Hoy no es el Día de las Bibliotecas, que se celebra el 24 de octubre en varios países de habla hispana, especialmente en España. Hoy, 1 de mayo, es el Día Internacional del Trabajo. Sin embargo, tras leer la nota “Todo lo que perdemos sin las bibliotecas”, de la periodista Noelia Ramírez, publicada en el diario español El País, surgen en mi inevitables reflexiones sobre la importancia de las bibliotecas como espacios de acceso libre al conocimiento, la educación y la cultura. Al final de cuentas, ambas conmemoraciones tienen un eje común: el desarrollo humano. No hay trabajo digno sin acceso al conocimiento.
Mucho más que espacios silenciosos llenos de libros, las bibliotecas públicas son pilares fundamentales para el desarrollo democrático, cultural y educativo de una sociedad. En ellas convergen el conocimiento, la inclusión y la igualdad de oportunidades, permitiendo que personas de todas las edades y condiciones sociales accedan libremente a la información. En un mundo cada vez más marcado por la desigualdad y por la sobreabundancia de contenidos digitales, las bibliotecas se mantienen como faros de orientación, aprendizaje y pensamiento crítico.
Hablar de bibliotecas públicas es hablar de desarrollo sostenible para las sociedades. Desde una visión tridimensional, lejos de ser estructuras del pasado, representan una inversión en el presente y una garantía para el futuro. Son espacios indispensables en los que se forman lectores, se cultiva el pensamiento crítico y se acortan las brechas sociales. Hablar de bibliotecas es hablar de educación y ciudadanía. Por eso, afirmar que “sin bibliotecas no hay futuro” no es una exageración, sino una advertencia clara sobre el rumbo que toma una sociedad cuando descuida uno de sus pilares fundamentales para alcanzar el desarrollo a largo plazo.
En su columna periodística, Ramírez consigna una frase que resume la gratitud por estos espacios del saber: “No sé qué habría sido de mí sin las bibliotecas públicas”. Lo mismo puedo decir sobre el papel que han jugado las bibliotecas públicas de Huánuco en mi vida personal. A los doce años dejé mi Huishca querido, mi Huácar amado, para trasladarme a la ciudad de Huánuco, a la que solo visitaba de vez en cuando. Corría la década de los ochenta del siglo pasado cuando las tareas escolares en mi Colegio Industrial Hermilio Valdizán me llevaron a descubrir las bibliotecas públicas que existían en Huánuco por aquellos años. Gracias a esos espacios públicos del saber, pude moldear mi futuro profesional. En sus salas encontré mucho más que libros: hallé conocimiento, orientación y oportunidades que marcaron mi camino como futuro historiador y abogado.
Ubicadas en diversos rincones de nuestra primaveral y leonesca ciudad, recuerdo con nostalgia las bibliotecas públicas que formaron parte de mi existencia. Evoco, en primer lugar, la Biblioteca Municipal, donde era bien atendido por la señorita Luisa Vélez de Villa. Recuerdo que, en una ocasión, me encontró en las escaleras conversando con una chica y la echó a correr, diciéndole: «No le distraigas a este muchacho, que tiene que leer sus libros». También recuerdo la biblioteca del Colegio Leoncio Prado, ubicada en el jirón Huallayco, donde me deleitaba con revistas y periódicos antiguos de Huánuco. Asimismo, visitaba la biblioteca del INC, hoy Ministerio de Cultura, que se encontraba a la vuelta, en el jirón Dámaso Beráun, donde era atendido en ocasiones por los hoy escritores Andrés Jara o por Hernán Mozombite.
Otra biblioteca que visitaba con frecuencia era la biblioteca de la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, que se ubicaba en el jirón Dos de Mayo. En un ambiente más académico, allí era atendido por un vecino de apellido Mallma. También recuerdo que otra puerta al conocimiento y la esperanza era la biblioteca que funcionaba en la Cooperativa San Francisco, donde era atendido por una amable señora de nombre Elvira. Pero, para satisfacer mi avidez de lector, algunas veces me escapaba al puesto de periódicos y revistas “La Mera Mera”, ubicado en el jirón Huánuco, cerca del Mercado Modelo, donde se pagaba para leer cómics e historietas. Recuerdo que era atendido por su propietario, don Ernesto Sánchez, más conocido como “Washao”, un alegre músico y amigo de mi padre, a quien a veces tenía que decirle que no me había visto.
Hoy, de todas las bibliotecas públicas que alguna vez existieron en la ciudad de Huánuco, solo una ha logrado mantenerse en pie: la Biblioteca Municipal. Este hecho no solo invita a la reflexión, sino que también plantea una preocupación sobre la necesidad de abrir , preservar y fortalecer estos espacios, que han sido decisivos en la formación de generaciones enteras de ciudadanos. Más que responder a un solo motivo, el cierre de bibliotecas públicas suele reflejar una debilidad en la política cultural y educativa local, lo que impacta directamente en el acceso al conocimiento de una población aproximada de 200 mil habitantes. La permanencia de la Biblioteca Municipal, bajo la actual gestión de Karina Matazoglio, se convierte así en un símbolo de resistencia cultural, pero también en un llamado urgente a recuperar y revalorar las bibliotecas como pilares esenciales del desarrollo sostenible de los pueblos.
Noelia Ramírez trae a colación una famosa cita de la escritora Ali Smith: “Las bibliotecas son el cerebro del mundo, por eso las tenemos que proteger”. Con ello no se hace sino subrayar la función esencial que cumplen las bibliotecas públicas, las cuales no son un lujo cultural, sino una infraestructura básica para una sociedad democrática. Su importancia radica, ante todo, en que garantizan el acceso libre y gratuito al conocimiento. En un país con brechas educativas y económicas, permiten que cualquier persona —sin importar su condición social— pueda leer, investigar, estudiar o simplemente acercarse a la cultura.
Las bibliotecas públicas deben ocupar un lugar central dentro de las políticas de Estado, porque no son solo espacios culturales, sino herramientas estratégicas para el desarrollo sostenible. Vuelvo a repetir: sin bibliotecas no hay futuro. En contextos como el peruano, donde existen brechas económicas y digitales, una biblioteca pública bien implementada permite que más ciudadanos accedan a libros y recursos educativos sin costo. A las bibliotecas hay que cuidarlas porque, como escribió Jorge Luis Borges, son lo más parecido a un paraíso. En una época dominada por la inmediatez digital y el consumo rápido de información, las bibliotecas siguen siendo espacios insustituibles de encuentro con el conocimiento, la memoria y la reflexión.
Es por ello que se hacemos esfuerzos por implementar, por ejemplo, la Biblioteca Pública Municipal “Eliseo Talancha Crespo”, en la provincia huanuqueña de Leoncio Prado, porque consideramos que estas iniciativas contribuyen directamente a la formación de capital humano. Un Estado que invierte en bibliotecas fortalece la lectura, la investigación y el pensamiento crítico, habilidades esenciales para mejorar la calidad educativa y la competitividad del país. Una población que accede a información confiable y diversa puede tomar mejores decisiones, participar activamente en la vida pública y ejercer control sobre sus autoridades.
Asumo como propias las reflexiones que realiza la periodista Noelia Ramírez sobre la importancia de las bibliotecas públicas y de sus trabajadores en España, las cuales tienen un efecto mariposa, pues afrontamos problemas similares en el Perú. Su mantenimiento, actualización y protección garantizan que las futuras generaciones también puedan acceder a sus servicios. Y, sobre todo, deben permanecer abiertas. Una biblioteca cerrada es conocimiento inaccesible, oportunidades perdidas y una sociedad que se empobrece culturalmente. Abrirlas significa democratizar la información, reducir desigualdades y apostar por una ciudadanía más informada, crítica y participativa.
Los operadores y decisores de la gestión cultural deben entender que las bibliotecas públicas no son un gasto, sino una inversión en educación, ciudadanía y desarrollo sostenible. Un país que fortalece sus bibliotecas está invirtiendo en educación, igualdad y democracia a largo plazo. En ellas se resguarda no solo la memoria de los pueblos, sino también la posibilidad de su progreso. En resumen, cuidar y mantener abiertas las bibliotecas públicas es defender el derecho de todos a aprender, imaginar, soñar y construir un mejor futuro para las presentes y venideras generaciones.










Comentarios
Comparte tu opinión de manera respetuosa.
Inicia sesión para dejar un comentario.