Escrito por Jacobo Ramírez Mayz
Me toca cocinar y voy camino al mercado pensando qué hacer. Ahora entiendo por qué las mujeres se estresan todos los días cavilando en eso. Paso por la puerta de un colegio y cuatro chiuchis, buscando llamar la atención, hablan en voz alta. Avanzo lento y por la acera de enfrente un joven profesor camina, llevando detrás de él a unos alumnos; seguramente fueron a hacer clases vivenciales en algún lugar, me digo.
Mientras avanzo, los cuatro granujas comienzan a gritar: ¡Guacamayo!, ¡Bull terrier! (perro de hocico largo), me di cuenta de que se lo decían al profesor porque este se limitó a levantar la mano como quien saluda y los miró con esos ojitos que los profes siempre ponen cuando quieren decir algo y no lo dicen. Lo observé un poco más y me di cuenta de que tenía la nariz más grande que la mía y ni siquiera la mascarilla que llevaba puesta evitaba exhibirla. Entonces me dije que ese maestro llegó antes que yo a la repartición de narices. Cuando estaba en esos pensamientos malvados, vinieron a mi memoria mis tiempos de estudiante. Recordé a algunos profesores más que a otros.
Como si fuera ayer, recordé a mi profe La Pihuicha. Nos enseñaba inglés y el horario era a las dos primeras horas de los lunes. Él entraba al aula después de la formación. Siempre llegaba con resaca y un turrón de los mil demonios. Se presentaba y en voz baja nos contaba que había tomado hasta el amanecer y que por favor le dejemos descansar un poquito y que no hagamos bulla. Nosotros le decíamos, desde luego, que no se preocupara. Entonces se sentaba en la silla, doblaba su cuerpo sobre la mesa y dormía la mona como un angelito. Después de que comprobábamos que estaba dormido, comenzábamos a gritar y, de rato en rato, el brigadier aguaitaba por la puerta para ver si subía el auxiliar. Cuando lo veía acercarse, daba la voz de alerta y todos nos quedábamos en silencio, mientras que T., imitando la voz del profe, hablaba en quechua, lo que motivaba sonrisas en los que no le entendían y carcajadas en los que sabían ese idioma. Lo bueno fue que ese año no desaprobé ese curso y también estoy seguro de que fue una de las razones por la cual nunca me gustó ese idioma.
Había un profe que tenía pecas en la cara y por ese detalle le apodamos Plátano Mosqueado. Era temido porque no le temblaba la mano para ponerte tu cero cuando no cumplías con su materia. Un día nos pusimos de acuerdo para que cuando ingresara al aula le gritásemos por su apodo y quien no lo hiciera se sometería a callejón oscuro. Hecho el acuerdo, esperamos el ingreso del profesor. Llegó con su cartapacio de cuero en la mano y su clásico gara saco azul. A la señal del brigadier, todos nos quedamos callados, menos el más wepla del salón, quien gritó a todo pulmón el apodo del profesor; este le miró, le recordó a su madre y le pidió que abandonara el salón y regresara en marzo, que era el mes en que los desaprobados íbamos a dar recuperación.
También vino a mi memoria una profesora, la más linda de ese entonces y a quien todos le saludábamos emocionadamente, algunos del grupo la saludaban y comentaban que el beso que le dieron casi rozaba sus labios y otras cosas más. Algunos más rijosos que otros la miraban con ojos libidinosos, el único que la miraba como criatura de Dios era yo, porque estaba en el seminario y sabía que eso era pecado. Con decir que hasta ahora, cuando me acuerdo de esa maestra de maestras, me persigno.
En medio de esos recuerdos vi al profesor ingresar al colegio, seguramente maldiciendo a esos chiuchis que le gritaban por su apodo y estoy seguro de que cuando el profesor esté con sus colegas hablará, en medio de sonrisas, del Cashaco, del Desdentado, del Gallo Hervido, del Cura, de la Yuca, del Shonsho, etc.
Las Pampas, 14 de julio de 2022




