Escrito Por: Marcos Cancho Peña
Victoria Huamachuco murió a los 54 años. Ella era partera del campo. Pasó toda su vida arando la tierra, soportando llagas en sus manos y dolor en su espalda. No contaba con CTS que la respalde. Y así, entre tanta miseria, los días fueron pasando. Victoria Huamachuco murió a los 54 años, después de realizar jornadas laborales de doce horas -sin comida y sin agua- por menos de 40 soles diarios. A la mala, Victoria entendió que las monedas no crecían en la tierra… al menos no para ella.
Desde el último lunes, cientos de trabajadores de empresas agroexportadoras de Ica protestaron por condiciones laborales dignas y la derogación de la Ley de Promoción Agraria (Nº27360º). Los manifestantes bloquearon algunos tramos de la carretera Panamericana, evitando así que varios transportistas pudieran llegar a sus destinos. Con el pasar de las horas, se registraron enfrentamientos entre los protestantes y la policía. Hubo caídos que ya no se levantaron.
Francisco Sagasti estaba desaparecido, hasta que se registró la primera muerte: Jorge Muñoz Jiménez, trabajador agrario de 20 años. Se necesitó sangre para que el presidente recordara que el país entero esperaba su pronunciamiento. Transmitió condolencias a la familia del fallecido y prometió una evaluación a todo el régimen agrario. Además, remarcó que protestar por la reivindicación de derechos es legítimo; sin embargo, bloquear carreteras no lo es. Es cierto, pero hizo falta un análisis de la causa por la que se llegó a ese extremo. Los trabajadores del agro veían en las protestas una inmejorable oportunidad. Sus puños alzados podían conseguir que por fin dejaran de ser explotados por migajas. Lucharon por sus vidas, por su futuro, por no morir como Victoria: explotados hasta el último de sus días. ¿Había alguna otra forma de protestar? Sí. ¿Esa forma de protesta hubiese permitido que Sagasti escuchara el clamor del pueblo? Preguntémosle a él mismo, que espero a que la crisis se agravara para recién abandonar el poemario de Vallejo en su escritorio y pronunciarse.
Ayer, la voz del pueblo nuevamente fue escuchada. Se derogó la Ley de Promoción Agraria. Pero no confundamos: los congresistas no votaron por convicción, sino por presión. Esperaron que corriera sangre para recién actuar. Por eso ayer apreté los puños cuando juraron por sus “hermanos del agro”, por la “dignidad de los trabajadores” y por la “igualdad de los peruanos”. Sus máscaras ya no engañan. No les creemos. Aprendimos a creer en nosotros mismos. Aprendimos a levantar el puño y hacernos escuchar. Sembramos impotencia por las injusticias de los poderosos. Esa fue la semilla. Hoy por fin cosechamos el fruto: voz propia, la voz del Perú Bicentenario.










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