La reciente dimisión de Sethuraman Panchanathan, quien lideró la National Science Foundation (NSF) durante los últimos cinco años bajo la administración Trump, marca un punto de inflexión en la controversia entre la ciencia y la política en Estados Unidos. Su partida, aunque sin explicaciones explícitas, se produce en un momento crítico, tras la decisión de Trump de cancelar más de 400 proyectos de investigación financiados por la NSF y su presión al Congreso para reducir a la mitad el presupuesto de 9 mil millones de dólares de la agencia. La **ciencia** estadounidense se enfrenta a un futuro incierto.
Según la investigación publicada por The New York Times, la administración Trump ha puesto en la mira al sistema científico estadounidense, un motor de investigación e innovación que ha funcionado durante décadas. Este ataque se evidencia en los recortes o congelaciones presupuestarias en instituciones clave como los National Institutes of Health (NIH), los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) y la NASA, así como en el despido o la falta de financiación de miles de investigadores.
El contexto es complejo. La ciencia, tradicionalmente vista como un pilar del progreso y la salud pública, parece estar en desacuerdo con las prioridades políticas actuales. Este cuestionamiento levanta interrogantes sobre el papel de la investigación en la contención de enfermedades, el impulso a la competitividad con países como China, y la atracción de talento inmigrante, áreas donde la ciencia ha demostrado ser crucial.
El sistema de investigación en Estados Unidos opera bajo un modelo de mecenazgo que canaliza fondos aprobados por el Congreso hacia universidades, laboratorios nacionales e institutos de investigación. Esta «fábrica del conocimiento» emplea a decenas de miles de investigadores, atrae talento de todo el mundo y genera avances científicos que, en muchos casos, han sido reconocidos con premios Nobel. Entre 2000 y 2020, Estados Unidos invirtió más de 1 billón de dólares en investigación y desarrollo.
Sin embargo, el progreso científico es inherentemente lento. Los descubrimientos suelen ser indirectos e iterativos, requiriendo la colaboración entre investigadores que necesitan años de educación subvencionada para alcanzar la especialización. Las empresas emergentes y las corporaciones, que buscan retornos rápidos de su inversión, generalmente no pueden esperar tanto tiempo ni arriesgar tanto capital. La inversión pública es, por lo tanto, esencial para mantener este motor en marcha.
La ciencia es, en esencia, capital. Diversos estudios sugieren que cada dólar invertido en investigación genera un retorno de al menos 5 dólares a la economía. Además, la investigación científica contribuye a la creación de empleos altamente cualificados y al desarrollo de nuevas tecnologías que impulsan el crecimiento económico. La inversión en ciencia no es un gasto, sino una inversión a largo plazo en el futuro del país.
La situación actual plantea serias dudas sobre la capacidad de Estados Unidos para mantener su liderazgo en ciencia y tecnología. Los recortes presupuestarios y la desvalorización de la investigación científica podrían tener consecuencias devastadoras para la innovación, la competitividad económica y la salud pública en los años venideros. El futuro de la ciencia estadounidense está en juego.




