El 14 de diciembre de 1975, en el Estadio Nacional de Lima, el delantero Ángel Avilés Bolaños, de 28 años, se desplomó sobre el césped durante el partido entre Deportivo Junín de Huancayo y Atlético Chalaco. Ante unas nueve mil personas, el futbolista cayó sin que mediara falta ni contacto con los defensas rivales, cuando corría en busca del balón. El hecho, que conmocionó al fútbol peruano, vuelve a la memoria tras el reciente caso del jugador español Jesús de Miguel, del Tenerife.
El partido, correspondiente al campeonato descentralizado, avanzaba con normalidad cuando, cerca del minuto 20 del primer tiempo, Avilés realizó un pique de unos 20 metros. Al detenerse de forma abrupta, se desplomó. Un aguatero del equipo ingresó con una esponja y un balde para arrojarle agua en la cabeza; el futbolista intentó incorporarse apoyando una mano en el pecho, pero volvió a caer y quedó inmóvil.
El árbitro central Pedro Reyes detuvo el encuentro y permitió el ingreso del cuerpo médico. El doctor Numa Pompilio Moreno, del Atlético Chalaco, cruzó el campo para examinar al jugador; tras palpar sus muñecas y cuello, constató que no tenía pulso y pidió una camilla para evacuarlo a los vestuarios.
La angustia en la enfermería y el diagnóstico
En la enfermería del Estadio Nacional, el médico de turno del INRED, doctor Carlos Orellano, intentó reanimarlo con oxígeno de manera intensiva. Los esfuerzos fueron infructuosos: el deportista habría ingresado a primeros auxilios ya sin vida. Fue evacuado en ambulancia a la clínica Maison de Santé, donde los médicos solo pudieron certificar su deceso.
Por orden del juez instructor de turno, el cuerpo fue derivado a la Morgue Central de Lima para la necropsia de ley. Los resultados forenses preliminares determinaron que Avilés sufrió un infarto masivo al miocardio que lo fulminó de manera instantánea en plena cancha.
Sus familiares revelaron que en 1973 le habían detectado una leve lesión cardíaca, lo que lo obligó a alejarse temporalmente del CNI de Iquitos, donde jugaba entonces, y someterse a tratamientos antes de fichar por el Deportivo Junín. El futbolista dejó a su esposa, Martha Quintana de Avilés, al cuidado de dos hijos menores; la joven viuda estaba embarazada del tercer hijo del matrimonio.
El silencio del estadio y la suspensión del partido
La noticia se difundió rápidamente por las emisoras radiales que transmitían el cotejo. En el terreno de juego, los futbolistas de ambos equipos recibieron la confirmación oficial del fallecimiento en medio de un estupor general; varios lloraron. De manera unánime, los jugadores acordaron no disputar la etapa complementaria. El árbitro Reyes, tras una breve consulta con los dirigentes, decretó la suspensión definitiva del partido.
Las tribunas se cargaron de un profundo respeto y congoja. Los espectadores abandonaron el Estadio Nacional de manera silenciosa y ordenada, transformando la habitual algarabía dominical en un funeral masivo. La repercusión llegó a otros estadios del país donde se disputaba la fecha del campeonato descentralizado: en plazas como Huánuco, Cusco y Arequipa, los capitanes solicitaron guardar minutos de silencio en memoria del delantero caído.
La Asociación Nacional de Fútbol (ANF) y los clubes profesionales comenzaron a coordinar gestos de solidaridad hacia los deudos. Se proyectó la realización de un partido benéfico con la cesión gratuita del estadio de Alianza Lima para recaudar fondos destinados a sostener a la familia del jugador.
El velorio en Surquillo y el último adiós
Cumplidos los trámites en la morgue limeña, los restos de Avilés fueron trasladados a su vivienda familiar, en la calle Inca, en Surquillo. Desde las primeras horas del lunes 15 de diciembre, vecinos, amigos, futbolistas e hinchas se acercaron al domicilio. Sus colegas de diversos clubes montaron guardia de honor junto al féretro; entrenadores, dirigentes y compañeros del Deportivo Junín permanecieron inconsolables durante toda la jornada de duelo.
La atmósfera se tornó desgarradora con la llegada de Cristina Bolaños, madre del futbolista, quien viajó de urgencia desde Patterson, Estados Unidos, para darle el último adiós. A su lado, la joven viuda Martha Quintana de Avilés mantuvo una entereza conmovedora, aferrada a sus pequeños hijos y sosteniendo su vientre con el tercero en camino.
El martes 16 de diciembre, a las cuatro de la tarde, el barrio surquillano se convirtió en un hervidero humano. En medio de un silencio sepulcral roto únicamente por rezos y sollozos, el cortejo fúnebre levantó el féretro desde el jirón Inca para iniciar la marcha a pie por las principales arterias del distrito, con dirección al Cementerio General de Surquillo. Los arreglos florales enviados por los clubes profesionales y las federaciones deportivas cubrieron gran parte de las carrozas y las manos de los apenados familiares.
La tragedia de Ángel Avilés Bolaños, ocurrida hace más de cinco décadas, sigue siendo recordada como uno de los episodios más dolorosos del deporte peruano. El caso de Jesús de Miguel, del Tenerife, reavivó la memoria de aquel 14 de diciembre de 1975, cuando el fútbol nacional se detuvo para despedir a un jugador que murió en plena cancha.










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