Jacobo Ramirez Mayz La primera vez que me topé con un libro de Alfredo Bryce Echenique fue como entrar a un bar donde se servían cervezas e ironía en vasos grandes. El libro era Un mundo para Julius , recuerdo que lo compré en la plazuela Santo Domingo, lo abrí con respeto, pensando en la alta sociedad limeña, pero a las pocas páginas ya estaba sonriendo como idiota. Bryce se burla del mundo pituco, de la pose elegante de los ricos, de las tías refinadas, de los señores que hablan como si tendrían una vida diferente a los demás. Julius era un niño rodeado de lujos, pero al mismo tiempo rodeado de absurdos y Bryce lo contaba con una ironía tan fina era como si te dijera: «Mira este teatro, todos muy finos, pero bien ridículos cuando se descuidan». Ahí entendí que la literatura también puede reírse de la vida. Después cayó en mis manos La vida exagerada de Martín Romaña , ese libro ya fue otra borrachera para mí. Martín Romaña es el tipo que vive en París, sufre, exagera, escribe cartas, se ahoga en sentimientos se enamora como endemoniado. Bryce lo pinta con una ironía deliciosa. El personaje, Romaña, dramatiza todo y como buen latino cree que cada amor es el último de la historia. En una parte el narrador suelta una idea que parece broma, pero es pura verdad, dice: el amor es maravilloso… sobre todo cuando no te está pasando a ti . El tercer libro que me agarró fue No me esperen en abril . Ese ya me agarró por la nostalgia, por la resaca. Es la historia de esos años en que uno cree que la vida es eterna, que los amigos son para siempre y que el primer amor va a durar hasta que se caiga el cielo. Bryce escribe eso con una mezcla rara de ternura y picardía, te hace volver a la juventud, pero al mismo tiempo te dice: «Oye, tampoco te hagas el dramático, todos hemos pasado por eso». Eso era Bryce, un tipo capaz de convertir la melancolía en una sonrisa. Yo leyendo esos libros y otros, entendí algo que nadie te enseña en el colegio ni en la universidad, que el humor también es inteligencia, la ironía también es una forma de mirar el mundo y que la literatura no siempre tiene que caminar con cara de velorio. Y Bryce hacía eso como pocos, escribía como quien conversa con uno en una mesa de café o de un bar; empezaba a contarte historias de personas, de amores exagerados y tragedias medio ridículas. Uno lo escucha, se ríe y de pronto te das cuenta de que está hablando de cosas muy serias. Por eso leer a Bryce es como asistir a una clase de humor, no del humor fácil del chiste, sino del fino, del humor que te dice «La vida es absurda, compadre, pero igual hay que vivirla». Y así pasaron los años y esos libros y otros tantos de su autoría se quedaron en mi biblioteca, ahí están, medio gastados, como viejos cómplices. El 10 de marzo supe que Bryce había partido, que el viejo ironista se había ido de este mundo y uno se queda mirando el estante donde duermen sus libros y piensa que los escritores nunca se van del todo. Ahí están Julius, Martín Romaña, aquellos muchachos que pedían que no los esperaran en abril, todos siguen hablando desde las páginas. Muchas veces paso por mi biblioteca, agarro uno de esos libros, lo abro al azar y entonces me acuerdo que Bryce me enseñó sin dar clases: que el humor también se aprende leyendo, que la ironía también se cultiva y que a veces la mejor forma de entender el mundo es mirarlo con una sonrisa medio torcida. Así que gracias, Bryce, gracias por enseñarnos que la literatura también puede reírse un poco de la vida, porque la vida, ya es suficientemente seria como para tomársela tan en serio. Las Pampas, 12 de marzo del 2026