Estabilidad política y convivencia democrática entre “todas las sangres”. La reconciliación no es política, sino una actitud ética y de empatía. El perdón sin arrepentimiento es hipocresía. A estas alturas del conteo de votos, ya tendríamos presidente de la república hasta el 2031, si es que no mete sus narices el fantasma de la vacancia. Keiko Fujimori jamás sería vacada, pero sí Sánchez según la coyuntura política. Esperamos que se cumpla el período de gobierno constitucional. Senadores y diputados deben legislar con probidad e idoneidad. Eso le daría al Perú seis ejes de dinamismo social y político sostenible: fortalecimiento del sistema democrático, libertad de expresión plena, autonomía de las instituciones, consensos plurales con metas fijas, lucha frontal contra la corrupción y la impunidad y una articulación intergubernamental con las regiones y los municipios. Los peruanos hemos elegido libremente, en las ánforas, a quien conducirá los destinos del país. Una vez más hemos estado frente al “mal menor” o “mal mayor”. Los votos mandan, el ciudadano elige, la ONPE da los resultados oficiales, el JNE proclama al ganador de las elecciones. Sea Keiko Fujimori o Roberto Sánchez debe haber legitimidad, legalidad y representatividad institucional. Los peruanos debemos sentirnos representados por el presidente de la república y el Poder Legislativo (senadores y diputados). Ahora viene lo más complicado: gobernar con la mitad de peruanos en contra y a favor. Todo va a depender del cómo, con quién y la eficiencia de las políticas de Estado y la soberanía de las instituciones.
¿Qué lecciones sacamos de estas elecciones? La democracia sí funciona, salvo que haya otro régimen político que la reemplace con creces. Las democracias tienen crisis y las superan. El mejor termómetro son las elecciones y la participación ciudadana. No es perfecta la democracia, pero permite que expresemos voluntades políticas sin restricciones. En democracia también se pueden hacer trampas para torcer la decisión del pueblo. Las elecciones demuestran que todos tenemos los mismos derechos: nadie es más ni menos que otro. Las elecciones es un rito político que se repite cada cierto tiempo. El ausentismo es un acto de natural rebeldía, no una “actitud antisistema”, de hartazgo, desilusión, desconfianza: ni uno ni otro, ambos son iguales. No ir a votar o votar viciado da lo mismo; no cuenta, pero, en un momento de desborde emocional o ira, puede inclinar la balanza para uno u otro lado. Al final de cuentas, un ciudadano, por muy cerca que esté su centro de votación, que no va a votar paga una multa, si tiene dinero lo paga y se acabó el asunto. Esa situación se debe revertir con acciones coherentes y transparentes de políticos y gobernantes. Siempre hay una reserva moral, meritocrática y capital profesional entre los ciudadanos prestos a dar el salto a la política. Hay un reto: recuperar la credibilidad en la política, en la eficacia de la gestión de los gobernantes y servidores del Estado. La promesa del paraíso terrenal es un mesianismo político que termina en el manejo del Estado por un solo partido, un líder iluminado, en purgas ideológicas, en genocidio, dictadura y opresión. Los partidos políticos son la base de la democracia. Nadie se atrevería a destruir una sociedad para construir otra que la reemplace, en nombre de la justicia y la igualdad. Eso es absurdo. La república fundada en 1821 y consolidada en 1824, precisamente, cimentó las bases de una democracia parlamentaria con Constitución, de servicio al ciudadano y meritocracia para ejercer liderazgo de una nación con decencia y vocación. El último golpe de Estado en el Perú se produjo el 5 de abril de 1992.
En democracia, caben todas las posibilidades políticas e ideológicas, siempre que estén dentro del marco legal, el ejercicio de derechos civiles y el respeto al ciudadano y a las instituciones. La práctica del terruqueo se ha convertido en una estrategia perversa y de zozobra en la lucha política. Dudo sinceramente que Roberto Sánchez y sus partidarios de Juntos por el Perú sean comunistas confesos y consecuentes. En los años 80, ser terruco era sinónimo de senderista o emerretista. Ellos eran antisistema, querían demoler el viejo Estado para edificar, sobre ríos de sangre y muerte, el nuevo Estado. Ser caviar no es un pecado ideológico ni político. ¿Es un delito vivir en una zona residencial, ganar sueldos jugosos y haber estudiado en universidades costosas? Es una postura ante la política, al margen de la procedencia socioeconómica y cultural. Un caviar es un socialdemócrata que aporta, como cualquier otro ciudadano, con argumento, posición política y tesis para fortalecer la democracia y el Estado parlamentario. En política, las elecciones se polarizan. Para superar este dogmatismo peligroso es necesario que los agentes políticos se sienten en la mesa para dialogar y ponerse de acuerdo en cuestiones comunes. Siempre hay coincidencias y tregua; es la oportunidad para limar asperezas. Los extremos, tarde o temprano, son nocivos.
De lo que sí debemos estar seguros es que no habrá vacancia presidencial con Keiko Fujimori, excepto que sus senadores en alianza con otros partidos políticos así lo decidan; además, gobernará como lo hizo “su padre Alberto durante 10 años”. Esa historia reciente la conocemos de memoria. Solo hay que esperar resultados concretos en gobernabilidad, transparencia en la gestión, sin venganzas partidarias, sin borrón ni cuenta nueva, consensos políticos y cierre de brecha de la polarización. Eso va por el camino angosto del diálogo democrático, voluntades políticas y deseo de hacer del Perú un país reconciliado y viable. La disensión es un derecho ciudadano; la polarización revela insensatez política que desborda la razón y el argumento. Las utopías en la política real no existen. Ni los “gobernantes filósofos” de Platón ni la “dictadura del proletariado” de Max se han instaurado para garantizar justicia e igualdad proporcional en el mundo. La utopía es una alucinación. Es posible una democracia con libertad de expresión, elecciones, alternancia de poder, sin censura, ni cacería de brujas, pluralidad de pensamiento, equilibrio de fuerzas políticas y respeto por la autonomía de las instituciones. Quisiéramos que las elecciones sean equivalentes a un partido de futbol. Noventa minutos de juego, gana el que más goles mete, validación del árbitro y ovación de la hinchada. Quien sea el ganador en la segunda vuelta lo ha conseguido con el voto de los ciudadanos; eso se respeta: nos guste o desagrade. Si el interés es el Perú y 34 millones de peruanos, entonces se gobernará con honestidad y concertación. Terminó la hora de los discursos y los ofrecimientos, ahora empieza el verdadero desafío del gobernante: trabajar para que sus promesas electorales se conviertan en hechos concretos. En política y gestión pública, no es lo mismo hablar que gobernar. Esperemos, en estas circunstancias, que en la política se produzca el milagro de fray Martín de Porres. El diálogo y el consenso permiten un gobierno competitivo.








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