J. Miguel Vargas Rosas
Ahora que me propongo escribir sobre la educación en el Perú, pienso en las luchas emprendidas por los estudiantes latinoamericanos en búsqueda de la reforma universitaria en 1918; en las prédicas de José Carlos Mariátegui a favor de democratizar la educación y de transformar las metodologías anacrónicas que se aplicaban en esos tiempos. Para lograr la anhelada democratización de la enseñanza cabe recordar una lección del propio Mariátegui: «No se puede democratizar la enseñanza de un país, sin antes democratizar su economía y sin democratizar, por ende, su superestructura política». Al no democratizarse la economía ni la superestructura política, la enseñanza o educación no pudo ser democratizada: toda educación está en función de la superestructura política que rige un país.
En nuestro Perú, la élite gobernante no es nada patriótica ni nacionalista. En consecuencia, no podemos esperar que dicha élite aspire a concretar un salto cualitativo en lo que se refiere al modelo enseñanza-aprendizaje, pues lo que intenta imponer es, más bien, un sistema educativo destinado a crear ciudadanos con precaria preparación académica, escasas habilidades profesionales y humanas, en perfecta discordia con las demandas sociales contemporáneas o que incite a la “fuga de cerebros” para ponerlos a disposición de las grandes potencias. «La educación nacional no tiene el espíritu nacional: tiene más bien un espíritu colonial y colonizador»; dijo Mariátegui. Necesitan este modelo para que continúen fraguando sus planes de mantener al país como exportador de materia prima y provisor de mano de obra barata. A la clase política gobernante no le resulta conveniente una educación nueva, transcendental, analítica, creadora e innovadora, porque esta misma educación se volcaría contra sus planes vendepatrias y funestos. Aquí ocurre lo siguiente: Dado que la gran burguesía peruana es inferior al imperialismo al cual está supeditado, necesita que sus conciudadanos sean inferiores a ellos. Dewey lo resume así: «El sistema escolar siempre ha estado en función del tipo de organización de la vida social dominante». Además, a la gran burguesía le es imposible mejorar el sistema educativo porque no está dispuesta a iniciar una transformación en el modo de producción y en las relaciones sociales; es decir, no está dispuesta a forjar un sistema capitalista independiente —esto implicaría cambios relativamente drásticos como el desarrollo a profundidad de la industria nacional, la superación de la crisis agraria, permitir el despegue de la pequeña y mediana burguesía nacional, etc.
Me enfocaré en el nivel secundario de la Educación Básica Regular (EBR), aparentemente dirigido a adolescentes entre 12 y 17 años de edad. En este peldaño educativo, el concepto educación ha sido distorsionado a un extremo tal que ya no se la concibe como un proceso de desarrollo complejo e íntegro del estudiante; por el contrario, se la rebajó a un concepto simplón tanto en el ámbito estatal como en el privado. Empecemos por el segundo; el concepto educación podría resumirse en las siguientes palabras: Conjunto de instrucciones mecánicas o manual estructurado verticalmente con fines de preparar al educando para un torneo en donde puede ganar una vacante para cursar estudios universitarios. Por estos lares, la educación secundaria, desde la perspectiva privada, está destinada única y exclusivamente a “garantizar” ingresos masivos a las universidades; poco importa el desarrollo personal del adolescente (quien ve todo su valor reducido al solo hecho de alcanzar una vacante en alguna universidad estatal); insustancial les parece a los directivos la adquisición de habilidades que permitirán al estudiante desenvolverse adecuadamente en la educación superior y, posteriormente, en la sociedad. Se nos objetará en esta parte, muy probablemente, el que atribuyamos responsabilidades al nivel secundario por el desenvolvimiento del futuro profesional, cuando —argumentan muchos— eso le corresponde a la educación superior; sin embargo, el nivel secundario, al estancarse en una metodología educativa antediluviana basada solo en la transmisión de información por parte del profesor y a la recepción pasiva por parte del estudiante, moldea la estructura cerebral de este último de tal manera que sus capacidades de análisis, interpretación, creatividad y pensamiento crítico ocupan estándares muy por debajo de los niveles esperados. Por eso, los resultados de trabajos investigativos y de censos recientes demuestran la carencia de dichas capacidades, el bajo nivel académico tanto en colegios estatales como en los particulares y el alto porcentaje de deserción universitaria.
La enseñanza sigue siendo libresca, memorística, alejada de la realidad, desentendida de las necesidades urgentes del país; las instituciones educativas privadas no buscan una educación íntegra, sino que presionan y mutilan gran parte de la integralidad del educando con tal de elaborar un determinado marketing para sus instituciones que ostente como lema el haber “logrado” la mayor cantidad de ingresantes. Esta perceptiva ha hecho que la educación se comercialice con mayor descaro y se la considere como un servicio que permite enriquecer a unos cuantos empresarios, quienes no dudan en despotricar contra la educación estatal tildándola de ineficaz, pero ocultando la verdadera razón del abandono que padece el sistema educativo estatal; esto es, propiciar la privatización de la educación en todos los niveles.
No queremos decir con esto que aspirar a estudios universitarios sea negativo, pero el “ingreso anhelado” no debe ser el único eje en torno al cual gire la vida estudiantil y, por ello, no es indispensable convertir el sistema educativo en un algoritmo exclusivo para rendir exámenes de admisión. Por otro lado, tampoco es necesario convertir el sistema educativo en herramienta exclusiva y autoritaria del “desarrollo integral” del estudiantado sin bregar por la adquisición de conocimientos teóricos, prácticos y básicos, como lo hace la educación estatal que, a su vez, ha tergiversado totalmente el “desarrollo integral” del estudiante. Perfectamente podrían combinarse ambos objetivos, pero para esto necesitamos implementar un nuevo sistema educativo con nuevas metodologías. Sé también que nos replicarán que el hablar de una educación acorde a las necesidades del país implicaría desechar el desarrollo integral del estudiante y convertirlo en simple herramienta de “progreso”, pero no es así, pues nuestra postura difiere radicalmente del “funcionalismo” implementado en Estados Unidos en la década del 50, al cual hemos criticado tajantemente en textos anteriores, porque dicho funcionalismo tuvo como efecto la profundización de la degradación social en Norteamérica, pues se infravaloró el lado humano de los jóvenes a quienes se les enajenó y se los convirtió en simples mercancías. En contraposición a ello, tomamos partido por sistemas y metodologías educativos revolucionarios, cuyos primeros ejemplos de implementación los encontramos en la Unión Soviética, cuyo sistema educativo devino de planteamientos teóricos de pensadores innovadores. Muchos aspectos de este sistema educativo fueron emulados por algunos países capitalistas como estrategia para contrarrestar la “amenaza” comunista y apaciguar a las masas trabajadoras con la tan manida engañifa de que el sistema es proclive a mejoras; sin embargo, necesitamos otra educación para otra sociedad y, obviamente, otra sociedad para otra educación. Creemos indispensable volver a este tema en los siguientes artículos hasta abarcar gran parte de su amplitud.







Comentarios
Comparte tu opinión de manera respetuosa.
Inicia sesión para dejar un comentario.