos en soledad, me dijo “¡shit!” Contemplé sus dientes blancos cuando abrió sus labios carnosos, estiró su mano y agarró las mías. Su piel era suave como la nieve. Luego me soltó y me dio unas palmadas sobre el hombro y me dijo: “Tranquilo, todo va a estar bien”. Después de esas palabras, las cuales oí con claridad, comenzó a decirme muchas cosas. Parecía que estaba en su laberinto, que recordaba sus cien años de soledad. Yo casi no entendía, una vez más moría a esta realidad.

Después de no sé cuántas horas, volví en mí. Ella estaba ahora sentada al borde de mi cama. Con sus manos tiernas acariciaba mi cabeza descabellada. Levanté la vista para verla a los ojos, y contemplé en ellos la eternidad mientras unas lágrimas corrían desesperadamente hacia la infinidad de las sábanas blancas de la cama.

Pestañeé, quise levantar mis manos, pero no pude. Las observé y tenían agujas incrustadas por las venas. Levanté la mirada para pedir una explicación y, una vez más, vi sus ojos castaños llenos de lágrimas. En ese momento sentí que por mi rostro corrían unas gotas de agua como si escaparan de la eterna soledad que les acompañaba hasta ese entonces.

Mis oídos sintieron mi respiración, era rápida y por mis narices entraban dos mangueritas que me ayudaban a respirar mejor. En un costado, un monitor holter estaba controlando mi ritmo cardiaco. Entonces entendí lo que me había pasado.

Estiré mi mano y agarré la de la Soledad muy fuerte. No dije nada. Mis lágrimas corrían aceleradas por mi rostro y por el de ella. Mi pecho me dolía como si hubiera pasado un volvo por encima. Contemplé por la ventaba por donde se podía ver la copa de un árbol, y vi ahí a un ave solitaria saltar de una rama a otra. La vi correr como si buscara compañía y al no ver a nadie cantó tres veces, luego alzó vuelo y dejó al árbol solitario. De la misma manera, la Soledad soltó mis manos. No me dijo nada, se levantó, agarró su libro que hasta ese entonces estaba solo sobre el velador, me miró por última vez, caminó hacia la puerta y me dejó solo una vez más. Mis oídos sintieron el sonido de sus pasos que se alejaban por el pasillo y mi mente recordó las letras de la canción Soledad y silencio, de los Kjarkas.

Las Pampas, 22 de diciembre de 2022

P.D. Desde este espacio deseo unas lindas fiestas a todos los lectores de esta columna y a celebrar el nacimiento del chiuchi Manuelito este 25 de diciembre.