Por Dustin Rubina Montoya Uno de los primeros libros que me recomendó un profesor al momento de ingresar a la universidad fue 1984, del periodista británico George Orwell. En esencia me resumió la obra como todo lo que ocurriría si en algún momento el gobierno lograra volverse casi omnipresente en la vida de los ciudadanos. Sin mucha expectativa fui a una librería cercana y adquirí una edición vieja y barata de la colección Salvat. La primera noche que me senté y empecé, la verdad es que, como lector, me esperaba alguna especie de tratado sobre la sociedad y la política, pero lo que me encontré, fue aterradoramente diferente. Como alguien casi insensibilizado de leer y ver tanto terror, no me esperaba el miedo y la desazón que se siente al adentrarse en esta obra. La historia, escrita en el año 1949, nos sitúa en el género de la distocia política. Para quienes no conozcan a fondo el término, es un género literario que se centra en la atmosfera de un gobierno totalitaria que ha logrado el sometimiento y control absoluto de la sociedad a través del miedo y la represión. Tanto en el mundo de la literatura hay ejemplos variados, como es el caso de la saga Los Juegos del Hambre o Divergente, sagas que se han vuelto populares entre jóvenes y que nos cuenta las románticas historias de adolescentes que logran derrocar a esos mismos gobiernos o sistemas que los tienen sometidos, claro está, manteniendo a su vez romances y tramas de lo más innecesarias. Afortunadamente, este no es el caso de 1984. El mundo que nos presente el libro nos sitúa en Oceanía, uno de los tres estados que conforman esta historia. En este caso en el ente omnipresente que gobierna esta sociedad está dividida entre el Partido y el Gran Hermano. Este último tiene quizás la presencia más opresiva de todas, ya que muchos carteles o anuncios en el libro llevan la frase: “El gran hermano te vigila”, como un recordatorio de que, por encima de la voluntad o el deseo mismo de la sociedad, hay alguien que siempre tiene la última palabra, incluso si se trata de tu propia vida. Pero fuera de los anuncios enormes en la calles, existe algo llamado telepantallas, que son aparatos de vigilancia que no te abandonan ni hasta en la intimidad de tu hogar. Muy aparte de esas cámaras que siguen de cerca a los ciudadanos de este destartalado mundo, también hay otras maneras de control que se perfeccionaron para domesticar a la población. Uno de ellos es la Neolengua, que es la abierta prohibición o censura de diferentes tipos de palabras consideradas como subversivas. A eso se suma la constante reescritura de la historia a través de entidades como el Ministerio de la Verdad, tachando o modificando eventos históricos que no beneficien a el Partido y por último, pero no el menos importante, conocido como el Crimental o crimen mental, que es de lejos el método de control más opresivo de todos, ya que implica el tratar de meterse en lo más íntimo de la conciencia personal del individuo. He aquí donde conocemos a nuestro protagonista, Winston Smith, trabajador del Ministerio de la Verdad, cuyo trabajo es alterar documentos históricos en beneficio del Partido. Eso sí, aprovechando un punto ciego de las telepantallas, se deja llevar por su rabia y su disconformidad por el mundo en el que vive, escribiendo una frase que hasta ahora para mi resuena fuerte en la memoria. “Odio al Gran Hermano”. Hasta ahora pienso que no hay mayor muestra de libertad individual que expresar tu disconformidad con algo. Con el devenir de ese pequeño pero significativo acto, Winston Smith conoce a Julia, una mujer que también rechaza el régimen y con la cual establece un romance en donde el solo hecho de llevar adelante el acto sexual sin anclajes o ataduras, es desde ya un acto profundo de libertad. Ambos tratan de ponerse en contacto con una especie de disidencia política conocida como la Hermandad, en donde, por un instante, la esperanza de poder ser libre no parece tan lejana. Eso sí, el giro de los acontecimientos final no se los resumiré en este artículo, ya que los invito a leer esta obra por su propia cuenta, pero si quieren un adelanto, solo podría decirles que es un reo a la mente y a la conciencia política del lector. Ahora, situándonos en el año 2026, muchas cosas de este libro parecen estarse llevando adelante sin mayor resistencia social. El control y la vigilancia a través de las redes sociales y la dictadura del algoritmo, la alabanza y respaldo popular a gobiernos totalitarios que restringen libertades con la excusa de garantizarnos ley y orden y como no, la abierta guerra informativa en donde el fin de las noticias, tanto en grandes medios como en medios alternativos, ya no es servir a la verdad, sino a los intereses políticos de turno, aun si esto significa faltar a la verdad elemental, principio fundamental del periodismo y la comunicación. En los últimos años he podido ver como muchos círculos libertarios y anarcocapitalistas han tratado de ondear las banderas de