¡Y cuándo la hacemos linda!

Por: Arlindo Luciano Guillermo
Algunos ciudadanos dicen la verdad sin pelos en lengua, de frente, sin rodeos, sin temor; otros prefieren la sutileza, la metáfora, la connotación, el eufemismo; la mayoría prefiere simplemente no decir nada, callar en siete lenguas o recurrir a la hipocresía, el cinismo y la mentira, el encubrimiento, no decir lo que se tiene que decir. Lo correcto sería decir la verdad, sin mentir ni engañar. Si eso sucediera, nuestra vida personal y social cambiaría radicalmente, daría un giro de 180 grados.
Todos pedimos el cambio de la sociedad, que se reviertan las adversidades, la crisis moral y se instaure la ley, la práctica de valores éticos y democráticos. Vivimos en un entorno familiar repleto de ofrecimientos incumplidos, donde la palabra y el discurso verbal han perdido credibilidad; la desconfianza en el prójimo y en las instituciones es casi recurrente. Padecemos de paranoia (naturalmente entendible) cuando transitamos en la calle, en el centro de trabajo, en el supermercado, en el Bajaj, en el cajero automático. Estamos predispuestos a vivir a salto de mata, en cualquier momento la liebre podría saltar del matorral.
El cambio implica que algo no “anda bien ni camina correctamente”. Pedimos el cambio, pero la pregunta del millón: ¿quién debe cambiar la situación? La respuesta es excluyente: los gobernantes o el ciudadano con nombre propio, sea padre de familia, trabajador, profesional, culto, analfabeto, hijo, yerno, cliente, transeúnte, chofer, etc. El cambio personal viene de adentro hacia fuera; si queremos cambiar la sociedad tienen que cambiar las actitudes de los ciudadanos. ¿Puede un ciego conducir a otro ciego? ¿Puede un ladrón dar lecciones de honradez a otro ladrón? ¿Puede un fariseo aconsejar sobre sinceridad a otro fariseo? El único modo de demostrar lo que somos, lo que sentimos, lo que pensamos es practicando lo que hacemos y decimos; es decir, ser un ciudadano coherente, consecuente, esclavo de su palabra y sus promesas, antes que la firma de documentos.
Cambiar es asumir un compromiso serio para modificar actitudes, acciones, actos, prácticas diarias y respeto por uno mismo y las normas sociales establecidas. Podríamos empezar por “hablar menos” y “hacer más”, “respetar de verdad antes que insultar con asombrosa naturalidad”. El insulto, la difamación, la calumnia, el falso testimonio, el perjurio y la humillación personal o pública parecen tan equivalentes al elogio, el reconocimiento y la lisonja. Todo queda impune, sin sanción. El lenguaje procaz, coprolálico y vulgar, cada día más en aumento en mujeres, desplaza abrumadoramente al lenguaje coloquial, respetuoso, horizontal, educador.
El cambio de actitudes es un desafío. No es fácil cambiar algo que aprendimos en la niñez. El fierro frío es difícil de enderezar. La educación efectiva, los aprendizajes valiosos, la voluntad, el rescate de valores fundamentales y la presencia de paradigmas visibles harían posible que el cambio esperado llegue como la lluvia después de una larga sequía a nuestras vidas y así promover el cambio de la sociedad. Los gobernantes fueron elegidos por el pueblo para “resolver problemas”, crear las condiciones para el progreso y el desarrollo sostenible.
Es notoria la crisis de valores éticos en la sociedad contemporánea. La relativización de la moral socava diariamente la vida de ciudadanos, instituciones y liderazgos sociales. En este contexto (“a río revuelto, ganancia de pescadores”), aparecen redentores, charlatanes y vendedores de sebo de culebra para dar recetas, consejos y fijar la ruta del cambio. Llegar puntual a una reunión, al trabajo o a una cita, evitar decir mentiras, no rajar cruelmente a espaldas del compañero de oficina, escuchar con los ojos o no insultar son actitudes que realmente muestran concretamente cambios que benefician al ciudadano y a las instituciones.
No hemos nacido para vivir llorando en un “valle de lágrimas”, vivir “con los ojos en la nuca”. Hemos nacido para vivir felices, pasarla bien mientras vivamos. Como dicen los abuelos, “lo vivido, lo comido y lo gozado” te llevas al cielo. El cambio empieza por nosotros, está en nosotros el cambio. Nadie nos obliga a pasar la luz roja, a llegar tarde o chismear.