Por Israel Tolentino
Los lugares son las personas y son con ellas con quienes formamos los recuerdos, estos se circunscriben a espacios geográficos puntuales, los recuerdos permanecen mientras aquellas vidas y espacios persisten. Las ciudades cambian, se destruyen y vuelven a construir con ritmo frenético; los que llegan y migran traen consigo nuevas tradiciones modificando con sus prácticas los viejos temas encontrados, el migrante y la prole olvidan, cambian y destruyen lo que heredan. La piedra donde nos sentamos, es usada de cimiento; el árbol donde trepamos a coger mangos, cortado para volverlo cochera; el riachuelo donde bebimos y lavaron las ropas, convertido en desagüe; la casa con otro dueño; el huerto transformado en campo de fulbito; de las gentes conocidas sólo nombres borrosos. Con facilidad se pierden las vivencias, se pierden los lugares, las huellas del cuerpo, la presencia, la memoria, las bases donde se cimienta la identidad. Lo poco que subsiste queda en la cabeza de los mayores como añoranza, vieja nostalgia de lo que hubo. Una culpa silente atraviesa las venas y se pierde en el humo de los coches, en la resignación, en un amanecer, finalmente, en una fiesta, ya que la vida es un palimpsesto.

Un par de pulseras en mi mano derecha regaladas por un amigo senegalés en Florencia, los colores de su bandera iluminándose en el cerro “Huarango pata” en Tomayquichwa. Dos brazaletes con un significado especial: viajeras, compañía, buena suerte y energías donadas por amistad. Desde esta altura de 2100 m.s.n.m. Adonde hemos subido con tío Nelson y la guía del dueño del lugar, don Manuel, a coger cortaderas o cola de zorro, planta espigada en floración pedidas por la señorita reina del carnaval para decorar su carro alegórico. Crecen bajo la catarata del lugar y entre el arroyuelo que cruza la chacra como una culebra.
Contando los granos de níspero que cogía mientras caminaba por la loma “Cabra corral”, sumaban dos docenas los años que habían pasado desde la última vez que junto con tío Nelson armábamos un carro alegórico para otra reina desconocida, notar esta cantidad de años, me hacía pensar que el carnaval fue parte de mi primera juventud. A estas alturas de la existencia, el recuerdo es un hecho con más riquezas que la algarabía que observo en los rostros empolvados de talco y el alcohol como lluvia inundando la plazuela.
Aquel carnaval del 2000 fue significativo, llegaba a Huánuco recién egresado de la Escuela de Bellas Artes de Lima y en ese interín me presentaron a don Víctor Domínguez Condezo (Vedoco) y días antes al doctor Virgilio López en la capilla de San Sebastián y mucho antes, en Ayancocha, a don Andrés Cloud, a quienes conocía de vista y nunca habíamos tenido una conversa con algo de seriedad. Con Vedoco andamos toda la tarde de ese día, el diálogo sobre arte y el pueblo nos alejó de la comparsa y terminamos en el “cerro Montura”, al frente del pueblo, cosechando y comiendo tunas. Los cohetes se alocaban en el cielo y el Ño carnavalón era jalado en un féretro con ruedas para ser arrojado al río, la conciencia ecológica no era la de hoy.
Si algo es típico en la cuidad y los pueblos alrededor de Huánuco es el constante espíritu festivo manifiesto en el retumbo de petardos cada fin de semana. Terminada la temporada de danza de negritos (negreada) empieza desde el 20 de enero con la fiesta de San Sebastián, llamado también fiesta de los compadres, el carnaval.
Tomaykichwa distrito con su capital del mismo nombre tiene como riqueza festiva sus carnavales, son clásicos sus barrios: Club Social deportivo Independiente y el Club Cultural Deportivo Santa Rosa, en estos años se han sumado el barrio de Molino Ragra y el Club Ecológico La Joya. Cada barrio prepara su carro alegórico, sana competencia manifiesta en la visita entre clubes, donde entre bromas y charla se comparten pareceres técnicos y artísticos.
El carnaval es algo así como la fiesta de la carne (los nacidos en noviembre pueden preguntar al respecto), las caras y los cuerpos en su totalidad se esconden, ocultan, encubren, trasmutan, varían, camuflan y disfrazan en formas externas irreconocibles, el son de la música da rienda a la personalidad tapada íntimamente. Se guardan las noches, olvidan las penas, la malicia, todo es alegría hasta el amanecer, un inicio del año con certidumbre, una vuelta al sol donde los yerros quedan indultados. Mi abuela contaba que en la fiesta de carnaval bajaba el diablo y se disfrazaba de persona elegante, en otros lugares decían que te echan talco para que “supay” no te vea y se meta en tu cuerpo.
Veinte años duran veinte años, todas las efemérides terminan siendo líneas significativas en la pared que cada ser construye, nadie realiza una segunda planta, cada uno inicia la suya y termina de la manera que puede (Tomaykichwa, febrero 2024).




