LEER LLORANDO

Por Arlindo Luciano Guillermo 

Sandra Chiloé me dijo que en casa tenía un libro de poemas de amor. “Tráelo para ver”. Efectivamente, en la clase siguiente me mostró con entusiasmo Poemas de amor, 263 páginas. En el índice encontré “El poema de la culpa” de José Ángel Buesa, que tantas veces, incansablemente, leí en voz alta, con lágrimas en los ojos mientras recordaba cuitas y desdichas sentimentales. Lo releí esa mañana. Sandra me miraba. Antes de que pregunte por qué precisamente ese poema le dije: “Yo me había enamorado de una compañera de clases que nunca me correspondió como hubiera querido. Ella tenía novio en otra facultad con quien, años después, tuvo cuatro hijos”. Pero eso es historia personal dejada atrás.     

Los lectores de poesía empezamos leyendo poemas de amor y a poetas que hicieron del tema sentimental un leitmotiv: Bécquer, Espronceda, Salaverry, Melgar, Neruda y el gran José Ángel Buesa cuyo libro Oasis (1943) encontré en la biblioteca del colegio María Auxiliadora donde enseñé literatura 10 años. Ese libro marcó mi memoria como una inscripción en mármol: el amor no tenía edad ni condición social. La felicidad era privilegio de los que amaban con reciprocidad; la desgracia sentimental encontraba en la poesía de Buesa o Neruda un reflejo directo y empático o un aliado ideal para echar las penas al aire o las lágrimas al mar. Ahí estaba “El poema de la culpa” escrito para mí por un poeta cubano. Sus versos me provocaron depresión, melancolía, sinsabores y deseos insanos. Tenía unos 20 años; ella, 23. El detonante fulminante eran los primeros versos: “Yo la amé y era de otro que también la quería.  / Perdónala, Señor, porque la culpa es mía.  / Después de haber besado sus cabellos de trigo,    nada importa la culpa, pues no importa el castigo”. Entonces no escuchaba razones para dejar de llorar desconsoladamente. Leer a Buesa y llorar era una ecuación perfecta para sentir el impacto emocional de la poesía. Cuando leí “Epístola a los poetas que vendrán” de Manuel Scorza, “Los nueve monstruos” y “Los dados eternos” de César Vallejo, “Walking around” de Pablo Neruda o “Arte poética” de Roque Dalton. Cambié de actitud y acción frente a la vida, la realidad, la historia. Entendí que la poesía no solo era amor y sentimiento, sino también solidaridad, denuncia social, convocatoria y compromiso político. Neruda era más que Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Esperaba al lector Canto general, España en el corazón u Odas elementales.         

“El poema de la culpa” relata la autoinculpación por amar a una mujer que ya tiene un compromiso sentimental, pero que no está impedido amarla hasta el desvarío, el gozo y la renuncia resignada. La confesión no es ante un confidente, sino ante Dios, quien es el “directo responsable” de la existencia de una mujer hermosa y seductora. Como en “Los dados eternos” de César Vallejo, el interlocutor del yo poético es Dios. El poema de Buesa tiene nueve cuartetos de versos alejandrinos con rima consonante. Empieza revelando la razón de la “actitud triste y melancólica”: “Yo la amé, y era de otro, que también la quería.  / Perdónala, Señor, porque la culpa es mía”. Luego vienen las circunstancias de imposibilidad, entrega mutua, renunciamiento y alejamiento del “pecado de amar”. “Traté de rechazarla, Señor, inútilmente / como un surco que intenta rechazar la simiente.  / Era de otro. Era de otro que no la merecía, / y por eso, en sus brazos, seguía siendo mía”. Es asombrosa la coincidencia entre los versos de César Vallejo de “Los dados eternos” y José Ángel Buesa de “El poema de culpa”. Buesa: “Y por eso, perdóname, Señor, porque es tan bella, / que tú, que hiciste el agua, y la flor, y la estrella, / tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre, / tú también la amarías, ¡si pudieras ser hombre!” Vallejo: “Dios mío, si tú hubieras sido hombre, / hoy supieras ser Dios; / pero tú, que estuviste siempre bien, / no sientes nada de tu creación.  / ¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!” La trascendencia, sin duda, de Vallejo es mayúscula que los versos efectistas y sentimentales de Buesa. Otros poemas famosos de José Ángel Buesa: “Balada del mal amor”, “Poema del renunciamiento”, Poema de la despedida”, “Canción del amor prohibido”, “Elegía lamentable”, “Elegía para mí y para ti”.  

Siempre he creído que la poesía debe ser sencilla y comunicar sin artificio, encriptamiento ni metáforas alucinantes. La sencillez en poesía es una virtud de pocos poetas. La poesía vanguardista es admirable, pero a veces impenetrable, hermética. Trilce de Vallejo es un poemario innovador y extraordinario para el crítico literario, pero no para el lector. José Ángel Buesa, en “Arte poética”, deja una posición muy clara.  “Ama tu verso, y ama sabiamente tu vida, / la estrofa que más vive, siempre es la más vivida. (…)  / Escribe de tal modo que te entienda la gente, / igual si es ignorante que si es indiferente”.  Hoy, con los pies firmes sobre la tierra, la preferencia por la poesía amorosa es menor; sin embargo, regreso, como hijo pródigo, a Los versos de capitán, Cien sonetos de amor y Oasis. Mis intereses de lectura son otros, más cercanos a la vida, la subjetividad, la existencia, la realidad social y el disfrute del lenguaje poético creativo, cincelado en la paciencia, ingenioso y variado. La poesía es un lenguaje distinto al cotidiano y coloquial. Es la metáfora, el símbolo, las imágenes audaces, la sutileza de la información, el verbo revelador y activo como un volcán a punto de erupcionar. La poesía dice mucho con escasas palabras. La poesía tiene un poderoso impacto en la sensibilidad del lector; conmueve incluso a un témpano de hielo. Muchas veces se “lee llorando” como si la historia del relato fuera del lector. Otros poemas desafían al lector, no lo dicen todo, sino en clave verbal. Leer a Luis de Góngora u Octavio Paz no es fácil.