Por Jacobo Ramírez Mays

Con el pasar de los años, a uno se le comienzan a destemplar los dientes. Ya sea por kachkar mucho hueso, por besar demasiado, por chacchar desmedidamente, o por cualquier otra razón. Y así como alguna vez tenemos que ir a la iglesia, al hospital, al cementerio o a algún otro lugar, también tenemos que visitar al dentista, mal que nos pese.
Buscar uno en Huánuco no es difícil, hay casi uno en cada cuadra y más de cinco en cada jirón. Si por A o B tiene uno hacsho, ellos te lo enderezan a punto de martillazos y limas; si los tienes cariados, a punto de agua y rascadas con puntas, te los dejan limpios. Si te falta uno, dos o tres, o todos los que tú quieras, ellos, por arte de magia, te los colocan y, con ello, te dejan una sonrisa de candidato.
Hace unos días, me tocó mi turno de visitar al dentista. Felizmente, llegué a un lugar donde me tratan como Dios manda.
Echado en la camilla odontológica, contemplo los ojos de la doctora, quien me pide por favor que abra la boca. La obedezco sin miramientos, porque yo siempre he sido obediente, especialmente ante los pedidos de las mujeres. Entonces recuerdo las palabras de mi madre, cuando les decía a mis hermanas: «¿Qué haces ahí, carajo, parada con tu boca abierta? Ojalá una mosca te entre». Trato de sonreír, pero, con la boca así, es imposible.
Después de un minucioso examen bucal, me dice la cantidad de dientes que debo curarme. Muevo la cabeza y, cuando me pide que hable, le digo que comience inmediatamente con uno de ellos. Haber dicho eso fue como si a la Santa Inquisición le hubiese dicho que era brujo y que, por ende, merecía ser torturado. Me pregunta si quiero anestesia, y, como soy machazo, pelo en pecho, hombre alfa, le digo que no.
Así empezó el suplicio. Agua a la muela picada, luego una turbina escarba la parte cariada; sigo con la boca abierta, soportando mi castigo como un buen pecador. Aunque preferiría la hoguera en reemplazo de ello.
Después de terminar me dice que, si quiero que me cure otro, y, como no soy tan masoquista, le digo que en otro momento. Otro día, a la hora indicada, estoy de nuevo recostado en el lugar de mi tormento. Me dice que mis nervios están muy encima. Cada vez que llega un poco de agua, o pone la lima dental, levanto la mano indicándole que me duele. Es hora de ponerme la anestesia. Con el dolor de mi corazón, y dejando de lado mi posición de macho alfa, acepto.
Cuando veo la pequeña jeringa introduciéndose, recuerdo cuando era niño y mi madre me llevó al Hospital Hermilio Valdizán para que me sacaran una muela. La anestesia me la aplicó mi madre de un pequeño sopapo en la cara. Con la boca ya abierta por la cachetada, me pusieron la anestesia y, con una especie de alicate, me arrancaron la muela de raíz, mientras mis ojos se llenaban de lágrimas.
Finalizado el suplicio, salí llevando conmigo una jeringa, el embace de la anestesia y mi diente para dejarlo en el agujero del ratón Pérez y él, generosamente, me deje unas monedas para mis caramelos.
Después de ponerme la inyección, me pregunta si siento que se me adormece la boca. Le respondo que no, que no siento nada. Asombrada, me dice que qué raro: sí, señorita, le digo: no siento mi cara, mi cabeza, mi cuerpo. Se ríe, y, sin perder un momento, comienza a escarbar como si fuera una minera en el socavón de mi boca.
Después de media hora, termina con su labor y me pide que cierra la boca, la cual yo ya la tengo acostumbrada a tenerla abierta. Me da libertad para escoger otro día para los demás dientes.
La verdad es que lo estoy pensando bien antes de animarme a volver a ir, ya que mejor voy a buscarle la bronca a alguien para que, de un certero puñetazo, los haga volar por los aires, y ya no ir donde el “dientista”, tal como dice mi amigo.
Las Pampas, 27 de octubre de 2022




