La frase más citada de Muhammad Ali sobre el paso del tiempo no nació como un aforismo de sobremesa. En noviembre de 1974, durante una rueda de prensa en Londres, el boxeador explicó que un hombre que contemplara el mundo a los 50 exactamente como lo hacía a los 20 habría desperdiciado tres décadas de su vida. Un año después, con 33 años, la condensó durante una entrevista con Playboy en la versión que acabaría haciéndose célebre: "The man who views the world at 50 the same as he did at 20 has wasted 30 years of his life".
La paradoja es que solemos considerar la coherencia una virtud, mientras Ali proponía casi lo contrario: si treinta años de experiencias, errores y aprendizaje no modifican nuestra manera de mirar el mundo, quizá esa aparente firmeza sea solo una señal de que no se aprendió nada. Su propia biografía terminó funcionando como la mejor ilustración de esa idea.
De Cassius Clay al icono político
Cuando ganó el oro olímpico en Roma en 1960 tenía 18 años y sus prioridades eran sencillas: boxear, hacerse famoso y ganar dinero. Incluso cuando un periodista soviético le preguntó por el racismo en Estados Unidos, respondió que, pese a sus problemas, seguía siendo "el mejor país del mundo", una posición muy alejada de la que adoptaría pocos años después.
Su acercamiento a la Nation of Islam, la influencia de Malcolm X y sus propias experiencias con el racismo transformaron progresivamente aquella visión. Tras derrotar a Sonny Liston en 1964 confirmó públicamente su pertenencia al movimiento, rechazó el nombre Cassius Clay y proclamó algo más profundo que un cambio de nombre: "No tengo que ser lo que vosotros queráis que sea. Soy libre para ser quien quiera".
La evolución resulta incómoda precisamente porque no todas sus posiciones juveniles envejecieron bien. Según recordaba Smithsonian, durante su etapa en la Nation of Islam defendió la separación racial, rechazó la integración y llegó a realizar declaraciones extremas sobre las relaciones entre blancos y negros. Martin Luther King criticó públicamente esas posiciones porque veía en ellas otra forma de segregacionismo.
Años después Ali abandonó esas ideas y, en 1975, se alejó de la Nation of Islam para abrazar el islam suní. El hombre convertido posteriormente en símbolo mundial de convivencia no había pensado siempre de esa manera, y ocultarlo convertiría su frase sobre los 20 y los 50 en algo mucho menos interesante: parte de su maduración consistió en superar ideas que alguna vez había defendido con absoluta seguridad.
Malcolm X, Frazier y los errores que no se reparan
Malcolm X había sido amigo y mentor de Ali, pero su ruptura con la Nation of Islam terminó enfrentándolos. Cuando volvieron a encontrarse en Ghana en 1964, Malcolm intentó saludarlo y Ali, entonces fiel a Elijah Muhammad, lo rechazó diciéndole que nunca debería haber desafiado al líder de la organización. Malcolm fue asesinado al año siguiente y los dos jamás pudieron reconciliarse.
La ironía llegó después, cuando Ali también abandonó la Nation of Islam y siguió una evolución religiosa hacia el islam suní, como había hecho Malcolm. Décadas más tarde reconocería en su autobiografía de 2004 que "darle la espalda a Malcolm" había sido uno de los errores que más lamentaba de su vida.
Con Joe Frazier cruzó otra frontera que posteriormente reconocería. Lo ridiculizó, lo llamó "gorila", lo presentó como representante del establishment blanco e incluso sugirió que los afroamericanos que lo apoyaban eran traidores, pese a que Frazier lo había ayudado económicamente y había defendido públicamente su regreso al boxeo cuando Ali estaba sancionado. Con el tiempo admitió que había dicho cosas que nunca debería haber dicho y pidió disculpas, aunque Frazier nunca olvidó completamente aquellas humillaciones.
Vietnam: la convicción que sobrevivió a la retórica
En 1967 Ali se negó a incorporarse al Ejército estadounidense para combatir en Vietnam y pagó un precio extraordinario: perdió el título mundial, las comisiones deportivas le retiraron sus licencias y permaneció más de tres años fuera del ring durante una etapa crucial de su carrera.
Con los años reconoció que habría empleado otras palabras y lamentó particularmente su famosa referencia al Viet Cong porque consideraba que había provocado una hostilidad innecesaria, aunque eso no equivalía a renunciar al principio que había defendido. Ali podía reconsiderar la retórica sin reconsiderar necesariamente la convicción. Ahí aparece el reverso más interesante de su frase: crecer no obliga a sustituir todas las ideas, también puede servir para descubrir cuáles sobreviven a décadas de experiencia y cuáles no.
La última paradoja pertenece tanto a Ali como al país que lo rodeaba. En los sesenta fue presentado como cobarde, traidor y antiamericano, y su oposición a Vietnam contribuyó a convertirlo, según su biógrafo Jonathan Eig, en uno de los hombres más detestados de Estados Unidos. En 1996, ya afectado por el Parkinson, apareció ante el mundo para encender el pebetero de los Juegos Olímpicos de Atlanta y recibió una enorme ovación: el mismo hombre que tres décadas antes había sido castigado por sus posiciones políticas se había convertido en un icono nacional.
El historiador Damion Thomas introducía en este punto el giro definitivo: quizá Ali no cambiara tanto en algunas cuestiones como solemos pensar. En asuntos como Vietnam y la injusticia racial, fue Estados Unidos quien realmente cambió hasta acercarse a él. Eig lo definió como un "peso pesado de las contradicciones", una descripción que quizá explica mejor su famosa frase que cualquier interpretación edificante.
Incluso el Parkinson transformó su manera de contemplarse a sí mismo: llegó a decir que la enfermedad lo había obligado a escuchar en lugar de hablar y a descubrir qué cosas eran realmente importantes. Aquella frase pronunciada cuando tenía apenas 33 años terminó funcionando casi como una profecía autobiográfica: desperdiciar treinta años no era cambiar de ideas, sino atravesarlos sin permitir que ninguna experiencia fuese capaz de cambiarte.










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