Garu no necesita otra descripción complaciente. Necesita cuidado real. Un monumento arqueológico no se conserva porque una ficha administrativa lo califique como “bueno”, sino porque sus caminos son seguros, sus estructuras están protegidas y el visitante puede recorrerlo sin sentirse abandonado. Cuando el documento y la realidad visible avanzan por caminos distintos, la obligación pública es revisar, explicar y corregir.
Las observaciones recogidas durante la visita del consejero regional Dante Tarazona revelan una escena difícil de normalizar: falta de señalización, tachos oxidados, escasa orientación y vegetación creciendo entre las estructuras. Estas evidencias no demuestran por sí solas un daño estructural, pero sí muestran una atención insuficiente. Esperar a que aparezca un deterioro irreversible sería una irresponsabilidad.
Desde Diario Ahora sostenemos que el patrimonio no puede administrarse mediante papeles desactualizados ni respuestas defensivas. Si el inventario oficial mantiene a Garu en buen estado, corresponde informar cuándo se realizó la última inspección técnica, qué criterios fueron aplicados y qué áreas fueron evaluadas. Una calificación sin fecha reciente ni sustento público termina funcionando como una etiqueta vacía.
La última intervención consignada en la información disponible corresponde al 21 de septiembre de 2022. Han pasado casi cuatro años. En un complejo expuesto al clima, al tránsito de visitantes y al crecimiento de vegetación, ese tiempo no es menor. La conservación exige vigilancia continua, mantenimiento especializado y decisiones oportunas, no visitas esporádicas cuando el abandono ya resulta evidente.
También preocupa la experiencia del visitante. Quien paga S/5, S/2 o S/1 por ingresar no compra únicamente el derecho a cruzar una puerta. Espera orientación, rutas identificables, condiciones básicas de seguridad y una explicación que permita comprender el valor del lugar. Dejar a las personas sin indicaciones empobrece la visita y reduce a Garu a un conjunto de muros sin relato.
El complejo es administrado por la Dirección Desconcentrada de Cultura de Huánuco desde 2016. Esa responsabilidad no puede diluirse entre competencias compartidas ni discursos sobre futuros circuitos turísticos. Cultura debe proteger el monumento; las autoridades regionales y locales pueden mejorar accesos y servicios. Lo que no corresponde es que la distribución de funciones termine convertida en excusa para la inacción.
Garu puede integrarse a una ruta turística con Choras, generar movimiento económico y fortalecer servicios locales, pero cualquier propuesta carecerá de credibilidad mientras lo esencial permanezca pendiente. No se puede promocionar seriamente un destino que todavía presenta señales elementales de descuido. El turismo comienza con conservación, orden e información confiable.
La ciudadanía no espera perfección inmediata. Espera transparencia y trabajo verificable. Se necesita una inspección técnica actualizada, resultados públicos, un plan de mantenimiento, responsabilidades definidas y una explicación sobre los recursos recaudados por boletería. Solo así podrá determinarse si estamos ante fallas de atención al visitante o ante un riesgo mayor para el patrimonio.
Garu pertenece a la memoria de Huánuco, no a la comodidad de una ficha burocrática. Su estado debe comprobarse sobre el terreno y no únicamente en archivos. La pregunta ya no es si el monumento figura como “bueno”, sino cuánto tiempo más podrá seguir estándolo si las señales visibles continúan siendo ignoradas.









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