No escribo para convencer, sino para provocar discusión y hacer pensar al lector. Si yo tuviera que dedicarme solo a leer y escribir con un sueldo fijo y digno, a eso me dedicaría 12 horas de jornada diaria, incluido sábados, domingos, feriados y cumpleaños, excepto que las circunstancias me obliguen imperativamente a no hacerlo. “He pasado los 80 y no siento que haya llegado la hora de despedirme de la escritura, como ha hecho mi contemporáneo, al que tanto admiro, Julian Barnes, porque cree que ya ha tocado todas sus melodías”, escribe en El País (14-4-2026) Sergio Ramírez, novelista nicaragüense cuya nacionalidad fue despojada por el autoritario Daniel Ortega. Mario Vargas Llosa dejó de escribir columnas de opinión, luego de 33 años ininterrumpidos. La última titula Piedra de toque (16-12-2023). Dijo. “He opinado sobre todas las cosas que me favorecían o perjudicaban, siempre de buena fe, coincidiera o discrepara con la línea del periódico. En muchas cosas he sido consistente a lo largo de las décadas y en otras he ido variando mi manera de pensar”. Escribir es un acto de responsabilidad ética, respeto por el lenguaje y honestidad de argumentos. Escribir demanda tiempo, lectura, dedicación, corrección obsesiva y compromiso social. Un texto escrito revela quién es el autor.
He escrito sobre todos los temas posibles. La política es una seducción, pero necesario argumentar una posición clara y coherente sobre ella. Lo peor es criticar severamente con adjetivos fulminantes y metáforas demoledoras la práctica política, las carencias del Estado, de las instituciones y la conducta de los políticos. Siempre he opinado con sensatez, sin bilis ni escupitajos. La democracia otorga la licencia para decir lo que pensamos y deseamos dentro del marco de la tolerancia y la ley. No soy crítico literario -especialidad de gran responsabilidad que solo la ejercen quienes estudian teoría literaria, tienen amplitud de lecturas y manejo de ciencias afines-, sino un comentarista literario que, más o menos, es equivalente a periodista cultural. Eso hice toda mi vida. Leer un libro y comentarlo según mi particular punto de vista, que, por su puesto, es altamente subjetivo, cuestionable y con cierta hondura de análisis y percepción. Sobre educación, cultura y gestión pública he escrito bastante. Sigo considerando que hay una triada estratégica de desarrollo y bienestar: educación, salud y empleo. Sin estos tres componentes no es posible cerrar brechas sociales; por tanto, la anemia infantil persistirá, los aprendizajes seguirán rezagados de la competitividad y los ingresos apenas servirán para cubrir las necesidades básicas. Una sociedad que sobrevive económicamente con lo que puede, jamás tendrá posibilidades de progreso, oportunidades y porvenir. Es ahí donde entra a tallar, necesariamente, la inversión privada que genera empleo temporal o sostenible. Mi opinión no resuelve problemas, solo genera inquietud.
Escribir por vanidad es una necedad y una exhibición de egolatría. Eso de que “escribo para que me quieran mis amigos” es solo un decir literario. Si escribiéramos para los amigos -incondicionales, leales o por conveniencia- tendríamos pocos lectores, que jamás dirán “esto no me parece”, una discrepancia o una disensión incómoda; solo habrá incienso, halago, lisonja o zalamería. No creo que Vargas Llosa, Sergio Martínez, Javier Cercas o César Hildebrandt escriban para sus amigos, que deben ser pocos. Decir una verdad o una verdad personal es una piedra en los zapatos de cualquiera, más aún cuando está de por medio el poder económico o político. No escribimos para los amigos ni familiares, sino para una ciudadanía ávida de argumento, novedad, curiosidad, interpretación de hechos y necesidad de poseer referentes de opinión y pensamiento crítico. Yo escribo por tres razones que aparecen constantemente en mis columnas de opinión: comunicar lo que he aprendido en la vida, en la lectura y en la interactuación con los demás; motivar la lectura de libros o interesarse por temas sociales, políticos o culturales; y, transmitir mi percepción, valoración y poner en tela de juicio la vida, las ideologías, la historia, los liderazgos, la sociedad porque me corresponde responsablemente dar fe, testimonio, de mi época y circunstancias. No he vivido de espaldas a la realidad, sino dándole la cara en todo momento. No soy político, pero sí tengo ideas políticas que las gestiono con moderación y servicio. Estoy seguro que algún día voy a morir, como todos, nadie es inmortal, pero no sé si me recordarán -eso espero- por libros que no publiqué o por los escritos publicados semanalmente. Aún no he sentido la tentación ni la urgencia de la renuncia a escribir por cansancio o agotamiento. Escribiré mientras tenga valor para opinar y decir lo que pienso, deseo y siento. He apelado a la ficción, la simulación y “mentira verdadera” para escribir. La escritura es una ocasión de catarsis de mis utopías y frustraciones. Solo el tiempo sabrá decretar si lo que he escrito valió la pena o fue un fracaso.
Hoy ya no escribo como antes. Ya no soy el joven que escribía con notable impaciencia. La lectura me dio la oportunidad de dar el salto a la ficción y a la poesía. Hice lo que pude. La literatura me ha permitido la soltura del lenguaje, el uso de la palabra, el relato fluido y constante. La madurez emocional y cronológica permite planear con sensatez y pertinencia lo que se va escribir. Solo la muerte o una enfermedad abyecta impedirá que yo siga escribiendo. Mi destino está trazado: leer y escribir. La pasión del escritor es convertir sentimientos, emociones, opiniones, razones, perspectivas e intelecto en palabras escritas que el lector ve, observa, lo lee o deja. El lector es el termómetro de rechazo o aceptación de la escritura. Existe el escritor mientras haya memoria e imaginación. He escrito lo que el tiempo del trabajo asalariado me ha permitido, pero no he dejado de escribir ni dejaré de hacerlo. Mantengo una disciplina para escribir. Espero el fin de semana para darle configuración de escritura a los apuntes, elucubraciones e ideas de la semana. Cuántas veces he sufrido, tal como una decepción amorosa o deslealtad amical, suprimir una palabra, una frase que ha costado construirla o un párrafo relevante y excedente, pero muy valioso para mí. Tuve que hacerlo en contra de mi voluntad.
En octubre de 1995, publiqué mi primer “texto escrito” titulado Callejón sin salida, en la revista Perú de Hevert Laos. Cuatro décadas después, veo que la situación en la universidad no ha cambiado casi nada: la lectura ausente como hábito diario y medio eficaz de aprendizaje e investigación; la redacción convertida en un mal endémico, infestada de verborrea, “copy page”, sin una estructura lógica; vocabulario banal y paupérrimo; una ortografía equivalente a la anomia social, el uso de los signos de puntuación con serias infracciones a la normatividad vigente. Han pasado 40 años y sigo debajo del cañón escribiendo ininterrumpidamente. Es un oficio que asumí desde los 19 años. No sé cuándo me jubilaré de la escritura. Sé que llegará el día en que deje de escribir, pero ese momento aún no ha llegado.










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