Escribe: Ronald Mondragón Linares
En un hecho completamente inaudito, desde el punto de vista de un periodismo serio y democrático, la noticia sobre el estado de salud del activista australiano, Julian Assange -detenido en la actualidad en la prisión de Belmarsh (equivalente a la Guantánamo norteamericana), en el Reino Unido- ha pasado prácticamente desapercibido en los medios de comunicación a nivel mundial.
Julian Assange, fundador de la plataforma informática WikiLeaks, se encuentra hospitalizado en las instalaciones médicas de dicha prisión a causa de problemas físicos y especialmente psicológicos, los cuales se han agravado desde su detención, en abril de este año por la policía londinense, en la embajada de Ecuador en la capital de Londres, luego de que el presidente Lenín Moreno le retirara el asilo diplomático concedido por el Estado ecuatoriano desde 2012.
Como es sabido -y el conocimiento de los hechos causa aún más extrañeza por la conducta de los medios a nivel global-, en 2010, la plataforma de WikiLeaks difundió al mundo entero documentos secretos diplomáticos y militares de EE. UU. donde se evidencia de manera contundente los crímenes de guerra, genocidio, tortura y corrupción, cometidos por las fuerzas estadounidenses, en nombre de la lucha contra el terrorismo, especialmente en el conflicto en Medio Oriente.
Desde entonces, el gobierno norteamericano ha ejercido una violenta presión mediática y judicial contra Assange, con el objetivo de lograr su extradición, enviarlo a prisión y probablemente condenarlo a muerte.
WikiLeaks ha revelado información confidencial no solo de Estados Unidos sino de otros países, en la cual ha sacado a la luz gravísimos delitos cometidos desde las más altas esferas políticas de los gobiernos involucrados. En ese sentido, dicha plataforma virtual ha cumplido uno de los más nobles fines que orientan la actuación del auténtico y genuino periodismo: informar la verdad. Cuando documentos de secretos de estado contienen en realidad información de repudiables crímenes de lesa humanidad y otros delitos que atentan contra el mundo civilizado, los derechos de la ciudadanía y la vida democrática, los difusores de dicha información se convierten en verdaderos héroes de la democracia y la libre expresión, pues sus vidas se exponen gravemente al haberse atrevido a enfrentar poderosos intereses a escala mundial, como son los de EE.UU y Gran Bretaña.
Desde que se sacaron a relucir esas informaciones, desde 2010, EE.UU. ha convertido la vida de Julian Assange en un calvario. En 2012, gracias a la generosidad del gobierno de Ecuador, presidido en ese entonces por Rafael Correa, el activista recibió asilo político en la embajada ecuatoriana en Londres, para evitar la extradición que a toda costa pretendía el gobierno norteamericano. Desde ese tiempo, Assange ha vivido confinado, aislado de su familia y de la sociedad, quebrantado psicológicamente y sufriendo así el desmedro de su salud.
Ello no fue suficiente, ni tampoco fue óbice para Lenín Moreno que –en un acto ruin y propio de un villano-, retire el asilo de Julian Assange y cumpliera así los designios de la más alta potencia militar del planeta. De esta manera, desde el 11 de abril de este año, el fundador de WikiLeaks está preso en Belmarsh y lo que sigue, ciertamente, será el proceso de extradición.
Salvemos la vida de Julian Assange. En esta empresa, nada tienen que ver los tonos ideológicos y políticos, sino la defensa de un auténtico mundo en democracia, de los derechos humanos, de la plena libertad de información y expresión, de la propia vida. No defender a Julian Assange equivale a aceptar el descomunal atropello legal que dejará una honda marca en la historia de la democracia y la vida civilizada. Será también admitir que todos podemos ser violentados si osamos decir e informar la verdad.



