Santiago Cruz: diciembre, otra vez narra la historia de alcohol y drogas del artista. Una historia de su dura realidad, donde desnuda su alma en una narración aleccionadora.
Cuenta la historia, Santiago Cruz en la ciudad que lo vio nacer Ibagué Colombia, a los 12 años, en una de las fiestas de San Juan y San Pedro, sostuvo la que sería, tal vez, su primera botella de aguardiente. Fue con un amigo de infancia y entre los dos se animaron a ver quién podía tomar más. Ese fue el comienzo de su viaje por la adicción al alcohol y al perico que lo llevaría a conocer a un Santiago Cruz que él no imaginaba que existía:
“Un villano, un monstruo inconsciente, desconectado y agresivo”, dice en su libro Diciembre, otra vez. Es la historia de muchos en Colombianos que se dejan tentar con el alcohol.
Muchos alcohólicos beben sin saber que tienen un problema hasta que tocan fondo. Para él famoso cantante ese momento fue un diciembre, el mes que, curiosamente, ha marcado varios de los episodios más importantes en sus 45 años de vida.
Por eso su libro (Grijalbo) se llama Diciembre, otra vez. Y en ese diciembre de 2006, tocó fondo cuando agredió física y emocionalmente a su hermana menor, María Paula. La misma persona a la que había cuidado muchas noches cuando su madre se iba a trabajar y estudiar. A la misma que vio caminar por primera vez, a la que le cambió los pañales. Esa vez, lo único que ella le dijo fue: “Ya no más trago, ya no más droga”.
En Bogotá
El alcohol es una de las puertas a la adicción de sustancias ilegales. Y así fue el recorrido de Santiago. De adolescente se emborrachó hasta perder la conciencia. Luego siguió la parranda en Bogotá, a donde vino a estudiar. Ya era mayor de edad, “podemos ir a estancos, bares y discotecas, y comprar trago nosotros mismos y descerebrarnos cuantas veces queramos; entre más veces, mejor”, contó Cruz.
En las épocas de socio del famoso bar El Sitio, en el norte de Bogotá, Santiago encontró trago a disposición las 24 horas. Tenía 26 años, una banda, éxito y fiesta sin parar. Nunca antes en ese momento le habían interesado el cigarrillo ni la marihuana. Le tenía miedo al perico porque “intuía que me iba a gustar”, relató. Tal vez por eso lo esquivó hasta que un día, por circunstancias de la vida, le abrió las puertas. Su adicción estuvo centrada en esas dos sustancias y, según declara, fue un consumo intenso, a tal punto que sabía que se estaba haciendo daño.
Intervienen los familiares
Su familia le pidió que buscara ayuda tras el incidente con su hermana. Pero el primer lugar a donde acudió no le gustó porque sintió que les metían el dedo en la llaga, que se regodeaban con la tragedia de quienes están en el proceso de superar la adicción.
Santiago creía que los artistas eran así, atormentados. Tenía en su imaginario a Baudelaire, Rimbaud y otros poetas malditos, y pensaba que gracias a ese caos eran más productivos y talentosos. Pero su siguiente terapeuta, Néstor Mejía, fue quien le enseñó que eso no era cierto. Que SIN drogas podía ser más talentoso y productivo. Hoy dice que muchas personas han influido en su carrera y en su vida para llegar al punto donde se encuentra, pero Mejía tiene un lugar especial en su corazón.
Aprendió que los alcohólicos y drogadictos lo son de por vida porque es una enfermedad crónica, degenerativa e incurable y que la única salida es abstenerse. Y lo único que los salva es repetir cada día “solo por hoy”. Por eso, Santiago, además de artista con un deseo de crecer y evolucionar, es “un intento permanente”.
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