Yeferson Carhuamaca
Entre tantas lecciones que me dio la vida, uno siempre debe de terminar haciendo lo que el corazón diga. En mi casa siempre hubo una reina, mi madre y la única princesa, mi hermana. Ella siempre era la imagen de mi madre y el carácter de mi padre, ella adornaba con su sutil delicadeza cualquier problema o tristeza, mi hermana, era ese ángel que arrullaba los finos cabellos de sus mascotas y muñecas, siempre la consideramos la más inteligente de la familia, a pesar de ello, también tenía un carácter muy fuerte, una furia de relámpago y a veces una terquedad inquebrantable.
En mi familia siempre hemos sido unidos, ella la única mujer entre los hermanos, sencillamente nadie podría atreverse de manera sencilla siquiera a cortejarla. Recuerdo que sendos olvidados quisieron estar con mi hermana, ahora son olvido nada más, excepto uno quién luchó hasta último segundo por quedarse para siempre, ese valiente que un día llegó a enfrentarse a un muchacho de cabellera larga, que escuchaba rock y que por esa época era más que un rebelde violento y no gustaba mucho de tradiciones ni permitiría que su hermana este con cualquier tipo.
Recuerdo que ere el mes de diciembre, épocas de fiesta de la danza tradicional de estos lares, danza de Los negritos de Huánuco, las noches en la ciudad por esas fechas se adornaban con los plumajes y vistosos trajes de las cofradías, los cielos se iluminaban de los fuegos artificiales que de vez en vez sonaban o dibujaban colores en el cielo nocturno de la ciudad. De pronto un mozuelo sin máscara, pero con su cotón y sus botas relucientes llegó acompañando a mi bella hermana, no era muy tarde, sin embargo el olor a cerveza y que el robusto y pequeño corochano era quien acompañase a esa hora y en ese estado a mi hermana, hizo que se encendieran los fuegos artificiales de mi ira contenida, no se lo tenía que permitir, sentí que debía hacer algo, entonces quise ir embravecido sobre aquel corochano que yacía cerca de mi casa, quizás con el temor o previniendo de lo que iba a pasar. Recuerdo que le reclamé a mi hermana y luego quise salir tras aquel personaje, ella lo defendió y con la voz en tono muy claro y de orden me dijo que no saliera ni le dijese nada.
Entonces, en un arrebato de cólera salí a buscarlo, el corochano se paró firme y era como si me esperara y yo cada vez más cerca de él, hasta que mi padre y hermano salieron y me sujetaron, me detuvieron y me trataron de hacerme entender que no podía estar así, que el muchacho solo había acompañado a mi hermana y si estaba algo ebrio tampoco era sinónimo que estaba haciendo algo mal, yo solo atiné a marcharme.
Desde aquella vez solo recordaba la mirada firme y que no titubea al esperarme, ese corochano valiente, estaba ahí por amor y decisión, nunca echo un pasó para atrás. Pasarón los días y ese corochano me dio muchas alegrías, con firme decisión y su aplomo formó una hermosa familia, la dicha que me dio de conocer a mis sobrinos, los días de fiestas y las chelas bien heladas nos unieron en este camino que se llama vida, la música nos unió a un más ya que el con su talento de Dj me enseñó de nuevos ritmos musicales.
Los días pasaron y este pequeño recordar de aquel corochano valiente, no por querer enfrentarme a mí, sino porque sigue adelante a pesar de los días tristes y de épocas donde siempre habrá la dicha de celebrar a la vida. ¡Feliz cumpleaños, Corochano Kennedy!









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