Ya nadie le cree

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

 

Señalado por la Fiscalía como la cabeza de una organización criminal, que según la teoría fiscal habría estado operando al interior del Ministerio de Transportes y Comunicaciones, desde donde habría cobrado sobornos para la adjudicación de una obra pública de más de 62 millones, el señor Pedro Castillo ha acabado por convertirse, como consecuencia de la investigación antedicha, en el primer presidente del Perú en ser investigado durante el ejercicio de sus funciones. Tamaño “honor”, naturalmente, no solo marca un antes y un después en nuestra calamitosa historia política reciente, que con ninguno de nuestros no poco cuestionados expresidentes había dado lugar a tanto, sino que, además y sobre todo, deja abierto el camino para que, ante la aparente flagrancia en la comisión de delitos como los que se imputa a Castillo, no se tenga que esperar al término de su mandato para investigar a un presidente. Lo que, como ha apuntado ya más de un reputado constitucionalista, no tiene por qué entrar en conflicto con lo establecido en nuestra Carta Magna, pues no afectaría en modo alguno la presunción de inocencia ni la inmunidad propia de su alto cargo.

Pero lo acontecido el pasado viernes en que el presidente brindó sus declaraciones ante el fiscal de la Nación, Pablo Sánchez, como parte de la investigación que se le sigue, como cualquier ciudadano común y silvestre, con todo y ser de suma importancia, de hecho, para el curso que habrán de tomar las investigaciones en los próximos días, no fue lo que más llamó la atención de la ciudadanía. Ya que quienes se robaron el show, por decirlo así, fueron en realidad esa gente a la que Castillo gusta tildar de “pueblo”, esto es, los llamados individuos de a pie, las personas que a esas horas se encontraban desplazándose por las calles del centro de Lima sin imaginarse seguramente que se lo encontrarían en su camino. Individuos que, al verlo pasar caminando en dirección al Ministerio Público, no profirieron, desde luego, vivas, loas ni alabanzas. Individuos que, como correspondía sin ninguna duda, no vacilaron ni un instante en gritarle a voz en cuello de “corrupto” para abajo.

Resulta inevitable preguntarse, a la luz de lo referido, qué carajos habrá de pasar por la cabeza de este deleznable sujeto para que crea que, no obstante ser por todos conocido el altísimo grado de descontento y desaprobación que tiene la población respecto de su desastroso gobierno, pueda haber todavía alguien con dos dedos de frente que pudiera aplaudirlo si se lo encontrase por la calle. ¿Será tal su grado de negación de la realidad, de cerrazón mental, que pueda llegar a pensar que aún hay peruanos inteligentes, peruanos perspicaces, peruanos a los que la lucidez no se les ha ido todavía al carajo, que pudieran considerar que todo lo que se dice de él no es más que un burdo y descarado complot urdido por la derecha peruana para defenestrarlo? Lo cierto es que, tratándose de él, cualquier cosa es posible. Incluso que piense de esa manera.

Como sea, habría que destacar, no obstante, que, contrariamente a lo sostenido ahora por Castillo, como cuando declara que él estará siempre dispuesto a dar la cara, sus casi tres horas de declaraciones ante la Fiscalía no se habrían dado en modo alguno debido a su interés por colaborar con la justicia, como afirma con el desparpajo por el que es ya ampliamente conocido, ya que basta recordar la pretensión de sus abogados de anular la investigación que se le sigue en su contra, para caer en la cuenta de que si terminó por responder las cien preguntas que finalmente le formuló el fiscal supremo adjunto Samuel Rojas, coordinador del Área de Enriquecimiento Ilícito y Denuncias Constitucionales, fue solo porque no le quedaba otra opción. De modo que no nos venga ahora a querer mostrase como colaborador de la justicia, que sus actos y omisiones se encargan de decirnos a cada momento lo contrario.

Que allí están, por ejemplo y para mayor referencia, su negativa a brindar la relación de visitantes a la ya famosa casa de Breña en la que, como se sabe, habría sostenido más de una reunión clandestina con personajes seriamente cuestionados por sus vínculos con la que sería una organización criminal montada desde incluso antes de que asumiera el poder el pasado 28 de julio. Que allí está, también, su inacción para capturar al exministro Juan Silva, señalado por más de un testigo como una pieza clave en la organización criminal de la que él sería la cabeza. Que allí está, asimismo, su nulo interés en que se capture al ex secretario de Palacio de Gobierno, Bruno Pacheco, sindicado, también, como uno de los hombres que más sabe de las malas juntas con que anduvo, con que anda, el presidente. Que allí está, finalmente, su sintomática propensión a querer hacerse siempre la víctima, a querer mostrarse siempre como el pobrecito, como quien sufre, injustamente, los golpes de un sistema que en todo momento se muestra en su contra. Felizmente que ya nadie le cree. Y el pueblo ese del que tanto habla, menos que nadie.