En literatura no hay ingenuidad ni casualidades. La literatura es un arte cuyo insumo es la palabra oral o escrita, con autoría conocida o anónima. La creación literaria es consustancial a la sociedad y la vida de los ciudadanos. Los escritores construyen ficciones literarias basadas en la experiencia personal o en hechos históricos y circunstancias reales. La ficción químicamente pura no existe, algún sustento objetivo tiene. Vargas Llosa la denomina la “verdad de las mentiras”. El requisito fundamental de la ficción literaria es la verosimilitud, es decir, que sea creíble por la razón y digerida por la satisfacción de haber gozado con una historia persuasiva. La discusión si la literatura tiene una función social y política es bizantina. El escritor no es un líder político que hace propaganda. La literatura cuenta historias que nunca han ocurrido, pero que podrían haber sucedido por ese poder de persuasión que tiene implícita. La poesía va en esa misma línea. La palabra estética en un contexto específico se eleva a la categoría de poesía. En la literatura, subyacen vivencias personales del escritor. La principal misión del escritor es “escribir bien”, que sus temas e historias sean convincentes; escribir literatura demanda una responsabilidad social con el lenguaje, la técnica, la elaboración de paradigmas, la estética y la trascendencia. La posición sartreana sobre la literatura es obsoleta. La literatura política es un panfleto. La poesía satírica sí puede funcionar como una percepción de cuestionamiento o disconformidad. La mordacidad de la poesía es demoledora. La creación literaria es un afanoso trabajo de artesanía. Cualquiera no escribe literatura. Es necesario mucha lectura, talento y paciencia. No todo lector es escritor, hace falta la vocación y el compromiso. Vallejo, Vargas Llosa y Flaubert son ejemplos. Ellos ejercieron el oficio de la escritura de literatura profesionalmente.
¿Por qué releemos algunos libros? La Ilíada y la Odisea aún se leen con mucho interés por el lector contemporáneo. Eso depende de la postura del lector o estudios de la literatura. 1. Concentran un sentimiento, una emoción, una actitud psicológica y una condición cultural presente y vigente. Los personajes de las tragedias Hamlet y Macbeth de Shakespeare simbolizan universalmente al escepticismo existencial ante las circunstancias y la ambición por el poder político. 2. A pesar del tiempo trascurrido, conservan vitalidad temática, frescura lingüística y propósitos de estudio. Edipo rey, la tragedia de Sófocles, sirvió a Sigmund Freud para identificar, desde el psicoanálisis, el complejo de Edipo. 3. Reediciones permanentes desde su aparición y su conversión en guion cinematográfico. Recientemente Cien años de soledad dio un salto a Netflix, La ciudad y los perros y La fiesta del Chivo se adaptaron al cine, lo mismo sucede con la Odisea, la Ilíada, El Quijote y El lazarillo de Tormes. 4. Son paradigmas o clásicos literarios y patrimonios bibliográficos, con altísima factura estética y representan el canon literario y cultural. La casa verde no se hubiera escrito -o se habría escrito de otro modo- si Vargas Llosa no hubiese leído Las palmeras salvajes de William Faulkner; Ulises de James Joyce tiene como referencia a la Odisea de Homero; Vallejo está presente en todos los poetas.
Un escritor jamás será escritor si no lee literatura. Para ser poeta hay que leer poesía. No basta tener el presupuesto vivencial e histórico ni habilidad para la redacción y el manejo del lenguaje. El escritor tiene referentes, cuya influencia es inevitable, a quienes toma en cuenta durante el proceso creativo. No existe un escritor inmaculado, impoluto, sin la huella de otros escritores; siempre hay un tema, una técnica, un tono, un estilo en común. Quien quiera ser poeta no está demás que lea Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke. Quien aspire a ser novelista debería leer Cartas a un joven novelista de Mario Vargas Llosa. Para escribir crónicas periodísticas se tendría que leer con interés de aprender, y cuestionar si fuera posible, a Eloy Jáuregui, Gabriel García Márquez, Martín Caparrós o Leyla Guerreiro. Ahí están Relato de un náufrago y Noticia de un secuestro o La caza sutil de Julio Ramón Ribeyro. Escribir poesía con métrica, rima y ritmo es una obsolescencia literaria. Hoy el verso es libre, sin ataduras ni restricciones. El oficio de lector y escritor, a veces, es muy incomprendido por el entorno familiar y laboral. Ambas actividades demandan tiempo, silencio y soledad; es sacrificar otros quehaceres y recreación gregaria. No se puede ser escritor y lector solo en momentos efímeros. El escritor y el lector están secuestrados por el tiempo y la soledad; también se suda a chorros escribiendo y leyendo. La libertad de escritura y de pensamiento es fundamental para un escritor; el prejuicio del lector, un serio obstáculo. Manuel Scorza y Juan Gonzalo Rose huyeron del Perú porque la dictadura de Odría no consentía a escritores que criticaban el abuso y la persecución política. De la tiranía y del gobierno de Manuel Prado y Ugarteche, nacieron Conversación en La Catedral y la pentalogía La guerra silenciosa y célebres personajes como el Nictálope Héctor Chacón, Garabombo el Invisible y el personero de Yanacocha Agapito Robles; ellos lucharon épicamente para recuperar sus tierras arrebatadas con masacres por la empresa minera Cerro de Pasco y el juez Francisco Montenegro de Yanahuanca. El escritor es un artista, pero no deja de ser un “animal político”. Para escribir periodismo, es preferible leer literatura antes que manuales de redacción y ortografía. Quién lee literatura y poesía tiene más posibilidades de escribir con soltura, corrección y argumentos coherentes.
Hay libros que se publican para el debut y despedida y la amnesia. Escritor, libro y lector conforman un triunvirato de vasos comunicantes, compartimiento de tiempo y espacio. Gracias a la literatura conservamos la sensibilidad a flor de piel, se mejora la fluidez de la comunicación oral y escrita, abre posibilidades de debate y reflexión. La literatura no es solo ficción, existe un trasfondo social y cultural recreado. Un cuento de Borges desafía al pensamiento y el análisis, un poema de Neruda exalta los sentimientos amorosos y la grandiosidad de la historia, un poema de Vallejo escarba el dolor, un soneto de Góngora revela la intensidad del hipérbaton, una crónica periodística de Leyla Guerreiro permite disfrutar información, lenguaje literario, emoción desbordada, perspectiva personal y testimonio. La literatura nos defiende del pragmatismo alienante, la apatía social y la soledad depresiva. La literatura afianza la libertad, la democracia y la pluralidad. La literatura es el refugio idóneo para el ciudadano que huye del ruido y la estupidez. Leer literatura es un acto de verdadera felicidad que acaba en la última página, pero sobrevive en un personaje o una historia. “Mis cenizas se dispersarán en las aguas del río grande de la ciudad. Ustedes, compañeros míos, en la escasez y la abundancia, serenos, pero con incertidumbre plena, en los estantes, esperarán al siguiente propietario. No les di una residencia propia, pero nunca los dejé desamparados”.










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