Análisis técnico sobre la responsabilidad del voto y el costo de oportunidad de los huanuqueños.
Es momento de que el ciudadano huanuqueño deje de lamentarse por el olvido estatal y empiece a mirar con rigor técnico la consecuencia de su propia decisión. Resulta esquizofrénico marchar por las calles exigiendo presupuesto para salud o infraestructura, mientras en las urnas se les entrega una victoria aplastante a opciones como Juntos por el Perú, cuyo ideario es explícito al señalar que se debe "defender la soberanía energética manteniendo a Petroperú como empresa 100% estatal y fortalecida", rechazando cualquier asomo de participación privada. Este análisis no pretende cuestionar la libertad del voto ni mucho menos inclinar una balanza política —el talante democrático obliga a respetar la voluntad popular— pero sí busca generar una reflexión urgente sobre la responsabilidad del voto y la falta de análisis ante una ingeniería electoral que, como advertí anteriormente, fue diseñada para fraccionar y confundir.
Hablemos de números reales, no de discursos. Solo entre 2022 y 2024, el Estado peruano destinó un acumulado de S/ 17,888 millones en rescates para Petroperú (Fuente: Consejo Fiscal del Perú). Para que el paisano entienda la magnitud del daño: esa cifra equivale a 7.5 años de todo el presupuesto que recibe el Gobierno Regional de Huánuco (Fuente: Transparencia Económica MEF - PIA 2026). Mientras se respalda una agenda que defiende la "soberanía" de una empresa que pierde dinero cada segundo, se está, en la práctica, postergando por casi una década el desarrollo estructural de nuestra propia región. No es un olvido geográfico, es una priorización deliberada del gasto corriente sobre la inversión productiva que asfixia el crecimiento territorial.
La contradicción es técnica, no ideológica. En octubre de 2025, Petroperú registró pérdidas netas por S/ 1,611 millones (Fuente: Reportes de Gerencia Petroperú). Resulta insultante que ese monto se esfume en cubrir las ineficiencias de una planilla de apenas 2,800 trabajadores, mientras en Huánuco ese mismo dinero es el que debería atender las necesidades de 850,000 ciudadanos. ¿Cómo exigimos el equipamiento de nuestros centros de salud si, por falta de revisión de las propuestas, terminamos validando un modelo que prioriza los pasivos de una petrolera sobre el cierre de brechas de casi un millón de personas en los Andes? El gestor público sabe que el presupuesto es el reflejo de las prioridades de un país; si el dinero fluye hacia el norte para salvar una refinería y no hacia el centro para pavimentar una ruta regional, es porque el respaldo político así lo permite.
Esta falta de visión técnica se traduce en una red vial departamental que se cae a pedazos. Mientras el Estado asume las deudas de la petrolera, el productor huanuqueño ve cómo sus productos se pudren en el camino o se encarecen por el flete debido al estado desastroso de las vías que conectan nuestras cuencas con los mercados nacionales. El "derecho a la soberanía energética" que pregonan algunos políticos parece no incluir el derecho del agricultor a tener una carretera digna. El costo de oportunidad aquí no es solo financiero, es social; es la pérdida de competitividad de toda una región que se queda rezagada frente a sus vecinos por alimentar un modelo empresarial que ya demostró su fracaso.
A esto se suma el colapso de la competitividad agraria. Mientras la caja fiscal se desangra en Talara, los proyectos de riego tecnificado y las represas altoandinas que podrían mitigar las sequías en nuestras provincias permanecen en el sueño de los justos. El dinero que se "invierte" en Petroperú no genera un solo gramo más de productividad en el campo huanuqueño; por el contrario, retira del mercado financiero recursos que podrían haber servido para créditos de fomento o infraestructura de transformación productiva. Estamos alimentando un elefante blanco mientras nuestros motores económicos se apagan por falta de combustible estatal.
La gestión pública no admite romanticismos. El costo de oportunidad de mantener operativa la Refinería de Talara bajo administración estatal ha sido la postergación de nuestra red vial y el abandono de la infraestructura de riego mayor que tanto solicita el campo. El Estado ha preferido quemar US$ 2,250 millones en salvatajes financieros; un monto que, en términos de inversión real, representaría un cambio histórico en la calidad de vida: equivale a la construcción de 23 hospitales de Nivel II-2 que darían a nuestra macroregión centro la capacidad de realizar cirugías complejas sin viajar a Lima; la edificación de 115 Colegios de Alto Rendimiento (COAR) para asegurar que el talento de nuestros hijos tenga estándares internacionales; o la ejecución de 8 aeropuertos internacionales que conectarían nuestros productos directamente con el mercado global, dinamizando la economía regional de forma sostenible.
Debemos entender que cada firma en un decreto de urgencia para transferir fondos a Petroperú es, en esencia, una resta directa a los proyectos de inversión en las provincias altoandinas. No existe tal cosa como el "dinero gratuito" del Estado; lo que existe es una reasignación de recursos donde Huánuco siempre termina en la cola de las prioridades porque sus propios representantes defienden un sistema que centraliza el gasto en empresas ineficientes. El ciudadano debe despertar y comprender que la representatividad política debe estar alineada con sus necesidades básicas y no con consignas ideológicas que solo benefician a una cúpula sindical o administrativa a miles de kilómetros de distancia.
Estimado paisano, mi intención no es juzgar su elección, sino evidenciar que la falta de responsabilidad en el análisis del voto tiene un precio real que pagamos todos. La próxima vez que vea una carretera paralizada, un puente que nunca se termina o un colegio cayéndose a pedazos, recuerde que esa "soberanía" por la que votó tiene una factura que se cobra en el subdesarrollo de sus propios hijos, porque la soberanía no se come ni cura enfermedades cuando la caja fiscal se agota y las consecuencias económicas dejan de distinguir colores políticos, recordándonos que, al final del día, la realidad técnica siempre se impone sobre el discurso vacío, pues todo está escrito y lo que falta es recordarlo.










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