En 1950, el millonario británico Eddie Hall logró una de las hazañas más singulares en la historia de las 24 Horas de Le Mans: completar la carrera en solitario, sin que ningún otro piloto tomara el volante de su Bentley 4¼. Hall recorrió más de 3.000 kilómetros y finalizó en el octavo lugar, en una época en la que la normativa no obligaba a cambiar de conductor.
Un gentleman driver en la élite
Eddie Hall nació en 1900 en el seno de una familia adinerada con un negocio textil. Antes de cumplir los 30 años ya participaba en competiciones oficiales de automovilismo, según recoge MotorSport Magazine. Su pasión por la velocidad lo llevó incluso a competir en los Juegos Olímpicos en bobsleigh. Contactó con Rolls-Royce para participar en la Mille Miglia y luego compró un Bentley 4¼, que ya tenía 16 años de antigüedad cuando lo inscribió en Le Mans.
En la salida, Hall tomó el volante de su propio coche. En los boxes lo esperaba Tom Clarke, un piloto de Aston Martin asignado como compañero, pero todo indica que nunca se subió al Bentley. El motivo, según la misma fuente, era que a Hall no le gustaba compartir sus automóviles. La esposa del millonario tuvo que consolar a Clarke cuando este se convenció de que no recorrería ni un metro durante la competencia.
Cómo se mantuvo despierto 24 horas
La pregunta sobre cómo Hall logró mantenerse alerta durante toda la noche tiene una posible respuesta, según Road & Track: el consumo de anfetaminas. En aquellos años, estas sustancias eran de uso común en el deporte. El piloto Stirling Moss confesó haber consumido anfetaminas, bencedrina o dexedrina. Café, alcohol y drogas formaban parte del cóctel habitual para quienes exprimían al máximo sus cuerpos.
Hall llevó su Bentley a la meta en octavo lugar después de cubrir más de 3.000 kilómetros. Un año después volvió a Le Mans con un Ferrari, pero tuvo que abandonar a mitad de carrera. Nadie repitió la hazaña, y desde 1985 la normativa exige que los equipos cuenten con tres pilotos, con un máximo de cuatro horas consecutivas al volante y un tope de 14 horas por competidor en todo el día.
El accidente de 1955, en el que fallecieron Pierre Levegh y 83 espectadores, marcó un antes y un después en la seguridad de Le Mans. A partir de entonces se implementaron mejoras constantes en el circuito y en las reglas de la carrera.







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