Hernando Cevallos, integrante del equipo técnico de Juntos por el Perú, volvió a poner sobre la mesa la necesidad de una política industrial que forme parte de una estrategia de desarrollo económico. La propuesta reavivó una discusión que, aunque políticamente a veces se da por cerrada, permanece vigente en el ámbito académico.
El Perú arrastra problemas estructurales persistentes —baja productividad, alta informalidad y fuerte dependencia de las materias primas— que devuelven al centro una pregunta inevitable: ¿puede un país desarrollarse de manera permanente sin transformar su estructura productiva? Muchos defensores del modelo actual consideran que hablar de industrialización es una herejía. El término despierta memorias de proteccionismo fallido, empresas públicas ineficientes y la crisis de los años ochenta, con lo cual el debate acaba convertido en una puja ideológica más que en una discusión académica seria.
Sin embargo, la controversia nunca se cerró del todo. Un trabajo relevante es «La Economía Peruana del Periodo 1950-2020», del Dr. Jiménez, que aborda de modo crítico la evolución del modelo económico peruano. En la otra vereda, economistas como el Dr. Waldo Mendoza continúan defendiendo el esquema actual.
La edad de oro de la industria peruana
Numerosos estudios señalan que entre 1950 y 1975 el Perú vivió su «edad de oro» del crecimiento económico. El PIB creció alrededor del 5,5 % anual, impulsado por el sector manufacturero, que se expandía a un ritmo cercano al 7,4 % por año. La participación de la industria en el PIB pasó de aproximadamente un 14 % en 1950 a bordear el 26 % a mediados de los años setenta, el nivel más alto de industrialización en la historia republicana. La manufactura cobró protagonismo, aumentó el empleo formal urbano y el crecimiento mantuvo su dinamismo durante más de dos décadas. Detrás de esa transformación estaban las ideas de la CEPAL y el modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI).
Pero el problema de la ISI no fue solamente industrializar, sino la forma en que se ejecutó. El modelo protegió a industrias poco competitivas mediante barreras arancelarias fijas, mientras el tipo de cambio sobrevaluado abarataba la maquinaria y la tecnología importadas. Así se debilitó la competitividad exportadora y se redujeron los incentivos para innovar. La industrialización mantuvo un carácter dependiente e incompleto: se sustituyeron sobre todo bienes de consumo final, sin que se desarrollara una industria sólida de bienes de capital e insumos intermedios. Con el tiempo, la economía demandó más dólares para importar maquinaria, tecnología e insumos, y siguió atada a exportaciones primarias de bajo valor añadido. Apareció entonces lo que el estructuralismo cepalino llamó la «restricción externa del crecimiento». Durante años, ese desequilibrio se financió con deuda externa y subsidios fiscales que desembocaron en una grave crisis macroeconómica en los años ochenta.
Del ajuste neoliberal a la desindustrialización
Reconocer los límites de la ISI tampoco justifica automáticamente el modelo que la reemplazó. Según plantea el economista Carlos Parodi en Perú 1995-2012: Cambios y Continuidades, el neoliberalismo puede definirse como una estrategia orientada a la estabilidad macroeconómica, la liberalización de los mercados, la apertura comercial, las privatizaciones y la desregulación laboral. Bajo esa lógica, las reformas de los años noventa pretendían orientar la economía hacia sus supuestas «ventajas comparativas naturales».
En la práctica, esta medida profundizó una desindustrialización prematura y una reprimarización productiva. La industria manufacturera no primaria, que había llegado a casi el 26 % del PIB, cayó hasta niveles que hoy apenas alcanzan entre el 12 % y el 13 %. Se consolidó así un modelo primario-exportador, altamente dependiente de los precios internacionales de las materias primas. El problema de fondo es que una economía así puede crecer sin generar empleo de calidad: la gran minería moderna concentra buena parte de las divisas, pero solo da trabajo a una fracción pequeña de la población. La informalidad, que hoy afecta a más del 75 % de la población económicamente activa ocupada, no puede entenderse solo como un fenómeno cultural o fiscal. También es el resultado de una estructura productiva fragmentada y de baja productividad, en la que millones de personas terminan en actividades informales y de subsistencia.
Hacia una política industrial moderna
Por eso, economistas como Nicholas Kaldor siguen siendo relevantes. Según sus planteamientos, la industria manufacturera ocupa un papel central en el crecimiento porque genera innovación, aumentos de productividad y efectos de arrastre en otros sectores. Más allá de producir bienes, transforma la capacidad productiva de toda la economía. El debate sobre la política industrial no debería reducirse a la vieja caricatura del proteccionismo de los años setenta. Una política industrial moderna no implica cerrar la economía ni aislarse del comercio internacional, sino desarrollar una estrategia basada en mayor valor añadido, tecnología y cadenas productivas en torno a los propios recursos naturales.
Ello exige prudencia macroeconómica y evitar los errores del pasado. Una política industrial sólida no puede sostenerse sobre desequilibrios fiscales continuos ni distorsiones forzadas. Pero hacer del debate sobre la industria un tabú ideológico también termina generando una economía que crece en cifras agregadas sin que ese crecimiento se refleje en empleo de calidad, productividad elevada ni bienestar para la mayoría. El Perú puede seguir creciendo exportando materias primas y manteniendo la estabilidad macroeconómica, pero difícilmente alcanzará un desarrollo sostenible si no transforma su estructura productiva de forma progresiva.









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