¿Tenía que irse así, señor Vizcarra?

Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Cuando hace poco más de un año el presidente Vizcarra tuvo el coraje, que no tuvo su predecesor, que no lo habrían tenido muchos en su lugar, de disolver el anterior Congreso, por corrupto, por incapaz, por deleznable; nadie, ni en la peor de sus pesadillas, ha de haberse podido imaginar siquiera que el drama que como país tuvimos que vivir por culpa de aquella sarta de impresentables, podía volver a repetirse; y con tan prontitud, a decir verdad. Nuestra mala fortuna ha querido, sin embargo, que no solo se repita el hecho de que volvamos a tener a un Parlamento de características bastante similares a las del anterior, sino que, además, este nuevo Congreso supere en niveles de infamia, si esto es todavía posible, a aquel.

Esto porque, desde el momento mismo en que asumieron el poder, no han tenido más agenda que la de legislar para el aplauso casi siempre voluble de la gente, que la de actuar de espaldas a los verdaderos intereses del país. Lo que se ha traducido, entre otras cosas, en la dación de una serie de leyes que lo único que han logrado, hechas las sumas y las restas, es sumirnos aún más en la inestabilidad política y económica. Y las consecuencias, por supuesto y como siempre, las estamos pagando todos los peruanos; y los más vulnerables, desde luego, en todavía mayor medida.

Así, movidos por el afán populista de dictar leyes que en esencia les granjeen el apoyo de un gran sector de la población, de cara, por supuesto, a las próximas elecciones; a estos granujas no les ha importado en lo más mínimo (o, lo que es lo mismo, les ha importado un maldito carajo, para decirlo mejor) el hipotecar el futuro del país, y solo por hacerse de unos votos más en el proceso electoral que ya se avecina. Pues, como creían que ocurriría hasta antes de que el Tribunal Constitucional echara por los suelos sus aspiraciones, tenían estos la esperanza de que se les permitiría su postulación al Congreso en 2021.

Desesperados, sin lugar a dudas, porque la antedicha posibilidad de permanecer un periodo más en el Hemiciclo había quedado completamente descartada, las opciones con que contaban no eran a todas luces muchas. Se podría decir, incluso, que estas se reducían a solo una. Una sola y ya impostergable posibilidad que no era otra, que no podría ser otra, que la de vacar al presidente, y al costo que fuese. Solo así, esto es, revistiendo de legalidad lo que en el fondo no era más que una vulgar leguleyada, una grosera y burda artimaña, propia de picapleitos de siete suelas, de tinterillos de los que se encuentran en cualquier esquina, los actuales congresistas optaron por el camino “fácil”, y decidieron jugarse su última carta: sacar, ahora sí, al presidente Vizcarra de palacio de Gobierno, y poner al presidente del Congreso, Manuel Merino, en su lugar. Pues solo así tendrían, cuando menos, alguna posibilidad de hacer que los vientos comenzaran a soplar a su favor. ¡Y vaya que se salieron con la suya!      

Lo intentaron una vez, y, contra todo pronóstico, fallaron. Lo volvieron a intentar y, contra todo pronóstico también, lo lograron. Lo que en buen cristiano no es indicativo de otra cosa que de que la jugada la tenían muy bien diseñada. ¡Y después decimos que los honorables señores congresistas son idiotas! No lo son. De ninguna manera. Son, más bien, una tira de hienas frías y calculadoras, que desde un principio sabían que, si promovían una primera moción de vacancia de la que el acusado saliera librado, debido a que los cargos de los que se lo acusaba no eran lo suficientemente graves como para lograr la votación necesaria; la segunda les daría la ventaja de proporcionarles una suerte de justificación para lo que pretendían hacer, ya que pondría al presidente como alguien al que la susodicha “permanente incapacidad moral”, por lo reiterativa, por lo recurrente, le estaría saliendo, incluso, hasta por los poros.

Culpable o no de los delitos de que se lo acusa, lo cierto es que Martín Vizcarra fue, finalmente, vacado del cargo por incapacidad moral, y por un Congreso que, paradojas de la vida, tienen a más de la mitad de sus integrantes con investigaciones abiertas en el Ministerio Público. Lo que no los hace, por supuesto, culpables de nada, cuando menos hasta que se demuestre lo contrario. Lástima que no se haya seguido la misma lógica con el caso del ahora ya expresidente, que antes de ser investigado, tuvo que ver caer sobre sí todo el peso del poder, de los oscuros poderes, que como sabemos son los que a fin de cuentas determinan lo que se hace o deja de hacerse en este país.

Solo un par de últimas y legítimas preguntas al señor Vizcarra: ¿Tenía que irse así, tan simplonamente, poniendo casi la otra mejilla para que volvieran a abofeteársela? ¿No habría sido mejor, acaso, marcharse como le habría aplaudido la población que lo hiciera, respondiendo con virilidad a los pelafustanes que lo vejaban de tan infame manera?