
Por: Ronald Mondragón Linares
El 15 de abril de 1980 dejó de pensar una de las mentes más brillantes y poderosas del siglo veinte. Una de las personalidades más influyentes de su época, creador de talento poco común y convicciones insobornables, humanista, libertario, intelectual por antonomasia: Jean-Paul Sartre.
No es posible escatimar elogios para un hombre de semejante envergadura literaria, cultural y política. Incluso un filósofo francés quien fuera uno de sus más enérgicos detractores, Bernard-Henry Lévy, le confiere el status de “hombre-siglo”. Algunos, por otra parte, han elevado a Sartre a las alturas inalcanzables e inmarcesibles del mito.
Ciertamente, nada de esto es gratuito. Bastaría un hecho, a mi juicio, para demostrar el valor humano: en 1964, la Academia Sueca le concede el Premio Nobel de Literatura, pero el célebre intelectual francés, ante el pasmo y el desconcierto del mundo entero, rechazó el preciado galardón (codiciado, diríamos mejor, si nos detenemos por un momento en las circunstancias actuales que rodean dicho premio y la actitud de muchos escritores ante ello). No se trataba, en modo alguno, de que Sartre hubiese querido pasar a la historia como un excéntrico o cosa semejante.
Las razones que dio no fueron menos llamativas y sorprendentes que el rechazo mismo. Según sus propias palabras, rechazó el Premio Nobel para no “dejarse recuperar por el sistema” y así no apartarse de sus principios morales e ideológicos. Para entender mejor esto, me parece necesario conocer por lo menos someramente la evolución del escritor.
Jean-Paul Sartre nació en París en 1905; estudió en la Escuela Normal Superior de esa ciudad, en la Universidad de Friburgo, Suiza y en el Instituto Francés de Berlín. Posteriormente, ya como profesor de filosofía, trabajó en varios liceos desde 1929 hasta el comienzo de la II Guerra Mundial, en la cual participó activamente, incorporándose al ejército francés.
Desde 1940 hasta 1941 fue prisionero de los alemanes -ahí sus experiencias que volcó en su cuento El Muro-; después de su puesta en libertad participó como colaborador de la Resistencia Francesa contra los nazis. Esta experiencia comunitaria de la guerra marcaría significativamente la trayectoria vital del no solamente filósofo sino también novelista y dramaturgo. Se puede decir que hasta el término de la guerra concluye la primera etapa de la vida y obra de Sartre. Todo lo pensaba sobre los nazis bien lo podemos leer en su libro de memorias “Las Palabras”.
Sartre es uno de los principales representantes del existencialismo. En la primera etapa de su pensamiento, se concentra en desarrollar las ideas filosóficas de dicha corriente, influenciado por el danés Kierkegaard y por los filósofos alemanes Husserl y sobre todo Heidegger.
Además traslada y expone los principios del existencialismo a la literatura; crea propiamente una literatura existencialista. Ahí está por ejemplo, la celebrada novela “La Náusea”, publicada en 1938, reveladora tempranamente de la maestría del escritor en el tratamiento novelístico de sus ideas filosóficas. Su obra teatral “Las Moscas”, aparece en 1943 y este mismo año se publica “El Ser y la Nada”, la obra filosófica más conocida del autor. En todas estas obras. Sartre hacía del reconocimiento de la libertad de elección y la responsabilidad personal, condiciones de la auténtica existencia humana.
Sin embargo, acabada la guerra, y concretamente con la fundación de la revista “Tiempos Modernos”, junto con Simone de Beauvoir y Merleau-Ponty, el año 1946, Jean Paul Sartre plasma su compromiso con la realidad social y política de su tiempo desde una posición de izquierda. No renuncia por supuesto a los valores básicos de su concepción existencialista, pero extiende el primigenio carácter individual de éstos hacia un plano social y colectivo y en favor de la sociedad y la humanidad entera.
El concepto de compromiso se convierte así en la idea-fuerza de su labor como escritor. En esta nueva etapa, Sartre sostiene que el escritor tiene ante todo un compromiso con la sociedad y su época, que no debe eludir esta responsabilidad y que, por tanto, debe intervenir en la problemática social y política que le plantee su tiempo.
Estas ideas sobre la función del escritor y por ende de la literatura repercutieron hondamente en los diversos círculos literarios y culturales, sobre todo desde la segunda mitad del siglo XX, repercusión que se manifestó vivamente en apasionadas polémicas e innumerables contradicciones.
Pero la nueva actitud de Sartre ante la realidad como hombre de letras- es preciso poner el mayor énfasis en esta cuestión- fue asumida por él con clara independencia y autonomía, sin ataduras partidarias de ningún tipo. Se le consideró, por eso, un socialista independiente activo, crítico tanto de la ex URSS como de EE.UU en los años de la guerra fría.
De manera que, a pesar de su llamamiento a la actividad política desde ópticas marxistas, Sartre no se afilió a ningún partido conservando así la libertad para criticar abiertamente las intervenciones militares soviéticas en Hungría (1956) y en Checoslovaquia (1968). De la misma forma, en la década del 50 denunció la actitud represora y violenta del ejército francés en Argelia.
Asimismo, se opuso decididamente a la política estadounidense en Vietnam y colaboró con el filósofo británico Bertrand Rusell en el establecimiento del Tribunal Internacional de Estocolmo para la persecución de los crímenes de guerra.
Así era como Jean-Paul Sartre entendía la genuina conducta de un escritor a carta cabal: crítico de la sociedad, rebelde ante las injusticias y enemigo de los poderes oscuros y totalitarios de toda especie. Todo lo cual nos hace recordar que, felizmente, igual que él, en el Perú sí hemos tenido escritores auténticos y de raza: González Prada, Melgar, Mariátegui, Arguedas y nuestro entrañable César Vallejo. Aunque el hombre que más coincidió con él literaria y filosóficamente en Sudamérica fue el uruguayo Juan Carlos Onetti. Basta con leer El pozo para entender que ambos hombres (Sartre y Onetti) pensaron lo mismo y nunca se escribieron, menos se conocieron.
Demás está decir que Jean Paul Sartre nunca se limitó a la acción o los escritos políticos. En su última obra filosófica “Crítica de la Razón Dialéctica”, publicada en 1960, se propuso la tarea extremadamente compleja de llegar a una reconciliación del materialismo dialéctico con el existencialismo.
En 1964, siguiendo con el cuadro de su evolución como escritor, y entonces ya abiertamente crítico del orden establecido, Sartre, al rechazar el Premio Nobel no quiso dejarse atrapar por el sistema capitalista y sus valores inherentes, que él ya había rechazado y al que calificaba como “inhumano”. Cuatro años más tarde, en 1968, participó directamente en la famosa revuelta estudiantil de mayo de ese año y que conmovió a toda Francia.
Sin embargo, la terrible paradoja en la vida de Sartre estuvo en el hecho de que fue un personaje atravesado por todas las fuerzas de su época. Fue odiado desde temprano por muchos comunistas (recuérdese que atacó duramente la política y dogmatismo soviéticos), que veían en el existencialismo no más que una forma de “revisionismo”.
Pero, también fue atacado por sectores cristianos, ya que para la época sartriana el hombre debe prescindir de la moral tradicional, la fe religiosa o de cualquier poder sobrenatural. Por si fuera poco, Sartre no escapó al odio de los poderes políticos dominantes por su pleno apoyo a la causa de los derechos humanos.
Por todo ello, rindo con estas líneas mi pequeño homenaje a la memoria de quien fuera una de las mentes más lúcidas del siglo pasado, a su honestidad y su talento a toda prueba, a su admirable entrega como escritor comprometido y a su fe inquebrantable en el ser humano. No hay, no debe haber olvido para Jean-Paul Sartre.




