La orden para el alta de los pacientes que coquetearon con la muerte y que finalmente la vencieron ha sido la satisfacción más grande que ha tenido a lo largo de la pandemia del coronavirus las enfermeras. Así lo señala la licenciada Jenny Rojas Pimentel, jefa de Enfermería en el Hospital Guillermo Almenara de EsSalud.
A cargo de un ejército de 120 enfermeras y técnicas de enfermería en el CERP Covid, reconoce que al principio tuvo miedo al virus, pero que la responsabilidad de atender a tantos pacientes, en algunos casos integrantes de una misma familia, superaba al temor.
“Hemos visto la alegría de los pacientes al salir de alta. Mientras estamos con ellos -a veces días, a veces semanas- les damos esperanza, les decimos que sí pueden superar la enfermedad, que son nuestros guerreros. Yo, como jefa, debo tener la misma mística. Mis miedos quedaron rezagados”, comenta.
Al ser el personal sanitario que acompaña y pasa más tiempo con los pacientes, ha visto de todo, no solo el brillo en el rostro de quienes abandonan el hospital y sienten haber vuelto a vivir, sino escenas muy tristes que han marcado su profesión. ¿Cuál es el mayor dolor para una enfermera?
“Cuando un paciente está en el último tramo de su viaje por la vida y sus ojos humedecidos te dicen ‘quiero vivir’, solo me queda apoyarlo y decirle ‘sigue luchando’, ‘vas a poder’, aunque por dentro sepa que le queda muy poco tiempo y que el coronavirus ya casi ha ganado la batalla en su cuerpo.”
Esta escena, refiere la licenciada con 25 años de servicio, se ha repetido un sinnúmero de veces a lo largo de la pandemia y ha sido lo más duro que estas profesionales de la salud han debido enfrentar durante su función.
Cuenta que nunca antes había visto tantas familias hospitalizadas, todas con la misma enfermedad. “En uno de esos casos falleció la esposa, pero el esposo -también hospitalizado- no lo sabía. Él hablaba de ella y no podíamos decirle la verdad, lo único que podíamos hacer es darle aliento porque el resto de su familia lo estaba esperando en casa”.
Madre de dos hijos adultos, y con cinco felinos y tres canes, inquilinos en su misma casa, Jenny del Pilar recuerda que afrontar el coronavirus fue un reto para todos porque había que organizar e implementar servicios covid pese a que no se conocía bien al enemigo.
“Todos teníamos mucho temor, pero la responsabilidad superaba al miedo. Implementar algo que uno no conoce -porque no conocíamos qué tipo de pacientes íbamos a manejar, no había muchos insumos- era un gran reto, pero teníamos que afrontarlo y superarlo”.
El covid tocó su puerta
Antes de la pandemia, Rojas Pimentel era jefa de Enfermería del Servicio de Neumología y Cirugía de Tórax del mismo hospital. Entre abril y mayo del año pasado le asignaron la jefatura con 34 camas, pero en mayo aceptó un reto mayor: ser jefa del Centro Especializado de Rehabilitación Profesional (CERP) Covid, con 145 camas y 120 personas a su cargo.
Sin embargo, un mes después, en junio, debió hacer un alto a sus labores tras recibir la noticia de que estaba con coronavirus. “La verdad, no creía cuando me dieron el examen de positivo. Cómo me pudo dar, me pregunté; no tenía síntomas ni malestar y me mandaron a cuarentena”.
En su domicilio, contagió a su hijo, quien sufrió durante varios meses un problema dermatológico en la espalda y abdomen. “Él no salía, yo lo contagié. Yo no tenía síntomas del covid-19, lo único que sentía es tristeza de verlo a mi hijo con las secuelas de la infección”.
Fiel a su vocación, retornó a su trabajo 14 días después de la cuarentena. Desde el primer día de inaugurado el servicio, señala, hemos tenido las 145 camas llenas, con pacientes de afuera y el mismo personal del hospital.
Lazos familiares fortalecidos
Ya vacunada y con menos temor al coronavirus, la licenciada del Almenara reflexiona que no todo ha sido tan malo durante este primer año de pandemia, y pone como ejemplo que los lazos en su familia se han fortalecido.
“A veces el trabajo nos absorbe y no sabemos qué hicieron nuestros hijos. Ahora muchas familias comen juntas. Eso tiene más valor que cualquier otra cosa. No todo es malo en esta enfermedad, se ha rescatado a la familia”.
Cuando llego a mi casa a las 5 de la tarde, salimos a dar una vuelta con mi hijo, agrega. “El trata de hacer de mi vida una distracción. Nos hemos comprado una máquina y todos los días me hace correr, me pone música y me trae agua, me está cuidando. Eso es una dicha”.
Los días de esta mujer de 54 años comienzan a las 4 de la mañana, cuando se levanta y prepara el desayuno y el almuerzo. A las 05.30 ya está en la movilidad y a las 06.10 am empieza su ronda en el hospital. “Veo qué tal estuvo la guardia, si faltó algo, atiendo reclamos, etcétera”.
A las 07.00 am, cuando el número del personal es mayor, oran juntos “para agradecer la vida y hacer un buen trabajo en el día”. A esa hora, detalla, empezamos el reporte a todo el personal, si falta ropa, mandar la programación, trabajamos 120 personas entre técnicos y enfermeros; los médicos, además, son 60. Coordino muchas cosas, y lo que sucede en el día a día lo vamos solucionando”.
Su mística la lleva a dar más de lo que su profesión le exige porque el hospital es como su segunda casa y quiere que los pacientes del área se sientan queridos ya que sabe que el amor y la tranquilidad que ellas les transmiten puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte.
Enfermeras en el cuidado del paciente
El rol de las enfermeras ha sido fundamental en la defensa de la vida de los peruanos durante la pandemia porque han actuado como el escudo protector que no se tenía, destaca la decana del Colegio de Enfermeros del Perú (CEP), Liliana La Rosa Huertas,
“Han enfrentado el virus con equipos de protección personal incompletos, sin conocer al virus, tratando de llevar a las personas el bienestar mínimo. Han atendido la sintomatología y, en simultáneo, se han capacitado. Las colegas se han enfrentado con las armas de su conocimiento, de su vocación y compromiso”.
Destaca, asimismo, que ante la ausencia de personal para las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) han aprendido en el camino la especialidad que, sin pandemia, demoraba dos años en estudiarla. “Pasamos de 100 camas UCI a 1,700 camas UCI. Hay un déficit tremendo del personal que no ha sido atendido, a pesar de nuestro pedido”.
Lea También:
Diresa destina 200 mil soles para capacitar a médicos y enfermeras en tratamiento COVID-19
Guerreras de corazón: enfermeras Huanuqueñas de EsSalud y su lucha diaria contra el COVID-19



