HORMIGAS, ARAÑAS, CUCARACHAS

Por Jacobo Ramírez Mayz

HORMIGAS: estos pequeños animalitos son mis amigos de la noche. Cuando los veo trabajar en silencio y sin reclamar, me siento el hombre más feliz. Entonces, sin que nadie se dé cuenta, entro a la cocina, saco un puñado de azúcar, y lo amontono en un espacio donde siempre veo a uno de ellos. Después, espero por unos minutos y veo cómo cientos de ellos recorren el trecho entre el montículo dulce, en ida y vuelta, hasta que el cerro de azúcar desaparece. 

Entonces pienso que si los seres humanos trabajáramos como las hormigas, muchas cosas cambiarían. Creo que no existen hormigas haraganas, que esperan que otros hagan el trabajo por ellas. Y, si fuera así, estoy más que seguro de que la reina las decapitaría. Es más, estoy más que seguro de que si tuvieran el doble de su cerebro, hace tiempo que nos habrían conquistado.

ARAÑAS: a estos animales de ocho patas las tengo miedo. Estoy seguro de que nunca seré su amigo ni los alimentaré como lo hago con las hormigas. Cuando veo arañas, brota de mi subconsciente que debo acabar con ellas, porque si no serán ellas quienes acaben conmigo, y creo que con cualquiera, en cuestión de minutos o días.

Esto debe de ser porque hace algún tiempo me mordió una de ellas, y lo que más me dolió fue el antídoto que el médico me puso. Esto, porque como ustedes bien lo saben, amigos, muchos varones no tenemos miedo al ladrón que nos roba, a la suegra que nos fastidia, a nuestra esposa que nos observa, al arma blanca, pero si a la aguja de una inyección.

Dicen que, cuando la mamá araña no encuentran nada para dar de comer a sus crías, es capaz de abrirse las entrañas para alimentar, con ella misma, a sus crías; ese acto hace que las admire, pero no las libera de mis manos, que las aplastan, ni de mis pies que las pisan.

Hace poco encontré a una de ellas que corría por el patio de mi casa. La pobre parecía que se había comido un saltamontes, pero lo que pasaba era que estaba preñada. Entonces, antes de que ella misma acabe con su vida para alimentar a sus vástagos, la pisé, y vi casi a dos decenas de arañitas que comenzaron a correr por diferentes direcciones, a quienes comencé a pisar sin compasión. Entonces entendí que la madre me estaba buscando para hacerle el favor.

Ahora les tengo más miedo, porque puede ser que una de ellas haya sobrevivido a mi ataque, y ahora esté buscando venganza. Y la verdad es que todavía no quiero estar en un cajón oscuro. Por eso recomiendo buscarlas en los rincones de nuestras casas y, cuando las encontremos, pongámosles el nombre de uno de nuestros enemigos, para que después de matarlas nos sintamos libres al menos de uno de ellos.

CUCARACHAS: de todos los animales a quienes más detesto, son estas las principales. Sus colores medio marrones, y cuando son pequeñas hasta descoloridas, hacen que sienta una repugnancia sin par. Dicen que son animales prehistóricos, pero no los quiero. Hace algún tiempo, vi un reportaje que en un chifa limeño un chinito aplastó una cucaracha frente a cámaras. Desde ese día, las persigo donde quiera que las encuentre. Demás está decir que siento un placer indescriptible cuando las mato.

Lo cierto es que, cada vez que las aplasto, recuerdo que cuando era niño mi tía me mandaba la vianda a mi tío, y este, mientras comía, me enviaba al patio de su casa y me decía que me pagaría por cada “chileno” que mataba. Cuando pasaba eso, era el niño más feliz de la Historia. Después de todo, estos insectos casi nadie habla bien, todos los detestan y, si los ven, terminan con ellos. Por algo será.

Felizmente, en mi casa no las encuentro. Las busco cada noche, porque a ellas les he declarado la guerra, peor no están. Entonces recurro a los restaurantes, pollerías, con el deseo de verlas para pisarlas o aplastarlas con mis dedos. He decidido terminar con ellas. Quiero ser el termineitor de cucarachas o de cuculachas, como dice mi buen amigo.

Las Pampas, 15 de febrero de 2024