Cuando llueve, se puede observar la belleza de una ciudad, si el lugar te invita a salir y recorrerla es indicio favorable de su lindeza. Hay una cara de frente, sus ojos de delineados párpados mirándome, tropiezo con ella por distintos parajes de esta antiquísima Firenze. Rostro serio, impresa en tonos diversos: rosa, celeste, gris… camaleónica, como la textura de la pared que la acoge. Faz que cobija el canon de los maestros antiguos, mirada frontal con el cabello recogido en armonía con el conjunto arquitectónico. Ojos sin parpadear, observando desde alturas distintas a cada transeúnte. Cuando chocas con esos ojos, el cuerpo golpea, atraviesa un temblor, como cuando miras tu reflejo en un estanque y cae una hoja; ese rostro estático, plano, de color opaco, pastel, te reprende; su mirada te hace sentir que caminas. Siempre que descubro esta cara, muy cerca, ubicado como un ruido, se asoman unas manos del artista y activista Ai Weiwei abriendo sus ojos con la frase, añadida como una intervención, “Say Mao” Caminamos con Martha Canfield desde la Vía Servi hasta el espacio galerístico “Chiasso Perduto” Artistic Residency. Vía Dante Alighieri en Firenze. Cruzo el Arno por el Ponte Vecchio, por la Galería de los Uffizi, llego al Campanario de Giotto, la Piazza del Duomo, Lo antiguo y contemporáneo conviven en un jala y afloja, nada es gratuito, si no hubiera reglas, todos los monumentos estarían abarrotados de graffitis. Pensar que alguna vez Rafael Sanzio fue nombrado inspector para los arreglos de la ciudad, encargado de ver que se destruía y reutilizaba para las nuevas construcciones. La vida se resolvía caminando. Graffiti anónimo en Firenze. Una ciudad huele a su gente, a los perfumes llegados de rincones del orbe, pasteles, pizza a verduras escaldadas. Las piedras resbaladizas brillan con la lluvia menuda, se prenden paraguas de colores. Florencia lleva con orgullo sus arrugas, incluso por momentos, el tufo en sus estrechas y radiales vías. Las veredas de esta ciudad rebalsan de turistas; cuando se imagina a tantos miles de viajeros sacándose millones de fotografías diariamente, se piensa en las generaciones, parecidas a la nuestra, que transitaron, rieron, comieron, hicieron el amor. Hoy todas esas vidas, han sido reducidas a evocación, a puñados de polvo, ceniza, hollín de velas. Multitudes de turistas arriban para dar vueltas por las construcciones de los artistas anónimos: palacios, frescos, óleos, cornisas, esculturas, adoquinados … construcciones por donde caminaron y como el rostro pegado en alguna pared, se vuelve un autorretrato de cada ser que anda este día. Piazza del Duomo en Firenze. Vemos el “Puente Vecchio” y Martha me señala el último piso de la construcción, construido con practicidad, y me explica: “existe un pasaje secreto que une Palazzo Vecchio con Palazzo Pitti” nos acercamos y me señala el recorrido. Quien anda no necesita ir a ningún lugar, recuerdo a Alberto Giacometti, con su obra “El hombre que camina” en una hermosa fotografía de Henri Cartier-Bresson. La estatuaria florentina es expresiva, monumental, eurítmica, pero no se desplaza, no se traslada, no se muda, no es como el hombre de Giacometti: anónimo paseante a la deriva. En la calle se encuentran todos caminando, los ojos estáticos que observan son la complementariedad del que circula; el que mira, sabe que cada peatón es un cuerpo en desplazamiento, como la escultura de Giacometti. Los ojos de la pared miran a la persona que transita, el papel pegado no se mueve, sin embargo piensa que aquél caminante carece de brújula, no distingue entre caminar con la cabeza o con los pies. “El hombre que camina” de Alberto Giacometti (Fotografía bajada de la web. Henri Cartier-Bresson) Vuelvo al papel pegado anónimamente entre las estrechas calles, imagen estática como quien filma, observando como el que camina pierde sus contornos, se diluye en el movimiento de sus brazos y piernas como el reflejo en el agua y es absorbido por la arquitectura de la ciudad, por el golpe de luz, por el gris de la lluvia, por la quietud de los ojos en la pared. Florencia es una bella ciudad adonde la amistad con Martha Canfield y el cariño hacia Jorge Eielson me ha traído. Ella, me dice algo más: “Mario Vargas Llosa deseó pasar inadvertido por un mes, caminó por la ciudad estudiando a Bocaccio, de aquella estadía resultó “Los cuentos de la peste” obra teatral donde él actuó” (Firenze, abril 2026).