
Por Arlindo Luciano Guillermo
Admiro a sacerdotes y religiosas y al pastor evangélico que consagran su vida a Dios y a Cristo. Admiro a los cristianos de palabra, acción y actitudes; son para sacarse el sombrero, pero pocos. Los demás saben lo que hacen. Un caso emblemático es el padre Oswaldo Rodríguez Martínez, “el sacerdote del pueblo”, quien ha dedicado su vida con vocación de servicio a asistir y socorrer al prójimo y esparcir la semilla de la filantropía y la solidaridad.
Creo que no hay nada novedoso que decir sobre Cristo, el Mesías de la profecía de Isaías, el Salvador, el elegido por Dios para redimir del pecado a los hombres; crucificado durante la ocupación de Judea por Roma. Jesús no es ficción ni invento de la historia o un ícono creado por creyentes religiosos. Jesús nació en Nazareth, vivió, predicó sin tapujos ni vacilación en Galilea, alborotó el gallinero en el Templo de Jerusalén, acusado de blasfemo por los judíos y sedicioso por Poncio Pilato. Fue un “subversivo”, alteraba el orden público y las costumbres religiosas establecidas desde Moisés y el Éxodo. Se le condenó a una muerte cruel: la crucifixión para advertir posibles brotes de rebeldía y alboroto. Sin Jesús no existirían cristianos, Navidad, Semana Santa, Vaticano, iglesia católica, ni comunidades evangélicas, ni sacramentos, ni fiestas patronales. Cristo cambió para siempre la faz de la historia y el pensamiento filosófico. La Semana Santa es una oportunidad para la “reflexión espiritual” y renovación de la fe. Ver películas como La pasión de Cristo de Mel Gibson o La última tentación de Cristo de Martin Scorsese basada en la novela homónima de Nikos Kazantzakis, documentales sobre los evangelios apócrifos o gnósticos o El evangelio según Judas Iscariote despierta interés y razones para comprender el agnosticismo. No soy agnóstico, solo un creyente en Cristo cuyo rostro llevo en el hombro derecho para consultar mis decisiones diarias. Vivo atento a la observancia de la actitud coherente. La mejor religión es la actuación correcta que sintoniza palabra y acción.
La Semana Santa ha dejado de ser días de guardar con respeto y reverencia, sentir empatía con la pasión y padecimiento de Cristo. Antaño no se podía ni susurrar ni gritar ni comer carnes rojas. Está poco interiorizado el acontecimiento más importante del cristianismo: crucifixión y la resurrección de Cristo y, posteriormente, la ascensión. Eso hoy no se practica con devoción ni religiosidad porque los tiempos han cambiado notablemente. La Semana Santa es holgura, descanso, un escape de la rutina y el estrés; es feriado largo para viajar y pasarla bien. En Semana Santa, el turismo se reactiva exponencialmente. Hay movimiento económico y liquidez. Churubamba, como en años anteriores a la pandemia, ha recibido a una concurrencia multitudinaria para espectar directamente la escenificación del viacrucis.
Jesús fue indiscutible líder religioso que hizo tambalear los cimientos del judaísmo y la tranquilidad de los sacerdotes judíos y fariseos. Jesús se había convertido en una piedra en los zapatos de las cúpulas de poder. Movía multitudes, sanaba enfermos, devolvía la visión a los ciegos, resucitaba muertos, exorcizaba demonios, enseñaba con parábolas y metáforas. Traicionado por Judas con un beso en la mejilla, abandonado por sus discípulos, enfrentó solo la crueldad de la tortura y la crucifixión. Jesús era un gran orador, pedagogo y respondía con habilidad política y filosófica a los cuestionamientos de sus adversarios. No se calló nada. En el Sermón de la Montaña o el discurso de las bienaventuranzas expuso sin pelos en la lengua el plan de Dios. Ahí hablaba a la gente sencilla, con palabras entendibles y claras. ¿Por qué miras la paja en el ojo ajeno cuando tienes una viga en el tuyo? Si alguien te golpea en una mejilla, ofrécele la otra. Hagan con los demás lo que quieren que hagan con ustedes. No juzguen y no serán juzgados. Perdonen y Dios los perdonará.
No hay mejor actitud que la coherencia, la intersección entre la palabra y la acción, para ser un cristiano consecuente. Declararse seguidor de Cristo no es fácil. Si tan solo cumpliéramos, decía un adulto sacerdote salesiano a quien conocí, el 5% de lo que repetimos del Padrenuestro, serviría para cambiar el estilo de vida y las actitudes. Decimos: “Perdona nuestras ofensas como nosotros también perdonamos a los que nos ofenden”. ¿Sabemos perdonar? O perdonamos, pero no olvidamos; o cada vez que recordamos la ofensa otra vez aparece el enojo. El enemigo de la práctica cristiana es la hipocresía, la falsedad, el histrionismo religioso. “La cruz en el pecho y el diablo en los hechos”. No es sencillo ser un verdadero cristiano, de hechos y menos palabras. Somos imperfectos, afectos al error y a la desmesura emocional, propenso a la avaricia y la soberbia. Creemos que es suficiente asistir a misa, escuchar el sermón del sacerdote y comulgar.
Hay un momento de grandeza moral en Jesús. Clavado en la cruz, flagelado, vejado, una corona de espinas en la cabeza, sediento, con hambre, desde las 9 de la mañana hasta el mediodía aproximadamente, solo Magdalena, compadeciéndolo, dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. El predicador de Galilea pedía perdón para sus verdugos. Cristo está presente en la vida cotidiana de los ciudadanos, en la historia, en las decisiones, en el ejercicio de la autoridad y del poder, en el trabajo, en los episodios intrascendentes y significativos. Cristo no fue moneda de oro para agradar a judíos y romanos. Tuvo discípulos y seguidores, pero también detractores que pidieron iracundos su crucifixión. Mi profesor de religión en el colegio fue Ivo Libralato Gardin, sacerdote monfortiano de la parroquia Santa María de Fátima de Paucarbamba. Me decía, mientras vestíamos la indumentaria para la misa, que para ser un buen cristiano no hay que hacer mucho esfuerzo, solo tener sentido común y decisión personal. Se acomodaba el escaso cabello y se alisaba la barba rubicunda de anciano filósofo. “Solo hay que practicar las lecciones de dos parábolas: el Buen samaritano y El hijo pródigo; eso es suficiente para ingresar al cielo, Lalo”. En un debate político en la universidad, un contendor gritó, dirigiéndose a mí, “cállate, cura mariateguista”. Se refería a mi militancia en la izquierda estudiantil, sin renunciar a la fe cristiana. Eran los años de la Izquierda Unida, Alfonso Barrantes Lingán, la teología de la liberación, Gustavo Gutiérrez, monseñor Arnulfo Romero y Hélder Cámara. Creo en Cristo, jamás voy a renunciar; a veces soy hijo pródigo y un inconstante samaritano.




