El levantamiento del bloqueo al relleno sanitario de Chilepampa no cierra una crisis: apenas suspende uno de sus síntomas. Huánuco acaba de comprobar, otra vez, que sus servicios más esenciales funcionan al límite. Hace apenas dos semanas, la ciudad quedó casi tres días sin agua tras un derrumbe en la zona de captación de Seda Huánuco. Días después, el cierre del acceso al botadero dejó basura acumulada en calles, mercados y espacios públicos. No son episodios aislados. Son señales de una ciudad donde lo básico ha dejado de ser seguro.
Eso es lo más grave. El ciudadano huanuqueño ya no vive con la certeza de que tendrá agua, limpieza pública o tránsito ordenado, sino con la sospecha de que cualquier falla puede convertirse en colapso. Y cuando esa incertidumbre se vuelve rutina, lo que fracasa no es solo un servicio: fracasa la capacidad de gobernar. Una ciudad no entra en crisis cuando ocurre un problema, sino cuando sus autoridades solo reaccionan después del daño.
El caso de Chilepampa lo demuestra con claridad. La protesta de los pobladores de Santo Domingo de Nauyán no surgió de la nada. Había malestar por el estado de la carretera y preocupación por la contaminación ambiental. Es decir, había demandas previas, visibles y concretas. Sin embargo, la respuesta institucional llegó recién cuando la basura comenzó a desbordar Huánuco y el conflicto exigió la intervención de la Policía Nacional, la Prefectura Regional y la Secretaría de Gestión Social y Diálogo de la PCM. Si para recoger residuos una ciudad necesita mediación de medio aparato estatal, entonces el problema no era solo vial: era político y administrativo.
Aquí corresponde una posición clara. Diario Ahora considera que la actual crisis urbana revela una peligrosa falta de previsión de las autoridades locales. No basta con anunciar más maquinaria para el 2 de abril ni con informar que se evalúa un expediente técnico por obras por impuestos. Esa es la respuesta mínima que llega cuando la emergencia ya estalló. Gobernar no consiste en apagar incendios sucesivos, sino en evitar que la ciudad viva de sobresalto en sobresalto.
Pero la crisis tampoco termina en la municipalidad. El colapso de los desagües en los alrededores del mercado, agravado por comerciantes que arrojan desperdicios directamente al sistema, muestra que el deterioro urbano también expresa una ruptura de normas básicas de convivencia. Cuando la autoridad no fiscaliza y la ciudadanía incumple, el resultado es el mismo: una ciudad más sucia, más insalubre y más invivible.
A ese cuadro se suma el transporte. Combis antiguas, contaminación, caos vial y decisiones públicas marcadas por intereses particulares de algunos regidores allegados al alcalde provincial han convertido la movilidad en otra forma de agresión cotidiana. El problema ya no es solo estético ni funcional. Es un asunto de salud, tiempo perdido y desgaste social.
Huánuco ha ingresado a una etapa en la que cada crisis destapa otra. Agua, basura, desagüe, transporte: todo aparece conectado por un mismo hilo, la incapacidad de planificar. La pregunta ya no es si la ciudad puede soportar otra emergencia. La pregunta es cuánto más puede soportar una ciudadanía que empieza a sentir que el abandono se ha vuelto sistema.










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