Entre la izquierda pequeño burguesa se ha echado correr una publicidad muy fuera de la realidad; muy acorde a los límites de la intelectualidad de “salón”. Pregonan ellos que de no votar por Sánchez y JP ni por Fujimori, otorgaremos mayor probabilidad de triunfo a la derecha continuista; es decir, favoreceremos al viejo “pacto mafioso” porque con JP hay una gran esperanza —quizá, diría la vieja izquierda electorera, se constituye en una esperanza como lo fueron en su momento, para ellos, García Pérez, Fujimori, Toledo, Ollanta, etc., a quienes apoyaron a llegar al ejecutivo— y se avecina con este una gran transformación en favor del pueblo. Analizaremos esta arenga desde dos ópticas: 1) Supongamos que Sánchez y JP son entidades “puras”, “revolucionarias”, de “gran voluntad popular”; en ese caso, no podrán hacer nada debido a que tienen a la derecha como mayoría aplastante en el legislativo, la cual, podrá sabotearlos a su antojo porque se han asegurado, además, a las fuerzas armadas que les son leales y, con ellas, tienen un poder casi absoluto. ¿Cómo concretaría Sánchez una transformación con una minoría en el legislativo y sin apoyo de las fuerzas armadas? Peor aún, ¿cómo podría JP concretar un cambio sin cuadros políticos forjados en el pueblo y la lucha del pueblo? 2) La realidad es distinta a la primera suposición u óptica que hemos expuesto, pues Sánchez estuvo ya en el legislativo; fue parte de la política que esta implantó, ya que nunca manifestó ninguna oposición férrea; en consecuencia, fue cómplice del aumento de las riquezas de la Gran Burguesía Financiera a costa de la pauperización de la mayoría social; se mantuvo reacio a denunciar las masacres contra el pueblo peruano; fue parte de la vacancia de Castillo (voto en abstención), dato que debería chocar al propio Castillo y a sus seguidores; se alió con Antauro Humala quien había insultado a aquel con mucha saña, aunque ahora pregone que lo liberarán porque es “la esperanza” (esto lo describimos no con el fin de vanagloriar a Castillo, sino para demostrar la hipocresía reinante en el círculo de Sánchez); no tienen cuadros políticos que se hayan fundido con las masas trabajadoras; habla incoherencias de las cuales se arrepiente después, dando la razón en la mayoría de veces a la “derecha” o al “pacto mafioso”. El discurso populista que intenta sostener en todo momento, aunque cada vez le cueste más, acompañado de aquel cliché del sombrero provinciano no garantizan absolutamente nada, pero sus contradicciones son muestras claves de una muerte anunciada, no de Sánchez, sino de las ilusiones de la “izquierda electorera”. Para cuando pongo final a este artículo, han expulsado a Antauro, quien ha buscado refugio en la prensa más conservadora e insulta a sus anteriores compañeros del JP, a quienes alababa cínicamente.
Por otro lado, el incitar a combatir por una Asamblea Constituyente con amplia participación Popular no es, pues, como dicen nuestros intelectuales de izquierda domesticada, apoyar a la derecha que, por sí sola, se ha ido desenmascarando ante las clases populares del Perú y ante la opinión pública internacional. Es una posición clara que nos garantizará conquistar ciertas reformas, pero, sobre todo, encaminarnos hacia la forja de los organismos necesarios para que las clases trabajadoras den el salto cualitativo de “clase en sí” a “clase para sí” y emprendan el gran proyecto de su verdadera emancipación. Nuestros intelectuales pequeño burgueses no pueden ver eso o, si lo ven, buscan ocultar dicha verdad con fines mezquinos, porque se han creído la vieja perorata de que no se puede hacer nada si no se sujetan a los canales impuestos por la burguesía, a los que consideran eternos, sin creación e imposibles de eliminar. No les importa que esas leyes, en el Perú, fueron instauradas por una dictadura autocrática y corrupta que simboliza hasta hoy el fujimontesinismo. Desprecian las luchas emprendidas desde abajo por el pueblo.
Hay quienes van más allá y en su intento de defensa, distorsionan a Lenin, arguyendo que este hubiese participado en las elecciones. Para ellos, tanto Lenin como Mariátegui hubiesen postulado con Sánchez, con Ollanta o, si retrocedemos aún más, con el propio Fujimori (recordemos que este ingresó con un discurso populista y con el apoyo incondicional de la izquierda electorera de entonces). A ellos habría que recordarles cómo empezaba Lenin (1977) sus discursos sobre el parlamentarismo burgués: «Decidir una vez cada cierto número de años qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el Parlamento: he aquí la verdadera esencia del parlamentarismo burgués, no sólo en las monarquías constitucionales parlamentarias, sino en las repúblicas más democráticas» (p. 65). Esto se está cumpliendo actualmente en Bolivia, ejemplo más cercano de una supuesta república más democrática. Es bien cierto que, en su libro La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, Lenin apunta lo siguiente: «La lucha en la tribuna parlamentaria es obligatoria…» (p. 53), pero también señala «…es obligatoria para educar a los elementos atrasados de su clase, precisamente para despertar e ilustrar a la masa aldeana analfabeta, ignorante y embrutecida» (p. 53). Nuestros izquierdistas electoreros no ven el parlamentarismo burgués con los mismos ojos ni con los mismos objetivos que los vio Lenin, como una táctica y un medio. «Mientras no tengáis —continúa en el mismo texto— fuerza para disolver el parlamento burgués y cualquiera otra institución reaccionaria, estáis obligados a trabajar en el interior de dichas instituciones, precisamente porque hay todavía en ellas obreros idiotizados por el clero y por la vida en los rincones más perdidos del campo» (p. 53). Nos insta a concretar una forma adecuada de trabajar dentro del sistema, acorde a las condiciones e intensidad reaccionaria de las instituciones gubernamentales; nos impele a estudiar si hay condiciones para entrar directamente al parlamento o buscar Asamblea Constituyente. Es por ello, que Lenin y los bolcheviques participaron en 1917 en las elecciones del parlamento burgués de Rusia, a la Asamblea Constituyente, no al viejo parlamento reaccionario. Es lo que nosotros venimos planteando, porque solo la Asamblea Constituyente con amplia participación Popular nos permitirá forjar las organizaciones necesarias para la emancipación de millones de trabajadores del Perú. Lenin no pide que soñemos con charlatanes o falsos profetas; no proclama formar un “partido” sin cuadros ni línea política, mucho menos que nos prestemos, sin análisis previo, a la engañifa parlamentaria burguesa, sino más bien demandarla y desenmascararla. Ocurre que los izquierdistas oportunistas hacen con la idea de Lenin lo que el propio Lenin sentenció: «El medio más seguro de desacreditar una nueva idea política (y no solamente política) y perjudicarla, consiste en llevarla hasta el absurdo, so pretexto de defenderla» (p.57)









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