NÁUFRAGOS EN LA NOCHE: UNA NOVELA IMPERDIBLE

“Sin duda, con Cárdich ganamos un excelente cuentista en quien se adivinan temas y recursos para rato”. 

(Ana María Gazzolo. El Comercio, 1987)

   Por Israel Tolentino

Náufragos en la noche es el título, el símbolo, la metáfora que no es ajena a la díscola vida, como Cárdich, cada noche, cuando se apoya los codos y se levanta la testa a divisar meteoritos (luces fatuas) y pedir deseos; recuerda que uno es luz fatua y que, seguramente, desde otro confín del universo inmemorial, otro continente, otro país u otra región, otro lado del río, alguien pueda estar pidiendo un deseo viendo esa luz que es fugaz (tú me tendrás en tu mente y yo en mi corazón). Samuel es un autor para todos los tiempos y mundos, jamás en Huánuco habíamos superado el provincialismo, las calles coloniales recorridas por indios, negros, mestizos, criollos, extranjeros colonos, etc. En esta novela, seis amigos han sido travestidos de universalidad, sin dejar de ser huanuqueños.

Náufragos en la noche ha sido escrita para mí, incluso me atrevo a decir que tal vez sin tener conciencia que mucho de lo vivido allí han sido cuitas contadas a Samuel entre cafés y pasteles de acelgas, pero pronto caí en la cuenta que cuando los seis amigos andaban por ese Huánuco, yo no había nacido. Recuerdo haber tenido un nudo en la garganta durante toda la lectura de No se suicidan los muertos de Esteban Pavletich, bordeaba en ese entonces los 20 años. En cambio, hoy con tanta vida estas 215 páginas me han tenido con una angina de pecho. Es una novela para verla como una buena película italiana rodada entre nuestras calles con actores amateurs y dirigida por un tal Ettore o Federico.

Solemos hablar de “los ojos del mundo viendo Huánuco” o de “Huánuco para el mundo”. Frases que libremente se repiten, términos que nos hacen creer o vivir una ficción. Como dice un buen amigo psicólogo: “La cálida comodidad de lo chato”; pero en esta imperdible novela se ha puesto los ojos al orbe, regalando una obra de arte al ancho y ajeno mundo. Este agraciado libro es sin duda una película en blanco y negro, un guion para adaptarse al ojo de un Julian Schnabel, Ferzan Özpetek o una Sofia Coppola.

Náufragos de esta noche inmemorial, en esta bola azul Van Gogh llamada tierra. Les aseguro, a cada uno, que, cerrando el libro, miraran el hermoso cielo huanuqueño, meterán las manos en los bolsillos y caminar siguiendo a los zapatos y esta sociedad con la que nos desgarramos por cambiar, nos será lo mismo, aunque siga yéndose al desatino.  ¿Qué hacemos con esta novela?, resulta la buena escritura, ayuda a pisar mostros, desde esos que habitan debajo de nuestra cama a los de las pesadillas de la más blanda almohada. 

La vida es una herida absurda, dice el autor. Demetrio, el personaje importante, es un incansable perseguidor de Sérvulo Gutiérrez, pintor que bebía en el bar Zela y Demetrio lo buscaba allí para conocerlo y hablar de pintura, de ningún modo lo encontró. “Nunca hizo relación entre el arte y la fama, entre el arte y el dinero. Cuando sus pinturas le dejaban algunos ingresos, los usaba para beber con el grupo, luego de pagar uno que otro gasto doméstico”. El Samuel Cárdich de este relato es un director de cine.

En este romance, andan artistas de la vida del pueblo, Gumi Atencia, un virtuoso de la guitarra, Marino Spadavecchia como un recuerdo y el pintor Oscar Allaín Cottera, inaugurando un bar cerca al puente calicanto con el nombre de Manuel Acosta Ojeda. Se lucen por estas páginas el jazz, la bossa nova, el bolero y los valses, Tchaikovski, Mozart o Vivaldi. Checo, Micki, Pepe Lucho, Oché, Demetrio, Xabier, Ben y Samuel estando sin estar, Julieta de los espíritus. Ciudades de Italia, Francia y Argentina junto a Lima y las calles de Huánuco.

El autor se despide: “Después de terminar nuestra charla, entendimos mejor que no fue la vida corriente ni la distancia, ni menos una bella mujer lo que al Grupo de los Seis separó y los fue acabando, (como en “Nos habíamos amado tanto”)  sino la muerte que seguirá adelante con su propósito de borrar las huellas de nuestros pasos, de silenciar la música de las canciones y los versos de los poemas que sembramos en aquellas noches sabatinas, a lo largo de años sin cuento… hay un tango que hace muchos años escuché cantar a Roberto Goyeneche, acompañado por el bandoneón de Astor Piazzolla. Se llama La última curda: “Y busca en el licor que aturda / la cruda que al final / termine la función / corriéndole un telón al corazón”.

Un final con esa dupla maravillosa Piazzolla y Goyeneche.  ¡Samuelito, gracias a este libro tuyo. ¡Esta noche no somos náufragos a la deriva, somos náufragos de la noche, pero acompañados!