UNA TAREA PENDIENTE

Por Arlindo Luciano Guillermo

El escritor Alonso Cueto titula a su artículo de opinión, publicado en El Comercio (18/2/2022), ¿Por qué tanta corrupción? Identifica tres causas: la distancia que los corruptos sienten frente a su país, persistencia de una cultura en la que se considera ganador a quien se aprovecha ilegalmente del sistema y la ausencia de la enseñanza de Educación Cívica en los colegios. La buena educación y los principios éticos provienen de la familia, donde, generalmente, poco importa, es mínimo lo que la institución educativa puede hacer. Se enseña mejor con el ejemplo que con discursos y consejos verbales. Luego hace mención del libro El círculo de la corrupción en los gobiernos regionales (Konrad Adenauer y la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, 2018. Pág. 117.). Es una compilación de trabajos de investigación, desde el punto de vista técnico-legal, sobre casos de corrupción en cinco gobiernos regionales. Está disponible en PDF en Google. Es una lectura obligada y necesaria para percibir con detalle los alcances de la corrupción y los efectos nocivos que socavan la eficiencia de la gestión pública, la desatención de los problemas de los pueblos y el debilitamiento de la institucionalidad.   

Si quisiéramos localizar dónde están los “orígenes de la corrupción” (o la viveza que luego se convierte en ilícito) podríamos ubicarlos en la familia, en la escuela, en la calidad de educación que fomenta el Estado y en la complicidad ciudadana. Veo un acto de corrupción, pero como no es mi caso, me importa un cacahuate. La frase “todo se resuelve con dinero” es infame porque se pone un precio a la solución del problema. El que miente puede incurrir en actos de corrupción. En la escuela se plagia en los exámenes de modo sutil, “inteligente” o descarado; quien no se deja descubrir es un “héroe” digno de admiración: Si alguien ve que un estudiante está plagiando, no lo delata, no dice nada, porque no es su problema y no quiere ser un soplón cuyo costo es la indiferencia, el bullying o el desprecio. A veces, más que respetar las normas de convivencia y regulación social, se nos enseña cómo debemos sacarle la vuelta a la ley o urdir una justificación que linda con la mitomanía, la ficción literaria y lo real maravilloso de Cien años de soledad donde Francisco el Hombre tiene más de 200 años, las alfombras vuelan, un gitano rejuvenece por arte de birlibirloque, una hermosa muchacha se eleva en cuerpo y alma al cielo o un hilo de sangre hace un recorrido intrépido por las calles del pueblo advirtiendo un crimen. No en vano existe un refrán ilustrador: “Hecha la ley, hecha la trampa”. Así se aprovechan los vacíos y ambigüedades de la ley. Si a eso se suma la impunidad, el problema está en UCI.    

El Perú no es el único país dónde hay corrupción en estratos, niveles y categorías desde la coima de cinco soles (una mano o Grupo 5) hasta los millones por sacarle la vuelta a la ley y beneficiarse fraudulentamente en licitaciones públicas o con el poder político (Caso Lava Jato o Los Cuellos Blancos del Puerto). Así la corrupción es una enfermedad endémica, un tumor cancerígeno cuyo perjuicio en la ciudadanía y en las instituciones es letal. Es  corrosivo que destruye el tejido social y la moral de la sociedad. La lucha contra la corrupción es titánica, de David y Goliat; hasta parece que expoliar al Estado fuera “aceptable”, parte de la tradición política y la normalidad.   

Si queremos un país honesto, respetuoso y transparente, entonces hay que autoeducarnos, educarnos y desaprender rancias y perversas prácticas impresas en la actitud y personalidad que infunden “anomia social” y actuación al margen de la ley. La educación que privilegia el aprendizaje memorístico no contribuye con la educación cívica ni el fortalecimiento de la ciudadanía. El fin supremo de la educación es educar ciudadanos con competencias, pensamiento crítico, principios éticos, que sepan defender ideas con tolerancia, tomar decisiones y asuman responsabilidades, con actitudes probas allí donde estudia, vive, trabaja y se procrea. La corrupción es una plaga egipcia; hay que combatirla con actitudes y decisiones firmes donde se imponga el respeto de lo ajeno y la ley sin privilegios ni se rompa la cuerda por el lado más débil. El deseo de ser rico no puede ser a costa de hacerle trampas al Estado ni pisotear al prójimo. 

La corrupción no solo se persigue y sanciona, sino, preferentemente, se debe prevenir con acciones de sensibilización, aplicación de la ley, sin impunidad, con acciones de control oportuno y simultáneo de la ley. La sociedad es imperfecta, tiene grietas para la transgresión y hendiduras por donde se filtran las “malas prácticas”, pero con una educación de calidad, con competencias y fomento de principios éticos se puede frenar la corrupción, el mal uso del poder político y el aprovechamiento ilícito del cargo público. La meritocracia y la idoneidad garantizan una gestión eficiente, con resultados mensurables y transparencia; sin embargo, los funcionarios y autoridades pueden tropezar, “pecar” e incurrir en inconductas. Solo el mérito profesional y la virtud moral no resuelven el problema de la mediocridad y la ineficiencia. La meritocracia no es un crisol donde se purifica el funcionario público para convertirse en santo y más inmaculado que San Francisco de Asís o más milagroso que fray Martín de Porres. Quienes ejercen el poder político, las autoridades, funcionarios y representantes de las instituciones tienen que dar ejemplos de transparencia, probidad y desempeño profesional. De lo contrario, todo buen propósito de “hacer bien las cosas” en la gestión pública caerá en saco roto. Yo no acuso, solo propongo reflexión. Dice Alonso Cueto, como conclusión: “No hay nada más práctico que ser una persona con principios”. Ahí está el desafío diario y la tarea pendiente.