Y LA LLUVIA CAERÁ

Escrito por: Jacobo Ramírez Mayz 

¡Qué piña son nuestras autoridades, profe!, me dice un señor, abordándome en la Plaza Mayor y extendiéndome la mano. ¿Por qué?, le digo, mientras nos puñeteamos saludándonos. Profe, ¿te acuerdas que cuando nuestro exalcalde estaba para inaugurar su drenaje pluvial vino una lluvia de miércoles y su megaobra colapsó ante la furia de San Simón? Fue la puerta que se abrió para demostrar que dicha obra tenía irregularidades, las mismas que después las sanearon, y colorín colorado, quedó apestando, pero funcionando. Ahora al menos en algo nos sirve, aunque nuestro alcalde actual, que creo que de ingeniería no sabe ni michi, no es capaz de darle su mantenimiento. Pero el Loco de San Simón, que usted muy bien sabe que así le llamamos a esa lluvia torrencial que nos visita entre los meses de octubre y noviembre, no quiso quedarse con las manos cruzadas, y puso al descubierto, en esta oportunidad, la megaobra de la construcción del hospital Hermilio Valdizán, que tiene un presupuesto de casi doscientos millones de soles. Es mucho dinero, ¿verdad, profe? Yo me pregunto, ¿acaso todo ese dinero no es suficiente como para hacer una buena obra? Lo que pasa es que nuestras autoridades se pasan de pendejos y abusivos.

Profe, imagínate que estuvieras internado en el quinto piso de un hospital recién construido, que estuvieras con bronconeumonía, temblando por la fiebre como perro pichi recién bañado. Estoy seguro de que estarías tranquilo porque es un edificio nuevo. Entonces San Simón, que de santo solo tiene el nombre, se achora y quiere poner a prueba tu fe y la firmeza de esa obra. En el cielo suenan truenos y los relámpagos alumbran todos los espacios oscuros. Seguro que usted no se metería debajo de su cama como lo haría en su casa, ni se pondría a llorar como cuando está borracho, sino que se quedaría echadito en su cama. En eso, comienza a caer la lluvia como baldazos de agua, y desde tu cama ves que el techo de tu cuarto comienza a humedecerse. Una gota de agua cae directamente en tu sepla, sientes su frialdad. Seguro que en ese momento sí tendrías un poco de susto; la gota unida a otras que van cayendo comienzan a recorrer tu pelada y escuchas que el techo del pasadizo se desploma. Ahí sí, profe, ya te persignas y comienzas a rezar pidiendo a Dios que te tenga piedad y diciéndole que prefieres morir con neumonía que aplastado por un techo de un edificio recién construido. Y sacas piernas. Corres como endemoniado, esquivando el techo que se va cayendo a pedazos. Te diriges al ascensor y este no funciona. Te recuestas en la pared y una parte de la pintura se queda impregnada en tu bata. Te das cuenta de que estás calato. Tapas tus vergüenzas y juras que sobrevivirás. Es así como hicieron los médicos y enfermeras que estuvieron allí el día que nos visitó San Simón. ¿Después qué harías, profe? Conociéndote, seguro que les insultarías, les harías recordar a su madrecita, a su abuelito, a toda su generación; les dirías que son ladrones, sinvergüenzas y muchas cosas más. Ni más ni menos que lo mismo que muchos huanuqueños queremos decirles a nuestras autoridades. Pero ya nos están llegando a la coronilla, y en cualquier momento llegará la gota de agua que hará rebalsar el vaso; y entonces nuestro alcalde con su cochinada de ciclovía, bajajvía, motovía, chorovía, etc., y nuestro gobernador, que también nos quiere tomar el pelo, incluyéndole a usted, sabrán que estamos vivos, que rugimos como leones, que nos descruzamos nuestras manos, y haciéndoles montar en un burro, como hacían antaño, los botaremos de esta ciudad y les declararemos hijos no predilectos, por no decir hijos de usted ya sabe quién.