En algún momento, durante una entrevista, le preguntaron a Alí Jameneí, futuro líder espiritual de Irán, quién era su enemigo. Durante unos instantes apartó la mirada, como sabiendo cuál sería su destino un día, y sin dudas ni murmuraciones respondió: "América". Su asesinato solo significa una cosa y esa, tristemente, no es sinónimo de paz. Si quisiéramos hacer algún tipo de analogía para el común denominador de la gente, lo que acaba de pasar es algo así como si un país extranjero hubiera asesinado al Papa de la Iglesia Católica o al patriarca de la Iglesia Ortodoxa.
A estas horas, momento en el que me pongo a escribir esta columna, siendo domingo primero de marzo, las últimas noticias indican que se han activado alarmas de incursión bélica en países de Europa como Reino Unido y Francia. La respuesta iraní al asesinato de Jameneí ha sido la de bombardear todas las bases norteamericanas ubicadas en países árabes. Asimismo, se vienen represalias contra el artífice intelectual de esta guerra, que es nada más y nada menos que el estado de Israel, que viene siendo atacado con poder de fuego bastante superior al que se vio durante la denominada guerra de los 12 días.
No nos engañemos, esta guerra, en ningún sentido geopolítico real, beneficia a los Estados Unidos, que antes de esta incursión bélica venía sosteniendo mesas de negociación, que incluían el hecho de que Irán se había comprometido a no abastecerse de uranio para la creación de armas nucleares. Eso sí, cabe destacar que, según la ley religiosa iraní, el ya fallecido líder espiritual Alí Jameneí en el año 1990 instauró una fatwa, o sea, un mandato religioso que especifica detalladamente que ni siquiera en situación de guerra el país se pueda hacer con estas armas de destrucción masiva. Líder al que acaban de matar, por lo que dicha fatwa podría ser revocada por su sucesor.
Según el politólogo norteamericano Samuel P. Huntington, en su libro “El choque de civilizaciones”, una vez culminada la Guerra Fría, los conflictos internacionales ya no se tratarían del antagonismo entre el comunismo y el capitalismo, sino entre diferencias culturales y religiosas, en donde el mundo musulmán y la sociedad occidental, al que muchos denominan judeocristiana, serían el nuevo antagonismo que marcaría el devenir del nuevo mundo. De acuerdo a su tesis, ambas civilizaciones son incompatibles en muchos aspectos, pero no han sido pocos los intelectuales que sitúan al mundo oriental como un ente barbárico que produce fanáticos religiosos terroristas suicidas en masa.
Y es que desde los atentados del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas, no son pocos los actores políticos que han usado la islamofobia como una manera de situarse desde un faro moral que busca proteger Occidente de una supuesta invasión de hombres barbudos. Eso sí, han sido, finalmente, países como Estados Unidos, Reino Unido e Israel, quienes han invadido tierras ajenas, apropiándose de recursos naturales como el petróleo, generando crisis y guerras internas, así como financiando grupos terroristas que han hecho del mundo árabe una permanente zona de conflicto e inestabilidad.
Sumado a eso está la coyuntura del conflicto entre Israel y Palestina. Un genocidio con todas las letras que día a día se cobra la vida de civiles palestinos inocentes, entre los que, terriblemente, las cifras más elevadas son las de niños. Y es que no es otro que Benjamín Netanyahu, o deberíamos decir más precisamente Mileikowski, si nos refiriéramos a su verdadero origen polaco, el que desde el año 2003, previo a la guerra de Irak, advertía histéricamente sobre que Irán se estaba por hacer de un arma nuclear y que solo era cuestión de tiempo. Más de 20 años después, Irán no ha tenido nunca armas de destrucción masiva, hecho por el cual el país está bajo ataque, cosa que no ocurre con países como, por ejemplo, Corea del Norte, que sí las tiene.
Pero no nos distraigamos del personaje mayor de esta caricatura triste y abyecta. Donald Trump, el mal llamado presidente de la paz, el que dijo que iba a acabar con todas las guerras, es ahora el artífice de más de un conflicto más a nivel mundial. Su evidente papel en el vomitivo caso de tráfico sexual que involucra al millonario depravado Jeffrey Epstein y la gran derrota que viene sufriendo el partido republicano a manos de los demócratas en lugares clave como Nueva York, Texas o Miami, nos pone en un escenario en donde, una vez perdida la mayoría en elecciones de medio término, el camino para su impeachment o vacancia, como lo conocemos por estos lares, resulte un hecho casi consumado y que solo sea cuestión de tiempo.
Y es que el caso iraní es la gran cortina de humo que la agonizante presidencia de Trump necesita para que la opinión pública deje de ver el evidente fracaso que viene siendo su segunda presidencia. Una marcada por el belicismo y solo aplaudida por sectores neoconservadores que buscan que el actual títere del sionismo, que funge de líder de una de las naciones más poderosas del mundo, siga el camino más peligroso posible, que es el del aceleracionismo, el mismo que termine no solamente por colapsar con el actual sistema mundial, sino que imponga un capitalismo salvaje por la fuerza, destruyendo la democracia y las instituciones a su paso.
Es un punto y parte el siempre vergonzoso papel de la cancillería peruana. Sin lugar a dudas, Torre Tagle ha dejado de ser una institución de la diplomacia en América Latina para convertirse en una extensión de los tentáculos de la embajada norteamericana. Que no quepan dudas de que, si el tirano naranja sigue siendo presidente durante la más que segura segunda vuelta electoral, no tendrá empacho en intervenir en favor de un candidato favorable a sus intereses. Ya hemos visto de primera mano con el bombardeo a Venezuela y ahora a Irán que cuestiones tan básicas como la soberanía y la diplomacia ya no son más parte del lenguaje de la mal llamada primera potencia mundial.
Los días que se vienen son particularmente vitales para el destino de la humanidad. Países como China y Rusia siguen manteniéndose ajenos al conflicto y, mientras esa actitud siga así, no será nada raro que terminen por quedarse sin aliados estratégicos tarde o temprano. A estas alturas, el llamado a un nuevo mundo multipolar corre el riesgo de no llevarse adelante ante la desesperación de un imperio que, como el romano, hizo hasta lo imposible por mantenerse relevante antes del colapso final. Como todos sabemos, todos los imperios caen, pero, por desgracia, la llegada de las armas nucleares nos pone en un escenario en donde el colapso no solo será de las potencias, sino que, aterradoramente, querrán en su peligrosa soberbia que todos colapsemos junto con ellos entre el fuego y la lluvia ácida radioactiva. Advertidos estamos.










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