En un viaje por la ruta de Ayacucho hacia Apurímac, a más de tres mil quinientos metros de altura, donde el aire se vuelve delgado y la puna enseña sin discursos lo que significa sobrevivir, observé una escena que me quedó grabada.
Al borde de la carretera había muchos perros. No eran perros cualquiera. Eran perros de altura, antiguos compañeros de pastores, animales hechos para caminar cerros, cuidar rebaños, soportar el frío, olfatear el peligro y ganarse el alimento acompañando el trabajo duro del hombre andino.
Pero algo había cambiado.
Ya no estaban junto al rebaño. Ya no corrían detrás de las ovejas ni vigilaban los caminos. Estaban sentados junto a la pista, esperando que algún vehículo bajara la velocidad y les arrojara un pan, un hueso, una bolsa con restos de comida.
El perro pastor, que antes tenía función, oficio y dignidad, había aprendido a esperar.
Y cuando un animal aprende que puede comer sin cumplir su propósito, poco a poco deja de hacer aquello para lo que fue formado. No porque sea malo, sino porque la costumbre de recibir sin esfuerzo adormece el instinto, debilita la voluntad y cambia la conducta.
Pensé entonces que algo parecido ocurre con los pueblos.
Un pueblo puede ser fuerte, trabajador, creativo, capaz de levantarse en medio de la adversidad. Pero cuando se le acostumbra a vivir de la dádiva, del regalo fácil, de la promesa electoral, del bono oportunista y del favor condicionado, se empieza a romper algo profundo.
Ya no se apela al ciudadano libre, sino al ciudadano dependiente. Ya no se convoca al esfuerzo, sino a la necesidad. Ya no se ofrecen caminos de desarrollo, sino migajas con propaganda.
Y así, poco a poco, se reemplaza la dignidad por gratitud obligada. Se cambia el trabajo por espera. Se cambia la libertad por dependencia. Se cambia el futuro por una bolsa entregada en campaña.
Las ideologías que prometen resolverlo todo desde arriba suelen comenzar hablando de justicia, igualdad y redención. Pero muchas veces terminan fabricando dependencia, castigando el mérito, debilitando la iniciativa y convirtiendo al ciudadano en súbdito. La historia ya ha mostrado suficientes veces cómo ese camino, aunque se presente con palabras nobles, puede llevar a pueblos enteros al estancamiento, la pobreza y la pérdida de libertad.
La compasión verdadera no consiste en mantener a la gente esperando al borde del camino. Consiste en devolverle herramientas, educación, trabajo, seguridad y condiciones para que pueda caminar por sí misma.
Porque una cosa es ayudar al que cae.
Otra muy distinta es enseñarle a vivir arrodillado esperando que alguien le arroje algo desde la ventana.
Aquellos perros de la puna no habían nacido para mendigar junto a la carretera. Habían nacido para correr, cuidar, acompañar y trabajar.
Y los pueblos tampoco nacen para depender eternamente de quien les reparte migajas. Nacen para construir, producir, educar a sus hijos, defender su libertad y vivir con dignidad.
Cuando una sociedad olvida eso, empieza a parecerse demasiado a esos perros nobles que, por recibir comida fácil, dejaron de mirar el horizonte y se quedaron mirando la pista.
El verdadero progreso no se reparte en bolsas
Se construye con libertad, responsabilidad y trabajo.










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