Arlindo Luciano Guillermo Leo “Matices” (6-3-2026), en un consultorio dental, mientras espero mi turno, Las tristezas de un palabreador , la columna de opinión de Hildebrandt, y escribo porque siento afinidad de frustración y coincidencia de juicios. Cierto día me di cuenta que las palabras perdían credibilidad y confianza. Mucha gente habla sin parar, dice poco o nada; otros prefieren palabras edulcoradas y agradables, pero imposibles de cumplimiento, persuasión y lección. Me refugié, como un perseguido político, en la lectura y escritura. Así me defiendo de la indiferencia, la adversidad, la frivolidad, la alienación tecnológica y la necedad lingüística y cultural. Tengo compasión -no lástima- del lenguaje de los políticos en campaña electoral cuando hablan, gesticulan, se visten, bailan, sonríen, usan muletillas, frases trilladas, clisés automáticos. Hay mucho discurso, escaso argumento. Es improbable que la política exhiba elocuencia. Sin lectura no hay capital verbal ni posibilidades de facundia admirable; el locuaz es el hablador, florero, Orfeo, flautista de Hamelín o charlatán. Hablar mucho no equivale a tener la razón ni el falso derecho a la ofensa. Con decir lo necesario y sustancial es suficiente. He aprendido a vivir aceptando -con paciencia y tolerancia- que existen diferencias, que a nadie voy a cambiar. Escucho Nos sobran los motivos de Joaquín Sabina y veo lo que se puede hacer con el lenguaje, la poesía, el talento y la música. “Ese cambio de acera de tu cadera”. Con palabras se han escrito grandes libros literarios. Cristo usó palabras pertinentes y un discurso convincente en las bienaventuranzas. La poesía de vigencia universal se mantiene fresca, sus palabras e ingeniosas metáforas no han marchitado ni el sentimiento con la que fue escrita. Las canciones son poemas para escuchar. Las primeras muestras de poesía fueron orales. En la antigua Grecia, los aedos eran personajes muy apreciados porque conservaban relatos históricos en la memoria; comían y bebían junto a los reyes. El juglar de la Edad Media daba cuenta de la historia del noble Rodrigo Díaz de Vivar, que gana batallas para recuperar la confianza del rey de España. García Márquez escuchó la historia de una mujer que inventó la artimaña de que su nieta se había elevado al cielo en cuerpo y alma, pero, en realidad, se había fugado con un hombre. Así evitó la vergüenza pública y la crítica de los vecinos. En Cien años de soledad , “Remedios, la bella, empezó a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”. La poesía es el perfecto reducto final, la última estación del tren, para mantener la confianza en las palabras. Honestidad, honradez, decencia, filantropía o empatía se han devaluado como moneda con hiperinflación. Pareciera que la hechicera Circe las hubiera tocado con su varita mágica. Abundan en el vocabulario cotidiano feminicidio, demagogia, guerra, xenofobia, polarización, falacia. Hay un conflicto cognitivo y crisis verbal. Escribe el periodista César Hildebrandt: “Quiero decir que las palabras son la banda sonora de mi vida. Por eso leo: porque en los libros que cambiaron mi vida están las palabras que me ayudaron a intuir que había más allá de la cotidianeidad, la sal y la garúa, porque en el fondo, la arremetida de la ordinariez me convirtió en un escapista. Me encarcelé saltando por un muro”. Jamás hubiera tenido afición ni apego incondicional por los libros y la lectura, si no fuera por la curiosidad salvaje e instinto de sospecha por ese objeto poligonal. Cuando tuve contacto y lo abrí, descubrí que había palabras. Al leerlo supe que había historias y personajes. No nací en cuna de oro ni en una familia de lectores ni padres profesionales. Presentí que algún misterio había en los libros. En mi barrio de la infancia, me enteré que los amigos tenían libros. Les pedía prestado y jamás se los devolvía. En el colegio, gané un concurso de ortografía. Me dieron una docena de libros. Fue un premio a mi esfuerzo de lector. Cuando leí la Ilíada y la Odisea disfruté con héroes, dioses y pueblos. Ahí estaba el semidiós Aquiles que peleaba infatigablemente, nadie podía matarlo ni herirlo. El anciano padre de Héctor, Príamo, rey de Troya, le pide a Aquiles, de rodillas, que le devuelva el cadáver de su hijo para darle los funerales según la tradición. La invocación del rapsoda para relatar un episodio de la guerra de Troya: “Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos ma