Escrito por: Ronald Mondragón Linares
Los títulos de algunos libros se me hacen misteriosos, sugerentes y hasta herméticos. Este ha sido el caso de “La otra orilla” de Rosario Sánchez Infantas (Edit. Arteidea, 2018), un conjunto homogéneo de cuentos de buena factura en los cuales se advierte de manera constante la presencia silente y turbadora de La Oroya, ciudad y enorme centro metalúrgico al mismo tiempo. Pero no ha sido sino hacia el final de la lectura del libro en que caí en la cuenta de que, siendo La Oroya un angosto valle por donde discurre un gélido y yerto río, nos remitimos al origen quechua del vocablo (oroya, una especie de cable corredizo que se usa para pasar ríos). Es decir, para cruzar de una a otra orilla. Sin embargo, atendiendo al contenido del texto, a través del título la autora también nos invita a salir del marco literal para sugerirnos “las otras orillas” que tiene la existencia: el amor frente al desamor, la vida frente a la muerte, la realización frente al fracaso.
Porque estos tópicos constituyen, en general, los ejes temáticos que vertebran la trama de los cuentos y se especifican en la búsqueda de la identidad personal, el sentimiento de culpa, la fragilidad de la vida, la frustración del artista o la preocupación social.
Otro elemento unificador de los textos es el clima psicológico. Antes que la estética formal en el uso del lenguaje y los recursos literarios, Rosario Sánchez prefiere otorgar a sus cuentos una particular atmósfera psicológica desde los personajes mismos, desde sus pensamientos y sentimientos, siempre sujetos y atrapados en constantes contradicciones. De la misma manera, la autora prefiere la autenticidad total del relato- que por momentos la acerca al realismo- y la resultante es un lenguaje desenvuelto y fresco, que no se deja constreñir por vacíos cánones estéticos y que no admite disfuerzos lingüísticos de ningún tipo.
Hay un rasgo por demás interesante y absolutamente integrador del libro y que nos brinda muchas luces sobre el estilo de la autora. Da la impresión que los cuentos no se agotan con la lectura de los mismos ni con sus desenlaces formales. La mayoría de ellos parecen un borrador de una extensa novela. Por ejemplo, en “Radices”, la protagonista, Paloma, se dedica a lo largo de la narración a una inquietante búsqueda de sí misma, que traspasa el ámbito familiar, se dirige hacia el orden social y en realidad culmina en el sentido de la existencia. De ahí que el mensaje sea abierto y se tenga muchas veces la sensación de estar en el recodo de una narración mayor.
Uno de los aciertos en el plano formal es el manejo certero del narrador. Esto se muestra nítidamente en “Y habitó entre nosotros”, donde quien empieza a narrar es el embrión que crece día a día en el vientre de la madre, y luego quien narra es la madre misma, en un hábil manejo combinatorio de la primera y tercera persona gramaticales. Asimismo, a este acierto se añade la grata realización de la autora en un desenlace conmovedor de un cuento realmente redondo, que llega a transmitir hondas notas líricas. En “Última bajada”, además del empleo apropiado del narrador, presenta una interesante propuesta de dos planos lingüísticos superpuestos y simultáneos: el monólogo interior de corte popular del protagonista contra el discurso cerradamente académico del guía turístico. En “¿Me perdonas?”, además de la acertada conducción narrativa, es relevante el sostenido registro del habla juvenil y la jerga informática, y, sobre todo, del dominio de la técnica del racconto-que se puede definir sencillamente como un amplio recuerdo de sucesos en medio de una narración-, que se emparenta con un aspecto característico del estilo de Sánchez Infantas ya mencionado: sus cuentos como prospectos o borradores de narraciones más amplias o de largo aliento.
Otra de las constantes en el libro que comentamos es la presencia de la intriga a modo de crónica detectivesca, que se usa mucho en los llamados thrillers psicológicos, en los cuales se presenta un enigma por resolver y las exhaustivas pesquisas que hace el o los personajes para armar el rompecabezas de la historia, a partir de indicios que nos remiten al pasado turbio que queremos desentrañar, como sucede en “¡Escribe!” y en “Su propia crisis”, en los cuales se logra mantener la tensión y por tanto el apego del lector hasta el final de la lectura.
Por otra parte, el tema de la preocupación social se manifiesta expresamente en “Un ingeniero en la familia”, aunque ciertamente no es ajeno en otros cuentos pese a no ser en ellos el núcleo temático. En “Delicadísima criatura” se hace presente nuevamente el sentimiento de culpa maternal y se pone énfasis en la fragilidad de los seres humanos ante la muerte; mientras que en “Misión cumplida” el proyecto y la síntesis de la vida- otra vez, involuntariamente, la apertura hacia lo novelesco- se entretejen en una familia. Por último, la imagen tanto de la frustración como de la realización del escritor emergen, respectivamente, en las historias de “Cuentista” y “La cajita”, la última como expresión simbólica o metafórica.
En síntesis, “La otra orilla” es un libro de cuentos unitario- pese a “Estos, ¿no son hombres?”, texto disímil en el conjunto, cuya temática es el enfrentamiento entre dos civilizaciones-, escrito con gran libertad estilística y en los cuales se prioriza el acento psicológico y emocional de los personajes y se matiza con pinceladas de emoción social de manera explícita. Y que tienen, como telón de fondo, a la frígida ciudad de La Oroya, donde la vida y la muerte son las dos orillas que a veces se juntan.




