SEMANA SANTA (¿¡reflexión, conversión, diversión?¡)

Arlindo Luciano Guillermo

¿Cuatro días de reflexión, relajo merecido a tres meses y medio de trabajo intenso de 2019 o, simplemente, diversión como cualquier otro fin de semana, dedicación consuetudinaria a los quehaceres personales (avanzar trabajos pendientes) y domésticos (dormir más, limpiar la casa, ordenar el desorden) viaje familiar a algún destino turístico? Lo que hagamos estos días de Semana Santa es nuestra decisión que procede de las convicciones religiosas que poseemos, practicamos y predicamos, de las decisiones personales y respuesta al contexto sociocultural en el que nos desenvolvemos y desempeñamos profesional y laboralmente. No hay gratificación por Semana Santa; es una oportunidad para mirarnos, fijamente, con espíritu autocrítico, de humilde ciudadano (mortal, con fecha de vencimiento en este valle de clima ameno), que reconoce y corrige sus errores, hacia dentro, saber cómo están nuestras actitudes, cómo está la salud mental y moral del corazón y las emociones.

La Semana Santa es un acontecimiento religioso mundial, en los países católicos y creyentes en Cristo, que recuerda el ingreso triunfal de Jesús, Rey de Reyes, a Jerusalén sobre el lomo de un asno, una multitud eufórica aclamándolo y agitando palmas; así como la traición anunciada de Judas, el apresamiento, tortura cruel, criminal, con ensañamiento, juzgamiento por una autoridad romana y, posteriormente, el tránsito hacia el Gólgota (trayecto doloroso, de padecimientos inaguantables, caídas hondas, que normalmente un ciudadano de ayer y de hoy no podría haber soportado) y crucifixión. Las palabras en agonía conmueven al más pétreo de los corazones. Jesús padeció, pero supo perdonar de verdad. Ahí radica la grandeza del sacrificio y el mensaje para nosotros. “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. ¿Y nosotros perdonamos? ¿Cuánto odio tenemos en el corazón? El odio es como la cruz pesada y áspera que llevaba Jesús al calvario. Es mal cristiano aquel que se llena la boca con palabras literalmente repetidas de Jesús, cuando las actitudes y hechos delatan todo lo contrario. Basta escuchar Jesús es verbo y no sustantivo de Ricardo Arjona. La historia real dice que Jesús, hijo de un carpintero y María de Nazareth, de la estirpe de David, fue asesinado y crucificado por Roma y una muchedumbre de judíos.

Jesús (Cristo, Jesucristo, Cordero de Dios, Agnus Dei, Buen Pastor, Mesías, Hijo de Dios, Emanuel, Príncipe de la Paz) no pide grandes cosas que hagamos, no pide que seamos guerreros israelitas para enfrentar a los filisteos o a Goliat, no pide que seamos santos ni puritanos, menos hipócrita, fariseos, solo nos pide que sus palabras las convirtamos en acciones en favor del prójimo, no pide que vayamos a misa todos los domingos puntualmente para luego salir odiando igual o peor que antes de ingresar. Nos pide la práctica diaria, sin que nadie nos mire, sin testigos, de “actitudes correctas”, porque perfectos no somos ni lo seremos; nos pide sencillamente coherencia entre palabra y acción, entre discurso y acción. Eso vale más que mil oraciones repetidas al pie de la letra.

Nuestra vida cristiana no depende de cuánto ganamos a diario o al mes, de cuántos libros hemos leído, de las cuentas bancarias, de los bienes acumulados, de las propiedades materiales; nada de eso, hermano. Somos verdaderos o falsos cristianos. No hay una tercera opción. Jesús mismo decía: o frío o caliente porque tibio te vomito. A Jesús (creo) le debe molestar todo aquello que hacemos incorrectamente. ¿Un feminicida piensa en el momento que está matando a la pareja?, ¿el ladrón que arrebata el celular, la billetera, la cartera o el ahorro piensa que está robando al prójimo?, ¿el que recibe una coima directa o través de otros piensa en Jesús? Creo que no. Está triunfando peligrosamente la “doble moral”: yo rezo con devoción, le pido a Jesús que me proteja, pero mato, robo al prójimo y al Estado. Eso pareciera que ya lo tenemos en el ADN, que luego transferiremos a nuestros hijos.     

Si tan solo convirtiéramos en acciones y práctica diaria el 5 % del Padrenuestro sería suficiente para enderezar este mundo torcido por culpa nuestra. Para ingresar al cielo (allá encima de la estratósfera) hay que cumplir este requisito simple que está en nuestras manos: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.” ¡Grandioso! ¿Quién se atreve realmente, con el corazón sincero, a perdonar a quienes nos han ofendido, hecho daño, nos han insultado con crueldad, injuriado o difamado? Perdonar es amnesia. El odio, el resentimiento, la ira, el enojo, la frustración, la envidia, el orgullo son enemigos declarados del perdón. Quien quiere vivir en paz consigo mismo y con los demás debe perdonar ahora mismo. Quien quiere vivir con odio, envenenando todos los días su corazón, no perdonará. Quién soy yo para juzgar o criticar a los demás; soy autocrítico conmigo mismo nada más. Felizmente soy imperfecto. Sé que tengo miles de defectos. Solo opino. Como no hay prisión por opinar, hasta que cierren mis ojos opinaré.