Arlindo Luciano Guillermo
Votar en las elecciones es un deber ciudadano, aunque, por ahora, sea obligatorio y sancionador, directo y no electrónico. Y, precisamente, ese acto de sufragio es una manifestación constitucional de participación pública en democracia. Elegir a un candidato de nuestra simpatía, preferencia o compatibilidad es un derecho inalienable. Excepto que nos pongan una pistola en la sien, tendríamos que votar por alguien con quien no congeniamos o no le tenemos confianza. Votar es un compromiso ético, político e histórico. Vamos a elegir autoridades para cinco años; ellos tomarán decisiones sobre el destino del Perú y las 24 regiones. Una vez electos, juramentarán ante un silencioso crucifijo y la mano izquierda sobre la Biblia, “tomarán decisiones en nombre de sus electores”. ¡Digo es un decir! Todos deseamos que sean elegidos los más competentes, los que merezcan representarnos, aquellos que tengan méritos, experticia, regulación emocional, habilidades sociales, respeto por la voluntad popular. La pregunta del millón: ¿harán realidad los ofrecimientos de campaña electoral? La realidad dice que no, pero también es válido el “beneficio de la duda”. Los candidatos buscan nuestros votos, se esfuerzan por persuadir al electorado; creen que ya nos pasó la amargura de la desilusión y la frustración. La política es servicio incondicional, sin felonía, conflicto de intereses ni inversión financiera. La política no es negocio ni enriquecimiento voraz. El debate presidencial de propuestas mutó en pullas, dimes y diretes, cortes directos en la yugular, ataques arteros. Nada convincente ni nuevo para el elector.
Treinticinco candidatos a la presidencia de la república; cientos de ciudadanos, con legítimo derecho, tienen aspiraciones de lograr un escaño en el parlamento de senadores y diputados. Nada ha cambiado en la práctica política, siguen el mismo discurso y métodos inescrupulosos, estrategias suspicaces y Maquiavelo en su máxima expresión. Todos prometen y se comprometen. Se sabe que una cosa es con cajón (elecciones) y otra con guitarra (ejercicio de la representatividad). ¿Quién garantiza que sean ciertos los discursos bienintencionados, promesas políticas y actitudes risibles? En el Perú, hay una escasez de auténticos políticos y líderes que den la talla para ejercer cargos públicos por elección popular. Una cédula compleja y longuísima, repleta de rostros insinceros, símbolos y recuadros para marcar. Es como si estuviéramos en un examen de admisión: 35 alternativas para responder una sola pregunta. A más opciones, mayor es el riesgo de equivocarse. Echar barro al contrincante, excavar como un recio minero el pasado y las debilidades del rival es una especialidad en los debates; mientras que la solución de los problemas urgentes flota como una pluma en el aire. En estas y las siguientes elecciones jamás encontraremos a un postulante más blanco que la nieve. La incursión en la política exige cambiar la piel natural por una de paquidermo de la sabana del Serengueti. Frente a este dilema ciudadano, ¿qué hacer? ¿Cuál es la posición responsable? No dar carta libre al candidato, informarse lo más que se pueda sobre la identidad, idoneidad, actitud e intenciones. ¿Qué hará el presidente, diputado o senador cuando esté en el poder? No vaya que, como en el caso de Huánuco, se cumpla lo que hace 88 años advirtió Esteban Pavletich, en Autopsia de Huánuco: el huanuqueño aspira con mucho interés ser elegido diputado, sacarse la lotería o encontrar un tesoro. Ser un representante de un pueblo -de los electores- demanda lealtad de principios, compromiso y coherencia entre lo que se dice y hace; de lo contrario, cambiaremos mocos por babas. En la acción política, no hay sintonía entre la oferta y el cumplimiento. Uno es elegido por el color rojo y termina en el verde, anaranjado o celeste. Uno o dos ciudadanos honorables no cambiarán la política cuando las decisiones se toman por mayoría simple, contubernio o ventajas partidarias y personales. La demagogia en la política es una tara cultural y ruin.
El debate -tan necesario en la democracia porque constituye la vigencia de la libertad, la pluralidad y la crítica- es el cotejo de argumentos, razones, propuestas y solución a problemas de vinculación colectiva. Quien debate debe tener algunas cualidades y virtudes: conocer la realidad, competencias lingüísticas para comunicar, argumentar y persuadir, equilibrio emocional durante el contrapunto y la discrepancia, autoridad moral para los temas de la agenda y lenguaje no verbal ante el público. Sin embargo, el debate de candidatos presidenciales ha sido show, espectáculo y pirotecnia de adjetivos. En un debate así, ¿cuál es la mejor opción que podemos elegir y endosarle nuestro voto? Ahí sí que hay una seria disyuntiva. En un país sin hábito de lectura sostenible, pésima calidad de comprensión de textos, uso sumiso de la IA y casi nulo ejercicio del pensamiento crítico, quién merecerá el voto popular. Mi primer acto político fue en la cola de votación en 1977; tenía 11 años. Mi madre iba a votar por el PPC, pero la “obligué a votar por el APRA” y Víctor Raúl Haya de la Torre. Cuando salió me dijo que lo había hecho tal como se lo pedí. Eran los años en que en mi barrio de Paucarbamba éramos hinchas del Alianza Lima y asistente a la CHAP los domingos. Hice política en la universidad. Estuve como dirigente de un movimiento que ganó las elecciones para el gobierno regional. En estos casos comprendí que no era una correcta decisión hacerse al loco ni de la vista gorda con la política, sino participar desde donde se podía hacerlo.
La política se ha deslucido con los políticos; se ha pervertido con actos indecentes, malas acciones y proverbiales estupideces. Hoy se ha convertido en un deseo famélico por el poder, las ansias de capturar las instituciones y beneficiarse descaradamente. Tenemos lo que tenemos, no podemos pedir más en esta coyuntura. Tendremos que elegir lo que hay. Por ahora es la realidad y percepción que se tiene de la política y sus habitúes. Ya no interesa quién postula ni qué propone; hizo su reino la publicidad y el marketing y el delirio de las redes sociales y los streaming que convierten al candidato en un “atractivo político” nada despreciable para el elector. Se usa el inescrupuloso “aquí vale todo”, “el fin justifica los medios”, “el ridículo denigrante como banal espectáculo”. Así estamos en estas elecciones. Aún tenemos tiempo -13 días, 312 horas- para repensar, volver a evaluar, responsablemente, las decisiones sobre por quién votar, a quién le damos nuestro aquilatado voto, qué símbolo vamos a marcar y qué número vamos a escribir en la cédula de sufragio en la intimidad de la cámara secreta. Un electo presidente no puede durar un par de años porque al parlamento no le agrada, choca con sus intereses o prefiere a una marioneta ventrílocua y manejable. Cuidado con el parlamento que sostiene, defenestra y coloca presidentes a conveniencia. En estas elecciones, las propuestas van desde la solución esperpéntica, ridícula, utópica y escasamente factible. En política y campaña, el discurso aguanta todo.










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