TERTULIA ENTRE AMIGOS

Por: Arlindo Luciano Guillermo

La cita fue en el auditorio del Colegio Seminario San Luis Gonzaga. Sábado 16 de diciembre, 10:50 a.m. Asisten notables ciudadanos de la cultura huanuqueña, huanuqueñistas y huanuqueñófilos para hablar sobre Los Negritos, la “danza bandera” de Huánuco y uno de los componentes sólidos de la identidad cultural. Sobre la mesa de honor se exhibían dos valiosos libros: Los Negritos de Huánuco (Biblioteca Huanuqueña 20) y Los Negritos de Huánuco (Biblioteca Huanuqueña 33). Los concurrentes, casi todos danzantes de las cofradías de Negritos, que salen a las calles el 24 de diciembre y se van de largo hasta fines de enero del año siguiente, se llevaron dos libros para leerlos y saber por qué, para qué y cómo deben practicar, difundir y conservar la danza de Los Negritos.
Subo al feis la foto de los dos libros y muchos recién se enteran del acto cultural. Así llega el Gran Sacha (Edilberto Sánchez Daza), gran actor, hábil cuentacuentos, apasionado creyente de que el teatro debe ir al pueblo porque viene del pueblo. Ha visitado pueblos pequeños y grandes, cercanos y lejanos, difundiendo el teatro. Hervert Laos llegó cuando había empezado la participación de los panelistas. Toma fotos con histrionismo y esmero, busca la mejor ubicación para capturar las imágenes que luego se convierten en fotografías artísticas, elocuentes, con sensibilidad y humanismo. Elogia la publicación de los libros y dice que él se queda con la argumentación de José Varallanos: “Los Negritos es una manifestación del mestizaje cultural andino”. Mientras comemos empanadas huanuqueñas convenimos para salir juntos, caminar y calmar la sed.
Los Negritos de Huánuco (Biblioteca Huanuqueña 20) reúne los trabajos de investigación, apreciaciones, argumentos, juicios y opiniones de los “clásicos estudiosos” de la danza emblemática de Huánuco: Javier Pulgar Vidal, José Varallanos, Esteban Pavletich, Nicolás Vizcaya y Juana Alarco de Larrabure. No leer a estos “clásicos” es imperdonable si el huanuqueño es danzante. Así como José María Arguedas le dio un sustento histórico, cultural, popular y antropológico a la Danza de las Tijeras, estos “clásicos estudiosos” le dan a Los Negritos una razón objetiva y académica para bailar y admirar las mudanzas, la tradición, la indumentaria y la simbología cuando las cofradías transitan parsimoniosas y elegantes por las calles de la ciudad. Nadie baila por inercia, instinto, por un acto inconsciente o de operatividad física. Se danza Los Negritos en homenaje al Niño Jesús y para fortalecer la identidad cultural de Huánuco. El otro libro, Los Negritos de Huánuco (Biblioteca Huanuqueña 33), tiene un enfoque más variado, contextual y actual. Los textos han sido escritos por estudiosos contemporáneos, a excepción de Roel Tarazona Padilla y David Machuca Chocano, todos están vivos, aún contemplan con sus propio ojos y sienten con el corazón huanuqueñista la danza de Los Negritos, y así corroboran y confirman sus opiniones. Elmer Rivera Godoy, autor de Mudanza de Los Negritos de Huánuco, personalmente expone sobre los tipos de mudanzas que “muestran las habilidades y destrezas de los danzantes de Los Negritos” durante la cofradía, la adoración y la despedida. El público, todos danzantes o seguidores de Los Negritos, aplaude con entusiasmo. Termina el acto protocolar y cada asistente se lleva el par de libros.
Orlando Vara insiste que las autoridades no deben ser indiferentes con las manifestaciones artísticas y culturales. “Huánuco es un pueblo con mucha riqueza cultural, principalmente la provincia de Llata.” Le susurro al oído que el yaraví en Huánuco está en proceso de extinción. Me mira y promete que cuando tenga tiempo compondrá yaravíes con Estudiantina Magisterial. “El paradigma debe ser Ojitos Negros de Wilder Palomino”, le recomiendo. Carlos Ortega hojea una copia anillada del Proyecto de Declaratoria de la Festividad del Niño Jesús y la Danza de los Negritos de Huánuco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación. Pide un trabajo conjunto de líderes e instituciones para tal declaratoria. “Se han declarado patrimonio cultural de Huánuco la cerámica de Huargoish (Quiski), el carnaval Tinkuy (Churubamba), la danza Tucumán (Lauricohca) y la shacta (valle del Huallaga). Ahora depende de nosotros que la fiesta del Niño Jesús y Los Negritos de Huánuco sean declarados patrimonio inmaterial de la nación”, dice enfático. Nosotros ya sabemos que tenemos otra cita, cuyo escenario, en el camino lo decidiremos.
Salimos celebrando el acontecimiento. Coincidimos que es necesario conocer la historia, la metáfora social, la trascendencia y el impacto económico de la danza de Los Negritos. “Hay más de 120 cofradías registradas”, recordamos el dato proporcionado por Carlos Ortega. El calor se intensifica poderosamente. Los rayos del sol caen perpendicularmente sobre al pavimento. La lengua se reseca, la sed aparece. Vemos la congestión vehicular. La Navidad ya está en las tiendas y en las vitrinas. Una fila de colectivos espera pasajeros entre Abtao y Huánuco. Una solitaria policía, silbato en la boca, trata de ordenar el tránsito. Transeúntes esperan impacientes el cambio de luz del semáforo. No hay sombra para ocultarnos del sol abrasador. Ya tomamos la decisión.
“Sal de aquí, carajo”, dice enojado un huanuqueño adulto, canoso, montado sobre una motocicleta del siglo pasado. Las ruedas pasan muy cerca de nuestros zapatos. Nos reímos a carcajadas. “Uy, nos ha carajeado a nosotros que somos huanuqueños ilustres.” Nos reímos hasta llegar a nuestro destino. Veo el celular y son la 1:20 p.m. A esa hora Dos de Mayo y General Prado es un pandemonio. El Galeón es el elegido, pero en el segundo piso, no en las mesas que dan a Dos de Mayo. “Ahí vamos a parecer mercancías en exhibición. No estamos para eso, cumpa”, le digo a Hevert. Se produce una breve discusión. Sacha se acomoda a cualquier opción. Llegamos al mesanine. Pedimos dos cusqueñas heladas. Los tres cigarros que trae el mozo se acaba con la primera cusqueña.
Hablamos con total optimismo, de las experiencias sabrosas y vitales que pasan en la vida, de lo que se puede hacer por el arte, la cultura y la educación en la región Huánuco. Hevert ofrece libros de la Editorial Amarilis Indiana. Sacha se alegra, le brillan los ojos, se frota las manos y de un sorbo desaparece la cerveza helada. “No hay que darle espacio a las malas vibras, al pesimismo, a la envidia. No vamos a hablar mal de nadie”, sugiere Hevert. “Así es. Hay que matar al mascullo”, reafirma Sacha. Nos anima la conversación. Sacha nos cuenta que con el cuentacuentos recorre pueblos alejados de las ciudades. Nos enfrascamos en proyectos quijotescos, edición de libros, un libreto para una obra teatral, lo que quisiéramos, el Centro Cultural Regional es urgente, pero al abrir los ojos, al pisar tierra firme, nos damos cuenta que somos tres ciudadanos sin poder económico ni político. Entonces nos retiramos. Con mucho esfuerzo nos acomodamos en un bajaj. Vamos a la casa de Hevert por los libros. Sacha lleva feliz un paquete de libros. Comemos una pollada. Ya son las 2:50 p.m. Hora de retirada. “Nos vemos, otro día le echamos como merece la amistad, compañeros”. Ellos se quedan. En el bajaj, que me lleva a casa, escucho Cómo estará la casa. “Es de Mito Ramos”, digo. “Sí, lo conozco. Es mi pata”, me responde el chofer. Me mira por el espejo retrovisor. Sonríe.