El Día del Campesino no debe reducirse a una ceremonia, una feria o una fotografía oficial. En Huánuco, esta fecha debe recordarnos una verdad elemental: antes que cualquier discurso, antes que cualquier promesa pública, está la mano campesina que siembra, cuida, cosecha y sostiene la alimentación de nuestras familias.
La celebración del Muru Raymi en Huayllacayán, con productores conservacionistas, semillas nativas, papas ancestrales y memoria comunal, nos deja una lección que como sociedad no deberíamos seguir postergando. El campesino no es una figura decorativa del calendario cívico. Es un actor esencial de la vida regional, un guardián silencioso de la biodiversidad y un trabajador que, pese a las dificultades del campo, mantiene viva una parte decisiva de nuestra identidad.
En tiempos en que las ciudades consumen sin preguntarse de dónde viene el alimento, el campo sigue pagando el precio de la indiferencia. La papa nativa, las semillas conservadas por generaciones y los saberes agrícolas transmitidos en las comunidades no son folclore: son patrimonio vivo, seguridad alimentaria y cultura productiva. Allí está una riqueza que Huánuco todavía no valora en toda su dimensión.
Reconocer al campesino exige más que aplausos. Exige mercados justos, apoyo técnico, caminos adecuados, acceso real a servicios, mejores condiciones para producir y respeto por quienes sostienen la economía familiar desde la chacra. No basta entregar herramientas en una feria si después el productor vuelve solo a enfrentar heladas, lluvias, bajos precios y falta de oportunidades.
Diario Ahora considera que el mejor homenaje al campesino es mirarlo con seriedad. No como símbolo del pasado, sino como protagonista del presente y del futuro regional. Sin campesinos no hay alimentación, no hay tradición viva, no hay defensa de las semillas, no hay cocina huanuqueña ni identidad altoandina que celebrar.
El Muru Raymi nos recuerda que la memoria campesina sigue de pie. Pero esa memoria necesita respaldo, no discursos pasajeros. El verdadero desafío es convertir el reconocimiento en políticas sostenidas, compras justas, promoción de productos nativos y una relación más digna entre la ciudad y el campo.
Hoy corresponde decirlo con claridad: Huánuco le debe mucho más que homenajes al campesino. Le debe respeto, inversión, justicia económica y gratitud permanente. Porque cada papa nativa conservada, cada semilla protegida y cada jornada de trabajo bajo el sol o la lluvia son una forma de resistencia que alimenta a toda la región.
Honrar al campesino es honrar la vida que nace de la tierra. Y esa deuda no se paga una vez al año. Se paga todos los días, cuando una sociedad decide no olvidar a quienes hacen posible el pan, la mesa y la esperanza.










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