Arlindo Luciano
En casi la totalidad de las universidades públicas (no sé si en algunas privadas), los postulantes dan un examen de admisión que privilegia el conocimiento, la fórmula y la retención de palabras, que se repiten de memoria, al pie de la letra, para responder acertadamente preguntas con cinco alternativas. Sin memoria estamos condenados a la amnesia personal y colectiva. La memoria es útil para recuperar saberes previos, experiencias, conocimientos adquiridos, habilidades adiestradas y competencias aprendidas. Sin embargo, repetir como cotorra la lección, lo aprendido, no tiene utilidad personal, social, menos científica. No basta ingresar en la universidad a una carrera profesional que se supone es la idónea, se trata, principalmente de tres retos: garantizar una formación profesional científica, con responsabilidad social, contextual, ética y empresarial; otorgar a los estudiantes instrumentos efectivos y disponibles como la lectura crítica y la redacción de textos ensayísticos y científicos, utilización de tecnología y una vocación por la innovación y el conocimiento nuevo; y, finalmente, motivar la permanencia sostenible del estudiante hasta que culmine los estudios, se gradúe y se inserte con prontitud en el mercado laboral.
Se ha iniciado el debate, a través del Minedu, para cambiar los exámenes de admisión en las universidades: dejar el memorismo y la tortura para recordar el conocimiento transferido por el profesor en la escuela o en la academia, para ponderar y exaltar en primer lugar habilidades, capacidades, destrezas de los postulantes para resolver problemas prácticos y cotidianos. La vida, sin duda, siempre está repleta de problemas que se deben resolver solo o en equipo. Esos nuevos exámenes deben explorar, valorar y validar, como el tamiz para el ingreso en la universidad, competencias, capacidades, habilidades, lectoría, redacción, inteligencia emocional y, además, los conocimientos necesarios para una exitosa carrera universitaria. No solo hay que medir aptitud, sino también actitud. Necesitamos ciudadanos críticos, cuestionadores, que toleren ideas distintas a las suyas, que construyan y fortalezcan con su actitud y su desempeño profesional, la institucionalidad y la democracia, que ejerzan la carrera profesional con vocación de servicio antes que buscar enriquecerse y acumular fortuna.
Las universidades de aquí y de allá no son fábricas de profesionales dispuestos a insertarse al mercado laboral, como autómatas, donde la pelea por un puesto es altamente competitiva. El estudiante universitario, el futuro profesional que se desempeñará en la administración pública o en las empresas privadas, tiene que estar preparado científicamente, con herramientas académicas, habilidades sociales, con actitudes proactivas, liderazgo, ética sólida y una gestión de inteligencia emocional. Eso depende de la calidad profesional de los catedráticos, cuyo compromiso no puede reducirse al dictado de clases, evaluación de lo escuchado y la medición de lo aprendido en los exámenes. La responsabilidad social con los estudiantes universitarios es grande, trascendental, de enorme impacto para la sociedad, pues eso se revelará en quienes gobiernan y dirigen las instituciones públicas, sea por meritocracia, concurso público, ley Servir o por elecciones políticas.
Un estudiante universitario debe entender cabalmente lo que lee; debe ir más allá de la separata, de la copia del capítulo del libro para los exámenes, exponer y preparar un PPT. Está descontado que ha desarrollado habilidades verbales para debatir, discutir, cuestionar, proponer nuevas soluciones a problemas recientes, confrontar ideas y teorías democráticamente y, si es posible, discrepar, respetuosamente, con el docente. Hace muchos años que en las universidades está ausente el debate ideológico, político, cultural y científico. Solo así estaremos educando profesionales y ciudadanos que sepan proponer soluciones a los problemas que aquejan a la sociedad. No solo se trata de ofrecer servicios profesionales con el mayor esmero y eficiencia, sino también contribuir responsablemente desde la trinchera laboral, social y política. Así que la preparación profesional no culmina cuando se recibe el título. Luego, por continuidad necesaria, vendrá el desempeño profesional con responsabilidad, eficiencia y ética.
Para las universidades, el licenciamiento, que exige rigurosamente la Sunedu, es una prioridad y una necesidad institucional; sin embargo, en hora buena que se inicie el debate sobre los exámenes de admisión. ¿Cuál es la posición de nuestras universidades de la región Huánuco ante la propuesta del Minedu? El Currículo Nacional de EBR privilegia una educación por competencias; es antimemorístico, deja de lado, afortunadamente, esa concepción bancaria de la educación. Y así debe ser. Una teoría que no se utiliza para resolver problemas no sirve. El CN plantea el perfil de egreso de la EBR sobre la base de competencias, capacidades y desempeños. Se aprende para la vida, para resolver problemas de toda índole, desde los domésticos, los personales y hasta de la sociedad. Se aprende para ser solidario, competitivo, probo, sensible con las necesidades de los demás. El aprendizaje jamás acaba. Se aprende haciendo antes que mirando y criticando, experimentando, incursionando en los retos.



