Por Arlindo Luciano Guillermo
No fue perfecto, una metáfora ni un paradigma. Hago catarsis. La fibrosis pulmonar lo liquidó el 2020, momento más virulento del Covid-19. “Se durmió, no despertó”, dijo mi hermana. No era fumador. En la fotografía parecía el Quijote en su cama luego de recuperar el juicio. Tenía la camisa rosada de mangas largas que le gustaba como a mí. Dejó de respirar el 9 de mayo, cumpleaños de mi madre. Él tenía 87 años, trayectoria de vida que había empezado en la hacienda Huasca, en Huácar, donde trabajó cultivando maíz, trigo y papa con el abuelo Melecio. Se hizo arpista, admiraba a Haya de la Torre. Se fue a las islas guaneras para extraer estiércol, encostalarlos y subirlos a una embarcación; estuvo ahí tres años. Absorbió polvillo excrementicio. ¿Le provocó algún mal pulmonar que lo afecto severamente en la vejez? En el pueblo natal dejó al hijo de su juventud. Se hizo chofer rutero a los 24 años. La primera vez que cogió un automóvil se accidentó. Estuvo dos meses internado, con la clavícula astillada y dos costillas hundidas, en el Hospital Hermilio Valdizán. Ahí leyó La serpiente de oro, Cuentos andinos y su enciclopedia de geografía donde destacaban un león africano, un oso polar y un tigre de Bengala. Viajó sin descanso, prolongados días y meses de ausencia, más de 50 años. En invierno no se sabía cuándo iba a llegar; enviaba giros para “los diarios”. Se llamaba Alicio Luciano Chepe, mi padre, que hoy tendría 90 años. No fui un buen hijo, no fui grato con él, siempre negué lo que hizo por mí. Lo juzgué y sentencié como un juez.
Cuando supe que el padre de Elías había fallecido de cáncer prostático, a los 75 años, hace exactamente una semana, lo llamé para darle mis condolencias. Le dije que llorara a su padre todo lo que quisiera porque él se lo merece. Así lo hizo. “Mi padre siempre me enseñó la práctica de la justicia, la honradez y la gratitud”, me dijo la víspera del Día del Padre. Será el primer tercer domingo de junio que pase sin su padre, aquel que siempre fue para él y sus siete hermanos un ejemplo de actitud y acción. “Él se equivocaba mucho, pero tenía sabiduría y coherencia”, recuerda. Don Alejandro Mazza Siu era egresado de la facultad de contabilidad de la Unheval. Muy joven fue a trabajar a una compañía minera de Pasco. Hacía unos años que residía en Huánuco; había nacido en Llata. Una infección urinaria lo llevó al urólogo. Luego de varios análisis le dijeron que el cáncer prostático se había esparcido hacia otros órganos vitales. Llegó a la familia el cumplimiento de un mandamiento: “Honrarás a tu padre”. Eso hizo Elías, un ingeniero civil, residente en una obra pública del Estado. Sobrevivió tres meses. Elías estuvo junto a su padre, sin dejarlo un segundo, se repartía entre el trabajo, su esposa e hijos. “Eres un hijo admirable”, le repito. Él sonríe: “Solo hice lo correcto”.
Valoramos algo cuando lo perdemos irreversiblemente. No atiné aprovechar a mi padre octogenario, sabio, con largos trajines en la vida, con miles de batallas ganadas y derrotas dignas, con una montaña de experiencia, que me hubiera sido útil y referencia obligada para tomar mejores decisiones; estoy seguro que mis “metidas de pata” y extravíos hoy serían menores. Hoy quiero unir las puntas de mis orejas, pero es en vano. Cuando escucho en la radio o en una banda de músicos Las piedras del Calicanto, huayno tradicional de su autoría, grabado por Los Caminantes del Perú, lo recuerdo tocando su arpa, haciendo encajar los versos con la melodía, mientras bebía una cerveza solo, silbando, enajenado totalmente de la realidad. Yo lavaba el volvo doble eje, mis hermanos no podía hacer bulla y mi madre cocinaba en silencio. Nada gana un hijo cuando juzga, hace la ley del hielo, desprecia o condena como un juez sin rostro o un inquisidor a su padre. No elegimos a los padres que tenemos ni los padres elegimos a los hijos que quisiéramos. Si hay una mochila de resentimiento y odio en contra de su padre, el hijo está a tiempo de zafarse porque hostiga la tranquilidad espiritual y emocional. Es como caminar con un costal de espinas en la espalda. Recuerdo dos frases suyas que sí funcionan en vida cotidiana: “El café se toma caliente”, “Si hoy no hay para comer, no vamos a morir de hambre”. Él vivió 87 años, yo tengo 57. Lo juzgué, le pedí rendición de cuentas por sus decisiones, no gané nada, perdí tiempo, no supe aprovecharlo.
Me veo en las mañanas en el espejo y me parezco a mi padre, más todavía de perfil. Aparece Vallejo, con “Los pasos lejanos”: “Mi padre duerme. Su semblante augusto / figura un apacible corazón / está ahora tan dulce… / si hay algo en él de amargo, seré yo.” O quizá hubiera cantado Mi viejo de Piero: “Es un buen tipo mi viejo / que anda solo y esperando / tiene la tristeza larga / de tanto venir andando”. O quizá Mi querido, mi viejo, mi amigo de Roberto Carlos: “Tu pasado vive presente / en las experiencias sentidas / en tu corazón consciente / de las cosas bellas de la vida. / Tu sonrisa franca me anima / tu consejo sabio me guía / abro el corazón y te digo: / mi querido, mi viejo, mi amigo.” O esos versos que repito de memoria de Pablo Guevara, “Mi padre un zapatero”, del poemario Retorno a la creatura: “Fue bueno, y yo lo supe a pesar de las ruinas / que alcancé a acariciar. Fue pobre como muchos, / luego creció y creció rodeado de sus zapatos que luego / fueron botas. Gran monarca de su oficio, todo creció / con él: la casa y mi alcancía y esta humanidad”.
Mi padre no dejó bienes, fortuna ni testamento de herencia; solo dejó su vida, su experiencia, una familia nuclear de 24 años y una disfuncional de 30, seis hijos, su vocación y pasión por la música, su pícaro sentido del humor, un apellido, que significa “el que ve la luz, que seguramente perdurará por largos años porque tiene nietos, sus manuscritos de canciones, algunas fotografías; mi padre no tenía otra pretensión que vivir la vida sin apremios, nos dio educación y un oficio o profesión y con eso vivimos y le damos sustento a nuestros hijos. Él escribió letras de canciones, algunas tuvieron melodías como El camionero, Puente Aguaytía, Cholo Fano (amigo y paisano suyo), Paucarbambina, solo Las piedras de Calicanto se grabó. Yo, siguiendo ese mismo destino, he escrito poesía, cuento, cientos de artículos periodísticos. Se han grabado algunas letras de canciones que escribí y una plaqueta en la década del 80, cuando presumía ser poeta, titulada Soledades y angustias. Solo una vez le leí unos versos míos: “Amo tus pies porque saben dónde encontrarme / amo tu cuerpo donde siempre nacen tormentas / y tus labios que fabrican la paz”. Me miró y dijo: “No hablas nada de Huánuco”. Él nació en el 9 de febrero de 1933 en Ayancocha, vivió la infancia en Cochachinche, salió para trabajar y viajó por muchos pueblos y ciudades del Perú, se asentó en Paucarbamba y se enterró, con dignidad y merecimiento, en el cementerio de Huachipa, lejos de su tierra, Allí lo visité el domingo 11 de junio. Conversamos y saldamos cuentas para vivir sin rencores y en paz: él con sus diez vecinos en Huachipa y yo en Huánuco.




