Escrito por Arlindo Luciano Guillermo
El 6 de julio se ha celebrado, luego de dos años de trabajo virtual y distanciamiento, el Día del Maestro. El festejo ha sido emotivo y de reencuentro con la alegría del docente y la gratitud del estudiante.
“Feliz día, maestro”, me dijo un colega. Le devuelvo el saludo con el mismo entusiasmo. Un estudiante me entrega un frasco con frutas secas. “Sé que esto le va a gustar. Gracias por su paciencia, sus abrazos diarios, el contagio de su buen humor y actitud positiva. Gracias, profesor, por su paciencia de Buda, por sus consejos”.
A veces somos Juan Bautista predicando en el desierto. Un profesor puede orientar y sugerir, pero jamás imponer ni obligar a pensar como él. Enseñar a los jóvenes el carpe diem (“aprovecha el día o el momento”, sin mirar atrás ni fabricar las falacias del futuro. Véase la película La sociedad de los poetas muertos, 1989) es hacerles pisar tierra firme.
El docente es piedra angular de la educación; el estudiante, eje del trabajo pedagógico y académico. La actitud, la coherencia y las enseñanzas del profesor dejan huellas indelebles y pueden cambiar el rumbo de la vida y las decisiones. La escuela es un escenario amigable, libre de aburrimiento y agresividad. Un maestro sin paciencia ni sabiduría es un “peligro para la enseñanza”. La pedagogía del afecto, la actitud asertiva, la disciplina positiva y democrática y el lenguaje respetuoso contribuyen con la enseñanza, el afloramiento de competencias y habilidades y la trascendencia del aprendizaje. Un ciudadano promedio estudia y aprende, aproximadamente, 19 años: tres en inicial, seis en primaria, cinco en secundaria y cinco en la universidad. Luego egresa con “un cartón” profesional para insertarse en el mercado laboral donde se desempeñará con eficiencia, deontología, competencias, habilidades blandas, liderazgo e integridad.
El COVID-19 ha trastocado significativamente el trabajo educativo. Los docentes de las ciudades, zonas rurales y urbano-marginales, de fronteras y de las comunidades nativas se adhirieron, inevitablemente, a las plataformas virtuales para las clases. Luego de la pandemia, nada es igual. Desde marzo de 2020 hemos aprendido a enseñar de otro modo, más cerca de la tecnología, las herramientas digitales y el acceso a la conectividad. Hemos regresado a la presencialidad, este 2022, aún con las medidas de bioseguridad, mascarilla y lavado de manos con agua y jabón. Si se produjera un rebrote o un conflicto social de transporte apelamos a las clases virtuales.
Recuerdo a mi profesor de primaria Lizbardo Ramos Chávez, de estatura mediana, pronunciada calvicie, uñas limpias, terno azul presidente pulcro, bigotes canos, una sola raya en la camisa y los pantalones. Algunas veces me compartía su refrigerio: un sánguche con queso o una fruta. Él conocía a mis padres; eso era un privilegio. Siempre he admirado dos cosas de él: sus zapatos negros que brillaban como espejos y un pañuelo blanco doblado perfectamente. Desde entonces nunca falta un pañuelo en mi bolsillo y llevo en la mochila una escobilla. Antes de ingresar al aula desempolvó mis zapatos. Imponía su autoridad con la mirada y su presencia imponente. Él me enseñó los últimos tres años de primaria en la escuela de aplicación de la Escuela Normal Marcos Durán Martel. Tenía un plus: la música. Con su quena, un tubo de metal con seis agujeros, nos hacía cantar en coro El cóndor pasa, con las letras de David Machuca Chocano, e Indio. Me regalaba el suplemento Jaimito del Correo. Me prestaba libros que, premeditadamente, nunca quería que se los devolviera. Así convertí el alféizar de la ventana de la sala comedor de la casa de Abancay en una biblioteca doméstica. Me motivó la lectura y afecto por los libros. “Cuídalos como si fueran tuyos. Un libro es un amigo que nunca abandona”. En el colegio secundario, mi profesor fue José Castro Castro, cuyo hijo se llamaba Fidel Castro, solterón, auxiliar, calvo como una bola de billar, lector de libros de política, filosofía y periódicos. Era la década del 80. “Lee a Mariátegui, a Vallejo y Arguedas”, me susurró al oído cuando me entregaba el diploma de estudiante excelencia. Sabía que Mariátegui era el nombre de mi colegio, de Vallejo había leído “Los heraldos negros”, “Los dados eternos” y “Piedra negra sobre una piedra blanca” en mi libro escolar y de Arguedas solo un capítulo de Los ríos profundos: “El zumbayllu”. Por él supe, al iniciar el primer año secundaria en 1978, que había una dictadura militar en el Perú, que reprimía ferozmente a los profesores del Sutep y a los trabajadores de la CGTP. Se ponía rojo de enfado, los ojos se le desorbitaban. Creo que odiaba a los militares y el abuso. “El docente aporta con la sociedad”, me dijo en la clausura escolar de 1982.
Hoy en la carrera pública magisterial se privilegia la meritocracia, el desempeño laboral y el estudio permanente. Quien quiera ingresar al magisterio tiene que dar examen de habilidades y conocimiento, luego demostración de expediente y desempeño en el aula. ¿Cuántos jóvenes que egresarán este 2022 de colegios públicos y privados van a elegir la docencia como carrera profesional? ¿Quién es un profesor de trascendencia, inmarchitable, inolvidable, a quien siempre tenemos en cuenta en la vida diaria y las decisiones? Quizá un pasaje de la película El club del emperador (2002) ayude a responder tremenda pregunta. El profesor Arthur Hunder le dice, luego de 25 años, a un estudiante suyo, Sedgewichk Bell, hijo de un senador norteamericano, luego de descubrirlo haciendo trampas por segunda vez, en un concurso de conocimientos: “Soy tu profesor y te he fallado. Te daré una última lección. Todos, en algún momento, nos vemos obligados a mirarnos en el espejo y vernos cómo somos en realidad. Cuando llegue ese día tendrá que enfrentarse al hecho de haber vivido una vida sin virtud, sin principios. Lo compadezco por eso”. A Sedgewichk le importa un pepino la lección.
Al verdadero maestro se le recuerda, admira, respeta y homenajea los 365 días del año; un solo día es para agradecerle por el conocimiento y el desempeño laboral. Un generoso obsequio no compensa el trabajo diario de esfuerzo y paciencia. Todos tenemos un profesor a quien recordar y agradecer en vida o cuando ya esté a tres metros bajo tierra. Un buen maestro cambia la vida de los estudiantes; es un referente imperecedero. He recordado a dos profesores no por sus conocimientos, sino por sus actitudes y gestos generosos. Soy profesor como ellos.




