Por: Arlindo Luciano Guillermo
El fin supremo de la enseñanza en la institución educativa es el aprendizaje. No tiene sentido que un estudiante asista a la escuela a no aprender, aprender a medias o simplemente vaya para calentar el asiento. La educación en el Perú es integral, competitiva, intercultural y equitativa. El currículo no busca sabios ni enciclopédicos, sino ciudadanos con habilidades sociales y comunicativas, con actitudes proactivas, que sepan resolver problemas, asuman responsabilidades y desafíos con él mismo y con la sociedad, sobre la base de los conocimientos adquiridos en clases. El docente, en esa circunstancia, cumple un rol decisivo, pues de él depende que los estudiantes aprendan lo necesario y suficiente para continuar aprendiendo en la vida. El aprendizaje es la adquisición racional de conocimientos, habilidades y actitudes que convierten al estudiante en un ciudadano apto para valerse por sí solo, pues durante toda la vida (personal, familiar, profesional) siempre va a tomar decisiones con autonomía y tendiendo puentes con aliados estratégicos. Las acciones solitarias y quijotescas no funcionan en el contexto de la modernización de la administración pública.
El aprendizaje debe ser para la vida, no para los exámenes ni para ser promovido de un grado a otro. Los aprendizajes logrados en la escuela tienen que ser útiles, necesarios, fundamentales y de compromiso ético. Se tiene una percepción sesgada sobre el logro de los aprendizajes. Si un estudiante “saca” 20 en el examen quiere decir que aprendió; quien “saca” 05, aprendió poco o nada. El buen aprendizaje no es un elogio al cerebro. Un verdadero aprendizaje, por ejemplo, es lograr actitudes y valores éticos. De qué sirve un excelente estudiante con 20 en todos los exámenes, cuando en la vida cotidiana no muestra actitudes de honestidad, solidaridad, sensibilidad social, compromiso, liderazgo, trabajo en equipo y aporte personal. En las relaciones interpersonales diarias encontramos que nadie es igual a nadie, que la cultura es variada, que todos somos diferentes, que nadie aprenden con el mismo ritmo ni la misma motivación.
El pensamiento crítico (o juico crítico) es vital en una sociedad democrática, plural, con instituciones frágiles, inseguridad ciudadana, con prejuicios sociales y una corrupción que parece un cuarto o quinto poder del Estado. Los estudiantes desde la escuela tienen que aprender a ejercer el derecho a opinar, a dar una versión responsable de la realidad social, política y económica. Esta habilidad permitirá que el ciudadano esté al tanto de los acontecimientos y de la postura de los medios de comunicación. La vigilancia ciudadana del ejercicio del poder y de las decisiones políticas de las instituciones, de los gobernantes y de las organizaciones civiles revela el grado de compromiso social del ciudadano y de cómo funciona el pensamiento crítico. Ciudadanos críticos, pensantes, con argumento y capacidad de deslinde y cuestionamiento refuerzan la necesidad de participación en la gestión pública como gobernante, funcionario público o líder social. La indiferencia, apatía y resignación son muestras de que los aprendizajes por competencia no han funcionado, no han dejado huella en el estudiante o, simplemente, fueron un saludo a la bandera; sirvieron para aprobar cursos y “pasar de año”.
No basta saber leer, sino entender lo que se lee, comentar, interpretar y dar una opinión crítica del texto leído, que vaya más allá de la frase cursi “me gusto” la lectura. La lectura es un hábito necesario y una habilidad imperiosa para aprender, acceder a información académica, sistematizar datos y producir textos. Si un estudiante no ha logrado consolidar el hábito de lectura, en la universidad va a “padecer”, pues las exigencias son mayores. La lectura se especializa y la comprensión se hace más aguda, exhaustiva y profunda; la información adquiere un carácter rigurosamente científico y el argumento es sólido, contundente, rebatible y sostenible. Los estudiantes de hoy no solo escuchan al docente de modo frontal. La didáctica obliga a que el estudiante sea el protagonista del aprendizaje con el apoyo y asistencia del docente, quien facilita, supervisa y acompaña los aprendizajes. Un estudiante con hábito de lectura continuo tiene más posibilidades de aprender ininterrumpidamente toda la vida. Resulta que cuando se ejerce la profesión se cree, equivocadamente, que ya no se debe leer, que el ejercicio práctico de la profesión es suficiente. Profesional que no lee se automatiza, trabaja como un robot programado, porque repite rutinariamente el trabajo que realiza, no hay innovación ni voluntad de cambio a las nuevas tendencias en la administración pública y privada ni actitud ni deseos de aprender nuevas teorías, nuevas modalidades para resolver problemas.
Pero no todo es responsabilidad de la escuela. Los padres de familia tienen una inmensa cuota de responsabilidad en la educación de sus hijos. La primera educación que reciben los hijos es la educación familiar. Los padres de familia no son actores de ornamento. Tienen un rol preponderante. Los padres de familia valoran el talento, los esfuerzos mínimos y extraordinarios, conocen las potencialidades y posibilidades de sus hijos. Ningún hijo es igual a otro. Cada hijo es irrepetible, único. Es verdad de que nuestros hijos viven 30 o más horas semanales en la escuela. En casa el aprendizaje continúa. Los padres nos convertimos en “docente domésticos” que enseñamos con el ejemplo, con actitudes visibles, apoyamos con las tareas, buscamos información en internet, dibujamos, discutimos. Los padres somos aliados de la escuela, compartimos responsabilidades, desafíos y satisfacciones. Un estudiante que encuentra coherencia entre la enseñanza familiar y de la escuela refuerza conocimientos, actitudes y responsabilidades.
La educación es pieza clave en la vida y para la vida de los ciudadanos y el destino de la sociedad. Sin educación de calidad la mediocridad hace su reino impune, se instaura el estancamiento social y surge la oportunidad para el autoritarismo político. La educación nos libera de la intolerancia, la estupidez, la carencia de cultura y pobreza lenguaje. Los conocimientos por sí solos no tienen utilidad ni beneficio. Esos conocimientos, a través de las competencias del estudiante y el desempeño del docente, se convierten en prácticas diarias y actitudes éticas para tomar decisiones, actuar con libertad y capacidad para convivir democráticamente. Precisamente, la educación cumple estos roles. Nuestros hijos tienen que aprender a aprender, entender que nunca se deja de aprender. Si no es así, la arrogancia profesional, el desprecio por el que supuestamente sabe menos y la soberbia académica fraccionará la comunicación, la tolerancia y la convivencia democrática.



