Jacobo Ramírez
Prendo un cigarro en medio del silencio de la noche y, junto al humo que se pierde en el infinito mi mente recuerda que fue una tarde de abril que lo conocí. Lo vi entrar a la sala arrastrando sus pies cansados de tanto caminar. Para esa fecha, había recorrido 91 estaciones en esta tierra, había visto al sol salir y ocultarse, a la luna alumbrar en las noches oscuras y a miles de luciérnagas iluminar sus caminos.
Tenía la voz cansada de tanto hablar y sus ojos parecían perderse en el firmamento cuando me vio. Vi que sus labios temblaron al pronunciar mi nombre y sentí sus manos arrugadas cuando rozó mi espalda. Había tenido que esperar más de cuarenta abriles para escuchar de boca de un viejo que me diga hijo. Fue la única vez que hablé mucho con él, aunque casi no nos dijimos nada.
Después de un largo mutismo, me dijo: «¿Cómo estás, hijo?» «Muy bien», le contesté, mientras sentía sus lágrimas correr por mis brazo. Entonces me levantó la cara, pasó sus manos solitarias por mi rostro, enjugó mis lágrimas y me dio un beso en mi mejilla. Luego el silencio habló por nosotros.
Pasaron las horas y muchas lágrimas surcaron por nuestros rostros. En el de él había cauces marcados por donde las perlas de plata corrían a un mismo ritmo y se perdían en el infinito de la habitación; por el mío, sin muchas arrugas todavía en aquel entonces, las lágrimas no tenían surco, se expandían por doquier haciendo charcos y morían reventando en el piso solitario. Y así pasó esa noche de abril, con llanto y con el silencio hablando fuerte entre cuatro paredes roídas por sufrimientos y pesares, luego nos despedimos así como nos saludamos.
Después de ello, nos encontramos unas veces más y hablamos de algunas cosas y en tres oportunidades, mientras gozaba de los deleites del dios Baco, le llamé para hacerle escuchar algún huayno del Picaflor de los Andes, Amanda Portales y del Chato Grados. Tres años después, una tarde, coincidentemente también de abril, llamé a mis hijos, me senté en el sofá de la sala que sabe de mis sentimientos, pesares y alegrías, puse mis manos entre mi rostro, respiré fuerte, tomé aire y les dije: «Hijos, el viejo una vez más se ha marchado, se fue arrastrando sus pasos tristes, persiguiendo a las luciérnagas, pero esta vez se ha ido por un camino sin regreso, se fue al más allá, en donde dicen que es mejor la vida. Se fue como hace cuarenta y cuatro años, sin dar explicaciones, dejándonos en el desconsuelo. Hoy ha cruzado este cielo y ha esperado el ocaso para marcharse definitivamente, no se ha llevado sus cosas, están todas guardadas en el baúl oliendo a naftalina, solo se ha llevado lo que ha gozado, lo que ha comido, bailado, bebido y muchas cosas más y se ha ocultado en su cama de nosotros que nos quedamos en este valle. Ahora, nosotros, sus hijos, ya no lo buscaremos en este infinito mundo, solo lo recordaremos, algunos que vivieron con él más que aquellos que quienes recién lo hemos conocido, y por sus arrugas ya no surcarán lágrimas de plata sino solo el silencio y la soledad que siempre le ha acompañado.
Ahora, lo único que nos queda decirle es adiós para siempre, adiós por última vez, adiós para toda la vida.



