La brecha educativa entre el Perú y los países con los mejores sistemas de formación se está ampliando, advirtió el ingeniero Carlos Chiu en una entrevista con Diario Ahora. Desde su experiencia como promotor de proyectos educativos con jóvenes de distintos países, sostuvo que la educación tradicional, rígida y centrada en certificados, no está preparando a los estudiantes para los desafíos reales de la ciencia, la tecnología, el cambio climático y la inteligencia artificial.
Chiu recordó que el Colegio de Ciencias nació hace casi 30 años en Huánuco, luego de su regreso de Europa y ante la falta de opciones educativas que respondieran a lo que buscaba para sus hijos. Junto al doctor Lucio Flores, impulsó una propuesta basada en la libertad, el aprendizaje por proyectos, el inglés, la tecnología y la conexión internacional. “La idea era que los chicos fueran globalizados”, señaló.
El modelo, explicó, no partía de memorizar contenidos, sino de aprender haciendo. Desde su mirada de ingeniero, Chiu cuestionó que la escuela tradicional no aproveche la lógica del proyecto como herramienta de aprendizaje. “Los ingenieros aprendemos haciendo”, afirmó, al explicar que esa metodología fue trasladada al campo educativo como una forma de despertar interés, responsabilidad y pensamiento crítico.
Un colegio que dejó las aulas tradicionales
Tras cumplir 25 años, Chiu viajó a Finlandia y tomó una decisión radical: sacar su propuesta de la educación básica regular y llevarla a internet. Según explicó, concluyó que el tipo de educación que buscaba impulsar tenía pocas posibilidades dentro del sistema peruano formal. Desde entonces, la propuesta funciona como una plataforma gratuita de educación basada en proyectos, sin notas ni certificados.
El principio, según Chiu, es simple: si al estudiante le interesa, debe asumir responsabilidad. Esa responsabilidad también involucra a los padres. “Tienes que trabajar fuerte, más de lo que te piden en otros colegios”, indicó. Para él, el verdadero valor no está en el papel que acredita un curso, sino en lo que el estudiante desarrolla y conserva como capacidad propia.
Actualmente, el antiguo espacio físico del colegio funciona como un laboratorio, especialmente con el proyecto de techo verde. Desde allí, Chiu trabaja tres líneas: medioambiente, tecnología y pensamiento crítico aplicado a la realidad. Su mayor preocupación, sin embargo, es que varios de los jóvenes que más aprovechan estas oportunidades ya no son necesariamente de Huánuco.
Uno de los proyectos más importantes es la participación de menores de edad en conferencias internacionales vinculadas al cambio climático y la biodiversidad. Chiu relató que, inicialmente, Naciones Unidas no permitía la inscripción de estudiantes de 15 o 16 años, porque consideraba jóvenes a personas de 18 a 35 años. Su argumento fue que quienes hoy son menores serán los beneficiarios o víctimas de las decisiones climáticas hacia 2030.
Carpish como laboratorio de 50 mil hectáreas
El nuevo proyecto que Chiu quiere impulsar en Huánuco mira hacia el Área de Conservación Regional de Carpish. Según explicó, esa zona tiene alrededor de 50 mil hectáreas y representa una oportunidad educativa que pocas escuelas o universidades del mundo podrían tener: un laboratorio natural al lado de sus comunidades.
La propuesta consiste en trabajar con estudiantes de colegios ubicados dentro o cerca del área de conservación para que aprendan ciencia midiendo la materia orgánica de árboles, arbustos y pastos. El proyecto usaría protocolos de GLOBE, una iniciativa vinculada a la NASA que enseña a colegios del mundo a tomar mediciones con estándares científicos y compartir datos útiles para investigaciones ambientales.
Chiu explicó que esa medición puede ayudar a comprender el principio de los bonos de carbono. Si una comunidad conoce cuánta materia orgánica conserva y cuánto carbono captura su bosque, podría valorar mejor el territorio y defenderlo con argumentos científicos, no solo emocionales. “Es de ellos”, sostuvo, al remarcar que los estudiantes que viven en esas zonas deben ser protagonistas del conocimiento sobre su propio entorno.
El obstáculo principal es el inglés. Chiu reconoció que estudiantes de países como Filipinas o Nigeria tienen ventaja porque cuentan con profesores nativos o mejor dominio del idioma. Para reducir esa brecha, plantea probar un prototipo con inteligencia artificial que ayude a los jóvenes de zonas rurales a aprender inglés sin salir de sus comunidades.
Sobre la inteligencia artificial, Chiu fue claro: puede ser una gran ayuda si se usa para pensar mejor, pero se vuelve negativa cuando reemplaza la reflexión. Su advertencia apunta directamente al sistema educativo. La pregunta de fondo ya no es si la tecnología llegará a las aulas, sino si Huánuco preparará a sus estudiantes para usarla con criterio o si seguirá formando alumnos para un mundo que ya cambió.








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